viernes, febrero 13, 2009

La cacería del borrego












Sandalio y Cleverito fueron los enviados para agenciarse la comida de mañana.



Plata no había, trabajo tampoco, asi que no tenían más remedio que aceptar la desinteresada colaboración del estanciero con un capón.



Por cierto además de desinteresada era desconocida por el terrateniente, que no le tenía compasión a nadie y era mas apretado que trenza de lazo. Pero como ni se iba a enterar, los amigos entendían que estaba, a su manera, sin saberlo, colaborando.



Para entonar el cuerpo – era pleno julio – tomaron un par de copas de caña y casi con devoción, comieron los últimos restos de mortadela de un par de días atrás con escasos pedazos de pan viejo.



Ya con el cuerpo en buen tono, aunque la misión no era difícil, estaban nerviosos. Por este motivo tomaron otro par de copas, ahora para entonar el espíritu. Ya no tenían nada con que acompañar el líquido.


Sandalio previo a la partida brindó por la suerte e invitó a “la del estribo”, a lo que Cleverito respondió positivamente, y dijo que de ninguna manera, que “la del estribo” la brindaba él.



Decidieron llevar la botella a la tarea y después ya no precisaron motivos. Dejaron de tomar cuando la botella de plástico transparente estaba seca.



Sandalio comenzó a buscar en la oscuridad el capón que con su sacrificio terminaría con el hambre de días. Las vistas las tenía extrañas, todo lo veía doble, se sentía liviano, le costaba mantenerse derecho. De todas formas avanzó adentrándose en el potrero.


Algo se movió a su izquierda.



Aunque la luna estaba grande y luminosa, no lograba definir bien lo que veía. Era un bulto grande al que se acercó despacio. No llegó a tocarlo porque la vaca, nerviosa, se levantó mugiendo y se alejó del extraño con un trote pesado. “Era ganado” pensó Sandalio, y mientras lo miraba alejarse se imaginaba montañas de tiras de asado, achuras varias, lomo, costillares y la boca se le llenó de saliva. Un dolor bárbaro en el estómago lo doblaba – “demasiada caña brasilera con el buche seco” pensó – y pensando en comida le dolía más.



Él solo no podía con una vaca y pensándolo bien en ese estado tampoco con un capón, pero un corderito – y estaban en época de parición – a un corderito no lo iba a perdonar, porque el hambre era demasiada.



Cleverito estaba en similares condiciones etílicas. Separado de él un par de cuadras también buscaba su sustento medio a tientas, esquivando las vacas.



Sandalio a poco de caminar vio las ovejas, la luz de la luna resaltaba la lana blanca. Se fue aproximando despacito. Varias habían parido, seguro por allí encontraba un cordero descuidado. Su marcha era irregular, daba bandasos y le costaba esquivar cualquier arbusto. Ni siquiera se acordó de las cruceras – víboras venenosas abundantes en esos pagos – él solo pensaba en la comida.



Y allí se le vino a dar.



Entre las rocas, bajo unas chircas vio un cordero negro abandonado. Pese a la borrachera se quedó quieto y de a poco fue sacándose el poncho. Cuando lo tuvo en las manos de un salto le cayó arriba al animalito y lo dejó envuelto. El bichito intentaba salir de su encierro desesperadamente pero no podía. Lo apretó para que no hiciera más ruido del necesario. Comenzó a llamar a Cleverito: “¡T´agarrado! ¡Vení loco! ¡T´agarrada la comida Cleverito, veni ché!”



El amigo llegó apurado y a los tropezones, muy ansioso. “¿Lo agarraste che Sandalio?”



“T´agarrao, aquí lo tenes preso en el poncho”



“¿Y como hacemos?”



“Pelá vos la faca y cuando yo lo suelte le agarrás el cogote y lo degollás, lo cueriamos y nos llevamos la comida pronta”.



“T´agarrado” dijo Cleverito y se quedó mirando fijo – todo lo fijo que podía – con el facón en la mano.



Sandalio buscó a tientas los bordes del poncho y avisó: “¿T´as pronto?” y cuando el otro le contestó afirmativo, lo abrió frente a Cleverito.



Había bastante luz, pero también bastante alcohol y mareo. Lo que vio Cleverito le pareció la cabeza del bicho y lo agarró sin asco. Cuado le iba a meter la puñalada fue que sintió un chorro de liquido que lo empapaba y allí entendió lo que pasaba. Ni alcanzó a mirar al cielo a ver si llovía, porque el ardor en los ojos lo cegaba. Y el impresionante olor vino a confirmar que el bestia de Sandalio se había equivocado.



En vez de cazar cordero vino a encontrar zorrillo y el otro al agarrarlo de la cola recibió directo en la cara los meados.



En cierta forma el pedo los ayudó a no hacerse demasiados problemas por el asunto. Cleverito quedó ciego tres días y a los dos peones los obligaron a bañarse cinco veces en la cañada, lavar toda la ropa con creolina y dejarla orear al viento varios días. El poncho no tuvo salvación, tuvieron que quemarlo.



Por una semana los dos durmieron a campo, porque la peonada no los dejaba entrar al galpón por la jedentera.




De vez en cuando se sentía decir a Cleverito, ya pasada la borrachera: “¿Así que t´agarrado Sandalio? ¿T´agarrado el borrego? ¡Mirá que sós borracho bruto y pelotudo, t´agarrado…¡ta que lo parió!”

jueves, enero 24, 2008


Don Jorge el especialista
(Dedicado a Susan y Jorge)


Don Jorge, italiano de nacimiento, uruguayo por adopción, hacía tiempo había abandonado sus artes de la tierra, herencia y educación de sus mayores. Al llegar a nuevos horizontes, luego de años de trabajo rudo y temporal, recaló en la construcción, iniciándose de peón, luego se convirtió en medio oficial y por fin en oficial finalista.

Pasaron algunos años y terminó por dedicarse a la fabricación de estufas a leña. Siempre había querido especializarse y esta era su especialidad. Siempre estaba al tanto de los últimos adelantos y él mismo confeccionaba los nuevos implementos.

En esto estaba cuando doña Susana lo mandó llamar por un problema con su estufa.

- Pase-pase don Jorge – la voz era imperativa – no les tenga miedo que son muy mimosos, los tengo mal enseñados
- No doña, si a mi me gustan mucho los perros – el hombre era cómplice en ese amor a las mascotas - ¿y que es lo que pasa?
- El humo, el humo. Prendo la estufa y al rato se me llena todo de humo ¿podrá arreglarlo?
- Vamos a ver, hay que investigar. Empecemos por lo básico. Usted a probado a apagarla y volverla a prender?
- No, la verdad que no.
- Vamos a hacerlo, es lo más fácil, en ocasiones se arregla sola. Permítame.

Así, ayudado por un balde de lata y una pala, el hombre quitó todas las brasas, luego dejo que se enfriara y procedió a volver a prenderla. En estos trámites pasaron mas de 45 minutos, y quedaron esperando los resultados, lo que permitió una larga charla entre el solterón y la viuda.

- ¿Un tesito, una limonada, don Jorge?
- Bueno, agradecido, con una limonada tenemos. Mire, ahora funciona perfectamente y no tira humo.
- Que cosa más rara señor Jorge, a mi me metía todo el humo para adentro.
- Bueno esas cosas pasan, ahora parece que está bien, así que cualquier cosa me vuelve a llamar doña, sin problemas.
- ¿Cuanto le debo?
- Por favor que me ofende, estamos para servir. Esa limonada estaba muy rica y lo agradezco. Con eso ya estoy pago.

A la semana se repitió el problema y volvió a llamarlo. No le gustaba demasiado depender de gente no conocida y menos cuando era un hombre, era una mujer acostumbrada a estar sola desde la muerte de su marido. La acompañaban solo sus mascotas.

- ¿Otra vez el humo señora?
- Se me llenó la casa, todo quedó impregnado don Jorge.
- Pero que cosa extraña, funcionaba tan bien y sin problemas. ¿Probó de apagar y volver a prender otra vez?
- Si, si, como usted me enseñó, lo hice dos veces pero no dio resultado.
- Bueno esto ya es más complicado, déjeme ver.

Revisó con cuidado cada ladrillo, el tiraje del hogar, tomo medidas de la boca de la estufa, de la profundidad, miro por dentro, subió al techo, valoró la chimenea, no encontró nada importante, quedó pensando. El viento, debe ser el viento. Bajó.

- Esta muy frío afuera don Jorge, y usted alla arriba. ¿No gusta un té caliente? tómese un descanso. La voz no denotaba sentimientos, solo deseo de servicio, el hombre respondió en el mismo tono, campechano.
- Y no le voy a decir que no señora Susana, le agradezco. Esta humedad me hace doler la espalda, ya no estoy joven para andar trepando techos.
- Bueno - dijo ella - tampoco es usted un ancianito.
- No, pero tampoco soy un jovencito.
- Es cierto, ya no somos jóvenes. No lo tome a mal.
- Faltaba más.

Y así siguió la charla, la hora era propicia y después del té, surgió la posibilidad de comer alguna otra cosita.

- ¿Gusta unas galletitas? Son caseras.
- Y no me niego, cuando la factura es tan buena tengo facilidad para el “si”. ¿Sabe que?, creo que el problema es que tiene poco tiraje, el viento se pone en contra y mete el humo. Vamos a hacerle lo que he llamado "veleta de humo".
- ¿Usted lo hace?
- Si, son “periféricos” de la estufa, yo los hago, yo los invento y yo los coloco.
- ¡No me diga! ¿Periféricos?
- Así les he puesto, porque son cosas que pongo por fuera de la estufa en sí. Este dispersor se trata de una especie de sombrero que cubre la boca de la chimenea, tiene un sector vertical que funciona como una veleta y todo esta sobre un rulemán viejo de auto. Cuando el viento sopla, el aparato gira y el hueco siempre queda protegido, nunca se mete el humo. Mañana me pongo a hacerlo - ya tomé las medidas - y en un par de días lo tiene puesto.
- ¡Que inteligente! Pero mire que no hay tanto apuro, usted también tiene que vivir con su familia, ahora viene el fin de semana.
- No señora, yo soy solo. Tengo todo el tiempo para mis cosas.
- ¿Ah... usted también vive solo?
- Si, doña Susana, fea cosa la soledad ¿no?
- Si fea cosa, bien dice. así lo quiere Dios. Por cierto ¿No será muy caro el dispersor ese?
- Precio para una amiga, doña Susana, y si no puede pagar, no importa.
Y la charla siguió por otras sendas, don Jorge volvió tarde a su casa. Unos días después apareció con el “periférico” pronto.

- Pase don Jorge, ya me extrañaba…
- Me lo imaginaba. Pero la demora fue por la dificultad de encontrar buena hojalata doña Susana, ¡pero mire que preciosidad!.
- Es que yo no entiendo nada de eso don Jorge, si usted dice...
- Claro que sí, ahora el tránsito del aire va a ser mejor, esto protege de interferencias y hace que la velocidad del humo aumente muchísimo. Subo y en un periquete lo tiene pronto, después me dirá.
- Quédese tranquilo, hágalo despacio y no se vaya a caer.

Una hora después el hombre había concluido su trabajo, bajó tosiendo.

- Disculpe la tosedera, señora, pero ando con el pecho apretado.
- ¿No gustaría un te con guaco?, tiene una tos fea.
- Le agradezco. Es el frío que mete el viento. Arriba sopla bastante y además como no dejo el cigarro...
- ¿Usted fuma? que raro, aquí nunca ha fumado.
- Fumo muy poco Doña y en su casa no fumo por respeto. Así me enseñaron de chico.
- Tal cual, ese respeto que hoy por hoy... – dijo ella moviendo la cabeza a los lados -
- Es como usted dice, son otros tiempos. – él también quedó moviendo la cabeza -

Doña Susana estaba empecinada en que el hombre se alimentara mejor.

- Ya se ha hecho tarde y usted vive lejos. ¿No quiere comer algo para el viaje?.
- No doña Susana, es muy tarde, tengo que caminar mucho y no quiero ponerla en gastos.
- Ningún gasto, estas croquetas quedaron del medio día, están muy ricas. Las pongo en una bolsita y se las lleva a su casa. Allí come tranquilo y no tiene que pensar en la cena.

La semana siguiente volvió a sonar el teléfono en la casa del especialista.

- Hola... Don Jorge?
- Si, dígame.
- Soy yo Don Jorge, Susana.
- Ah, Susana… perdón señora Susana, dígame.
- Esta bien Don Jorge, faltaba más, dígame Susana simplemente.
- Bueno, entonces usted también tutéeme, por favor.
- Bueno… don Jo… digo, Jorge, mire, ahora hay menos problemas pero no da tanto calor como antes, todavía tira un poquito de humo, pero ni comparación, la verdad.
- ¿Precisa que me de una vuelta?
- Y si fuera posible si, porque hace mucho frío y como pasado mañana es mi cumpleaños vienen unas tías y unas amigas. Se van a resfriar, gente vieja, gente friolenta.
- ¿Muchos?
- Si, son varias personas que llegarán.
- No, le pregunto por su edad, aunque ya se que esto no se pregunta a una mujer.
- Ah! eso nunca me ha preocupado. Ya llegamos a los 54. Y mire que no me quito nada
- Es una jovencita, yo estoy cerca de los sesenta ya, unos mesitos no más y los cumplo.
- Mire usted que bien los lleva, yo le daba menos.
- No se lo creo pero no importa. Bueno no puede pasar el cumpleaños con frío. Delo por hecho, mañana voy de tardecita.

- Feliz cumpleaños Susana, aquí tiene una botella de buen vino casero. Lo hago con mis propias viñas, espero que le guste.
- ¡Pero Jorge, no era necesario!
- Es un placer.
- Bueno, si insiste.
- Le digo Susana que ahora su problema ya no es por el viento, ahora parece ser que la subida se ha tapado con resina... ¿que madera quema?
- La verdad la más económica, la pensión no da para más. ¿Otro vasito de vino?.
- No gracias, no soy de mucho tomar. ¿Le ha gustado?
- Es muy rico, la verdad.
- Bien, de la madera le digo que ese es el problema, porque cuando son muy resinosas y algo verdes - aquí tengo un tronco y lo estoy viendo – le hacen mal a la estufa. Esto es como una enfermedad para la chimenea. La enfermedad entra sola, viene con la leña que compra, es una peste. Usted ni cuenta se da y cuando quiere acordar le hizo daño y se le tapa. Tiene que ver de comprar leña seca, de confianza, y mejor si mezcla rolos finos con alguna leña dura para que dure. Y mire el ladrillo. Cuando hicieron esta estufa no tuvieron en cuenta que había que hacer estas paredes con refractario.
- ¿Ladrillo refractario?
- Si, uno más clarito y duro que refleja el calor. Si no mejora la calefacción le hacemos el cambio, no sale muy caro porque hay que poner pocos ladrillos. Usted me dirá.
- Esta estufa tiene años y años, la hizo mi abuelo, quien sabe si en esa época existían esos ladrillos. Mire Jorge yo le tengo mucha confianza. Lo que usted diga. ¡Cállense caramba, Sultán, Príncipe! ¿Por que será que ladran tanto estos perros?
- Es que ha pasado la vaca de la vecina por el jardín de la casa – don Jorge miraba por la ventana del frente - se pusieron nerviosos.
- A mi no me hacen caso, los tengo muy consentidos.
- Déjeme a mí – dijo el hombre y con una voz ronca y medio aflautada, impropia para un italiano pero perfecta para un hombre de campo, dio la orden: ¡Camine a echarse cuzco lambeta! .

Ante el asombro de la mujer los perros quedaron quietitos y callados, como en misa. Enseguida se sintió en el mismo tono sonoramente: ¡Vaya p´afuera botonero viejo!" .

Los bichos desaparecieron por la puerta del fondo de cola entre las patas.

Doña Susana quedó evaluando la situación y después pensó: "Lo que es la voz de un hombre..." Hacía mucho que estaba sola, pero se estaba acostumbrando al tonito italiano de la conversa de Don Jorge y se sentía bien con la companía.

Un par de semanas mas tarde la chimenea estaba sin hollín y los nuevos ladrillos refractarios hacían que la vieja estufa diera un calorcito excelente por primera vez en su existencia. Ya los perros le saltaban mimosos cuando lo veían y respetaban su voz de mando.

Al terminar otra visita para asegurarse que todo estaba bien, saliendo de la casa se sacó la boina y le dijo tímidamente: “Cualquier cosa me avisa, Susana, ¿sabe? y el puchero que hizo hoy estaba riquísimo - sin desmerecer la lasaña del otro día, que le quedó de campeonato - hacía mucho que no comía tan sabroso.”
Ella le contestó comprensiva: “Es que un hombre solo no se cuida.”
Él asintió: “Y si, yo me arreglo con un churrasquito, algún huevo frito y ya está. Eso si, vino tinto no puede faltar, yo soy italiano, usted sabe.”
- Claro que sí, me alegra que le haya gustado la comida, quede tranquilo Jorge, quede tranquilo. Si tiene que volver haremos ravioles caseros, ya va a ver que bien me quedan, me lo enseño mi abuela, que era italiana como usted.
- Ah, pero si me lo pone así, seguro que vuelvo, ahora voy a cruzar los dedos para que la estufa tenga problemas.

La visita terminó con las risas de ambos.
Pocos días después sonó el picaporte en la casa de Susana. Era Jorge.

- Es que pasaba por el barrio y me dije: Vamos a preguntarle como va la estufa, no me ha llamado y tengo curiosidad. Por eso aquí me tiene.
- No se si viene por la estufa o por los ravioles prometidos.
- Bueno, para que mentir, un poco por cada cosa, la verdad. Y se puso colorado.
- La honestidad es una perla muy buscada, Jorge. Le cuento que la estufa va muy bien, nunca había dado tanto calor. Los perritos duermen patas arriba enfrente al fuego. Por cierto, mis tías estaban sudando aquí adentro, la pasamos muy bien.
- Bueno, me alegro muchísimo, vuelvo para mi casa entonces – mientras decía esto estrujó la boina con las manos y ella lo notó – cualquier cosa me llama, Susana. Que tenga buenos días.
- Así lo haré, no lo dude.

Pasada una semana más de soledad y muchas horas de pensamientos frente a una estufa que funcionaba perfectamente, Doña Susana terminó de estirar la masa de ravioles en la cocina, puso a calentar despacito el relleno de carne picada sazonada, después subió con cuidado al techo y medio tapó la chimenea con pasto seco, como si un pájaro hubiera anidado allí.

La estufa comenzó a tirar humo.

Ella fue al teléfono.

jueves, enero 10, 2008



El loco Arturito

Le diré que al loco Arturito le encantaba comer todas las semillas, ya fuera de frutas o verduras, que encontraba o le regalaban los vecinos o también las que "robaba" en el almacén con la mirada cómplice del almacenero haciéndose el que no veía para no acercarsele ni discutir con él - ya que el estado higiénico del loquito era deplorable, - o directamente comiendo los desperdicios que encontraba en la basura. Su paladar no hacia diferencias. Cuando encontraba semillas de árboles era igual, no tenia ningún problema en comerlas como golosinas. Verlo pasar horas sacándolas de las piñas de los pinos sentado en cualquier sitio y llevándoselas a la boca para degustarlas era rutina pupular. Hacia recordar la seriedad de los monos cuando recolectan pulgas de sus congéneres comiéndolas una a una. Y de cualquier árbol, cualquiera que fuera apetitoso a sus ojos.

Con el pasar de los años el colectivo se olvidó de que había sido de su familia o de como llegó al pueblito y se transformó en parte de todos. Muchos le envidiaban su salud, ya que le pasaban desapercibidos el frio o el calor y sus costumbres jamás cambiaban. Nunca se quejaba y siempre tenía una sonrisa a flor de labios.

Esto no desagradaba a los habitantes de la villa.

El problema con el loco Arturito era que dentro de su rutina incluía hacer pequeños huecos en la tierra cerca del pueblo - porque en el pueblo no lo dejaban, los vecinos lo corrían a los gritos (aunque no faltaron jardines que amanecían bendecidos por su gracia) - y en cada hueco cagar un poquito. Tenia una precisión increíble para colocar su pequeña cuota de mierda y un excelente estado del esfínter anal cortando el naco como con navaja. Mirando de la plaza del pueblo era común ver el culo blanco del loco cuando estaba cumpliendo su rutina en cualquier descampado en los alrededores del poblado. Los niños lo señalaban riendo y era un permanente motivo de alegría, la mayoría de los adultos movía a los lados la cabeza como signo de tolerancia, diciendo: " Y... está loquito, pobrecito."

Luego de su cagada en capítulos volvía tras sus pasos tapando cada huequito con la madre tierra haciendo alarde de un cariño realmente digno de admirar. Lamentablemente lavarse las manos no estaba en su rutina. Esto generaba una visual externa deplorable y un olor que lo precedía mucho antes que llegara, como a Gengis Kan precedían la fama de sus victorias y su salvajismo.

Esto si desagradaba a los habitantes de la villa.

Pese a que le tenían cariño lo regañaban, cada uno según su nivel de humanidad. Algunos solo lo rezongaban cariñosamente, - incluso superando el desagrado, lo bañaban y regalaban comida y ropa - pero otros lo corrían a pedradas, y si lo agarraban lo molían a palos. Así era de variada la cosa como el propio ser humano es.

Pero el loco Arturito seguía imperturbable comiendo todas las semillas que encontraba, cavando a media tarde sus hoyitos, llenándolos con sus minicagadas milimétricas y por fin culminando con su tarea casi religiosa de tapado. Así el vecindario fue juntando bronca con los años. El sector no tolerante se fue convirtiendo en mayoría. Ya eran muy pocos los que lo ayudaban. La mayoría lo corría cuando lo veía. Arturito venía poco al pueblo, solo a las casas de los que lo querían pese a sus peses.

Pero algo milagroso sucedía en el campo.

Con los años lo que comenzó como unos brotes aislados se fue convirtiendo en una gigantesca huerta donde crecía todo tipo de especies vegetales. Y todo vino con tal fuerza que en poco tiempo un bosque rodeaba el paraje. Fueron llegando animalitos de otros lares, y muchísimos pájaros encontraron un nuevo hogar. Cada vez era más difícil distinguir el culo blanco del loquito.

Al principio los de la villa visitaban el lugar con curiosidad, recogían algunos frutos o verdura para su consumo, pero llegó un momento en que el bosque se hizo tan tupido que era casi impenetrable. Salir del pueblo era tarea difícil. Como siempre sucede cuando la irracionalidad gana al hombre, en vez de preocuparse de organizar su bosque natural y sus riquezas, decidieron encontrar culpables y asi salieron a buscar al loco Arturito para mandarlo al manicomio porque ya los tenia definitivamente cansados. Pero era tarde, jamás lo encontraron. Jamás. Nunca mas lo vieron.

Por fin el loquito vivió feliz. Tenía comida, sombra y cobijo. Él tampoco encontró una salida porque nunca la buscó, quedó a salvo en el medio de "su" bosque.

¿Qué ha sido de su vida? No podría decirle, nunca más lo vi. Pero seguro que es feliz. En algún lado leí que el que nada espera, todo recibe.

lunes, diciembre 31, 2007


Mañana
Se veia lindo el sol a lo lejos.
Alejandro empujó la balsa hacia el medio de la cañada y dio dos remadas.Quedó mirando. Pensaba. Esperó que casi desapareciera en el horizonte, entonces volvió a remar a la orilla.
Los colores habían desaparecido, solo se podian adivinar los contornos grises, el resplandor inmenso en lontananza y el brillo picoteado del agua."Hasta aca llegamos hoy - dijo - pero mañana sigo."
Porque le habían contado que siguiendo la corriente de la cañadita, en especial si estaba con buen caudal, unos pocos quilómetros mas adelante esa pequeña corriente de agua se juntaba con el arroyo de las Carretas, justo en la zona de los bajíos. Era fácil llegar, solo tenía que tener cuidado con los sauces llorones orilleros, de largos brazos verdes besando el agua, algún banco de tosca escondido y por fin sortear los arenales al entrar al arroyo. Pero no era dificil y él era baqueno.
El mundo de Alejandro era la cañadita Medina, habia nacido en un pequeño rancho de barro a pocas cuadras de ella, por alli estaba enterrada su madre. El padre un día se fue flotando, y nunca volvió - ese cuento era repetitivo a lo largo de su vida - y la tía que lo crió sin quererlo le había llenado la cabeza con cuentos de grandes ríos, bagres gigantescos, lugares donde no había morrocoyos ni viejas de agua, pero salian otros peces extraños. Le decía de grandes ciudades, de diferentes gentes.
Por eso, al morir su segunda madre unas semanas atrás, él venía y pasaba tiempo en la orilla, o en el medio de la cañadita, flotando, como provocándose.
"Mañana sigo", se repitió.

lunes, noviembre 19, 2007


Doce horas más.


Es común que mi teléfono suene de madrugada, los médicos rurales siempre estamos a la orden, pero inevitablemente me despierto sobresaltado – no puedo acostumbrarme pese a los años – y siempre semidormido contesto automáticamente: “¿Si?.”

“Vení, por favor vení rápido.” dijo una voz muy conocida, trasmitiéndome mucha angustia. Y justamente esa voz sí era particularmente raro sentirla a las dos de la mañana. (Pensar que tantas veces lo había deseado, aunque siempre me autocensurara y lo negara.) Algo serio sucedía para que ella llamara. Tenia que apurarme.

Cinco minutos después estaba arrancando el auto con la camisa mal abrochada y el pantalón con el cinturón suelto. Recuerdo me medio peiné hacia atrás mirándome en el espejo retrovisor usando los dedos como burdo peine. La acelerada hizo chillar los cauchos.

Diez minutos más tarde estaba apretando el timbre de los López García-Zamorano, una residencia de clase media alta. Todo el recorrido lo hice promediando cien kilómetros por hora.

Extrañamente no salió Alcira, el ama de llaves y me atendió la señora de López García personalmente, Doña Lucía Martha Zamorano, con la que nos conocemos desde muy chicos. Para mi siempre ha sido Lucil. Lucil, un amor imposible, llama de pasión eternamente encendida. (O quizás sería mejor llamarle amor negado, esas cosas del destino, líneas de vida desde siempre divergentes, pese a vivir muy cerca.)

Lucil estaba despeinada, envuelta en una “robe de chambre” rosada, con los ojos llorosos desde donde el rimel había dibujado una pequeña línea negra bajando hacia las mejillas. Se veía abatida y cansada. (Igual para mi resultaba exquisita, un placer el solo tenerla allí frente, verla, sentirla. ¡Que me podía importar el motivo!.)

“¡Que suerte que viniste rápido Gabriel! – me dijo nerviosa dándome un beso en la mejilla – es Carlos, le dio otro ataque y este es mucho más serio que los otros. Me temo lo peor. Me parece que ha dejado de respirar...” y sin esperar respuesta se dio media vuelta y corrió hacia el dormitorio. Si, esta vez era realmente una crisis seria.

Cuando lo miré no precisé ni tocarlo. Estaba muerto. Carlos no era santo de mi devoción, pero lo respetaba, no se bien por que motivo. Quizás lo respetaba a él para respetarla a ella... no lo tenía muy claro. Realmente en el fondo siempre había deseado que no hubiera existido ese tipo. Él nos había separado.

Si. Quizás por eso nunca me animé a decirle lo que sentía mi corazón cada vez que la veía. Aunque en ocasiones tenia la sensación que Lucil lo deseaba saber. Tenía también muy claro que la relación entre ellos no era lo que se consideraría “normal” para un matrimonio. Desde el inicio estuvo viciado de forma y contenido.

Había sido un casamiento prefabricado, planificado por los mayores y obligado por los quebrantos económicos. Fue un arreglo de situaciones financieras a costa de su sacrificio. A lo mejor el tipo realmente la quería, pero en cierta forma, la había “comprado”. Ella no tuvo escapatoria. Y así el marido, bastante mayor, jamás pudo darle la alegría que merecía. Eso lo tenía bien claro.

De todas modos me senté en la cama para examinar el cuerpo, respetando digamos, el decoro, la formalidad. En general los médicos desmistificamos la muerte. Ppara los que no nos entienden somos hasta irrespetuosos, pero en realidad es defensivo. Miré las pupilas: dilatadas; el tono de globos oculares: disminuido. No auscultaba latido cardíaco ni de carótidas y carecía de movimientos respiratorios. Uséase: fiambre fresco. El hombre había sido un asmático severo y últimamente sufría una insuficiencia cardíaca cada vez mas pronunciada. Recuerdo bien que en el último ataque casi se murió y paradojalmente yo logré salvarlo. (A decir verdad a regañadientes, con pocas ganas. Pensando: “y si dejo que espiche de una buena vez...¿quién se va a dar cuenta.? “ Pero no pude. Soy realmente un Profesional y cumplí mi juramento Hipocrático. Pero esta vez no había “tu tía”. Estaba muerto, bien muerto.

“Lucil... lo siento”, le dije guardando el estetoscopio, mientras girando hacia ella me paraba. (En realidad mi cabeza gritaba: “¡Al fin se dejó de joder este viejo!.”) Pero tenía que controlarme, al menos por ahora.

Llorando, la novel viuda dejó caer los brazos a los costados y se mantuvo parada, estática en medio del dormitorio sobre la gruesa alfombra, mirando el piso. Era la imagen viva del desamparo, por eso no pude contener el impulso y me acerqué, tomándola por los hombros.

“Ya te va a pasar”, le dije. Ella se apoyó en mi, gimoteando. El tener ese cuerpo tan largamente deseado entre mis brazos me perturbaba, y demasiado. Hasta parecía mentira. No me importaban los motivos ni el entorno, la tenía en mis brazos por fin..

“Ya, ya, no llores” – mi voz era suave – y sequé las lágrimas con mis dedos. Ella se apoyó más en mi. “Quedo tan, tan sola, Gabriel” dijo dejando escapar un largo suspiro. Y era cierto. Ellos no habían podido tener hijos y las familias estaban distanciadas.

“Así que estamos los dos solitos en ese caserón - pensé - ¿y la mucama?” porque en ese momento reparé que no había aparecido en escena.

“Por cierto, ¿dónde esta Alcira -pregunté - por que estás sola?.

Allí supe que los jueves – era jueves gracias a Dios, - era su día de descanso, y que vivía lejos, volvería mañana, a media mañana.

“... y por eso estábamos solos cuando Carlos empezó con esa falta de aire y se puso tan nervioso, respirando cada vez con mas dificultad, como siempre que le daban esos ataques – parecía que contándome se desahogaba - de pronto se llevó la mano al pecho y cayó fulminado sobre la cama” – me relataba los acontecimientos casi como si se tratara de una novela: – intenté reanimarlo, le puse la pastilla bajo la lengua y la mascarilla de oxígeno, pero su cara ya estaba azul. Yo sabía, pero estoy sola y necesitaba que tu lo confirmaras, viejo amigo, me siento agobiada.” Volvió a abrazarme, buscando apoyo.

“No estás sola, ¡que disparate!, - mi voz intentaba ser convincente - tenés amigos, sos joven, inteligente y fundamentalmente sabés que me tenés a mi, yo siempre estaré cerca, de hecho siempre he estado cerca” – dije al final mas hablando conmigo que con ella - y tomándole las manos con cariño, bese sus dedos pequeñitos, fríos, mojados de lagrimas, sucios de rimmel. Luego la atraje hacia mi y le di un beso en la mejilla. Repetí: “Sabés bien que me tenés a mi, decime que lo sabés”.

“Lo se, lo se muy bien, siempre lo supe, y te lo agradezco tanto... - dijo entristecida - que horrible, ahora tenemos que avisar a toda la familia ¡y viven tan lejos!”

“Para serte sincero – comencé – no puedo decir que lo lamento mucho, yo se que este hombre no te trataba bien, y nunca lo pude tragar. Masticarlo... todavía, pero tragarlo... ¡ni loco!, – y aquí me animé a decirle – en especial porque siempre me alejó de vos.” y la quede mirando fijamente a los ojos.

Se hizo un silencio muy significativo.

Retuvo mi mirada unos segundos y dijo seria: “No digas nada mas, por favor”. Yo realmente la sentí poco convencida. Estaba cuestionada, estaba claro, por eso ataqué nuevamente porque no me podía contener.

“Acaso no sabés lo que siempre ha pasado por mi corazón en todos estos años que te tuve que ver en sus brazos... podés valorar mi sufrimiento... ¿o nunca te diste cuenta? si me decís que no, no podría creerte”. Mi voz ya era condenatoria. Me miró fijo nuevamente.- Algo le sucedía, estaba seguro, algo quería aflorar y ella no se lo permitía. -

Preocupada dijo: “¡Por favor Gabriel, que Carlos esta allí!, respetemos ¿quieres?”. Yo exploté: “¡Él ya no está, se murió!. ¡Kaput. Finí. The end.! Esta allí, pero no está” - como médico, la muerte la veo casi como una solución en muchas oportunidades, aunque los legos no tienen obligación de entender – y seguí: “Mirá, ahora que lo pienso, esto debí habértelo dicho hace muchos años”. Ella retrucó suplicante: “¡Por favor, no sigas Gabriel, no es el momento para conversar estas cosas!”

Era claro que no esperaba ese abordaje, y mucho menos allí y en esa situación tan especial, y para ser sincero realmente yo concordaba con ella en que no era el momento, ni el lugar si utilizábamos la lógica. “Mmmm.... ¿la lógica?” – me dije a mi mismo – y pensando en voz alta seguí: “Para que carajo nos ha servido la lógica estos años. Un poco de locura no solo no mata sino que nos hará vivir más intensamente. Realmente el ser lógicos no nos ha dado felicidad ninguna, ¿no es cierto?, y además en vida siempre lo respetamos, ¿o no?. Nuestra conducta fue siempre irreprochable. Entonces, Lucil, por favor, dejemos a un lado la lógica por una vez, te lo suplico”

Mi fundamentación fue contundente. lo noté en su cara. La atraje hacia mi otra vez. Ella ya no lloraba, solo suspiraba. Ofreció una resistencia muy pobre. “No sufras”, le dije bajito al oído, acariciando con mi cara su cuello. El olor a mujer me dejó embelesado. Noté que a ella se le erizaba la piel y mi corazón galopaba

“Gabriel, - intentó defenderse - no hagas eso, sabés bien que hace tiempo Carlos y yo... como pareja... no funcionábamos... ¿entendés?, él estaba muy enfermo, y entre él y yo no.... nosotros no...” Allí le tapé los labios con el índice de mi mano derecha y dije: “Shhhhhh....no digas nada - y acercándola a mi – te entiendo, ¡como te entiendo!”.

“Por favor, no hagas esto, mirá que no respondo...” – suplicaba - la pasión me desbordó y corté su frase con un beso. Quiso resistirse pero le di otro más pasional y sus defensas flaquearon. Seguí implacable con mis razones: “Si nunca lo quisiste realmente, siempre estuviste enamorada de mi. ¿Te estoy mintiendo? Se sincera, fue una obligación estar con él y lo sabés bien, como también sabes lo que yo siento desde siempre por vos, que es más que pasión, es fuego, fuego puro, ¿o no te das cuenta,?” y comencé a besarle despacio el cuello. Allí sentí sus brazos abrazando mi cabeza y pude percibir que en su cuerpo cedía la tensión que había mantenido hasta ese momento.

“No sigas Gabriel... seamos cuerdos, te ruego Gabriel...” la voz le temblaba, parecía apagarse, sus ojos se cerraban. Comenzó a hablar sola, casi como en un confesionario:“Con él nunca fui feliz como mujer y últimamente estaba agresivo, posiblemente por su enfermedad, no se... ¡hay Gabriel! hacía tanto que no sentía esto que me estas haciendo sentir... por favor, no sigas más”

La voz pedía clemencia, pero el tono que empleaba era casi una orden de fusilamiento y mis ansias se desbocaron. Con una facilidad de movimientos que no me conocía, pocos segundos después nos amábamos desnudos sobre la gruesa alfombra, junto a la cama donde el novel cadáver se enfriaba lentamente, consumidos de pasión.

Jamás había disfrutado tanto del sexo como esa noche. Y esto era mutuo. Demoramos muy poco en tener ambos un orgasmo contenido por años. Avergonzada me dijo: “Que estamos haciendo, Gabriel, por Dios...” y yo le aclaré: “Simplemente se dieron las condiciones, algo que los dos hemos esperamos demasiado. Terminó una etapa de nuestras vidas y comienza la que tanto habíamos soñado y nos estaba vedada. Pero ahora nada nos impide querernos, ¿entendés?” y recomencé con mis caricias.

“¿Pero a vos te parece que esto se puede hacer?” - me dijo totalmente cuestionada, y respirando ansiosa.- “¡Si ya lo hicimos, mi amor! - le contesté de inmediato – y con lo que te hizo sufrir este tipo, debería estar mirándonos, pero tiene la suerte de estar muerto y ya nada le importa” – ella me miraba como desconociéndome, nunca le había hablado así y seguí – “solo que estuviera agarrado del famoso hilo de plata del alma y nos mirara...¡ma si! que nos mire, al fin por él perdimos tantos años. Y te digo más, en la cama vamos a estar más cómodos mirá,” y me levanté decidido.

“En la cama está él, Gabriel, ¡te lo suplico!”- dijo nerviosa sentada en la alfombra intentando arreglarse el cabello.- Yo fui muy claro: “Estaba”, dije, mientras lo bajaba al piso envuelto en el cobertor.

Ella se enojó: “¡Por favor!, ¡estás loco!” – gritó - y levantándose quiso tomar la ropa del piso. Allí volví a abrazar su cuerpo desnudo desde atrás por la cintura, apoye su espalda en mi pecho y le dije: “¿Dónde vas?, ¿Dónde-diablos-te-crees-que-vas,?” con una voz mezcla de enojo y cariño, besando repetidamente su nuca, jugando con el cabello.

“Por favor, Gabriel, hay que llamar a la familia, nadie sabe nada.” Hablaba mecánicamente, dejando caer la cabeza hacia atrás y suspirando mientras acariciába el brazo que la tenía retenida por la cintura. La tranquilicé: “Después llamamos, quedate tranquila, que al finadito nada lo apura, tiene toda la eternidad por delante. El certificado lo hago mañana, tenemos poco tiempo, después con el luto y esas cosas quien sabe cuanto hay que esperar para estar juntos otra vez. Ahora a recuperar años mi amor, a recuperar años.. Le damos doce horas mas al desenlace y listo. ¿Qué son doce horas para quienes nada saben y cuanto representan para nosotros?.”

“¿Qué son doce horas?... realmente estás loco”, dijo por fin sonriendo cómplice, y se entregó por completo. La escena debería de ser exótica, pero nadie la vio. El difunto Carlos en el piso envuelto en el cobertor cual taco mexicano gigante. Lucil y yo recuperando años de pasión contenida en una sola noche, en esa inmensa cama de matrimonio. Por la mañana haremos el certificado con las horas cambiadas, total... ¿12 horas mas o menos?... ¡por favor!

¿Qué esto no es profesional?. Usted lo dice porque no tiene la calentura que este servidor ha venido juntando durante los últimos diez años.

¿Sabe que?. Haga el favor vea, si no le gusta, no lea.

viernes, septiembre 07, 2007


Traición, poyeras y asuntos



El hombre miró al viejo, desconfiado.


El viejo miró a extranjero inexpresivamente, mientras llenaba de agua la pava. La colgó del gancho de fierro, acomodó la llama y se dedicó a ensillar el mate, que ya estaba bastante lavado.


Todo lo hizo en forma mecánica, automática, sin dejar de observar al hombre recién llegado estudiándolo minuciosamente. Cada gesto, cada tic nervioso, cada movimiento de sus manos; como se paraba donde tenia la faca, el tipo de mango; como era la ropa, su calidad, su antigüedad, su procedencia. Todo era de interés para el viejo.


Parsimoniosamente dejo de lado el mate y se armó un tabaco. Sin decir palabra estiro la mano con el paquete y las hojillas hacia el forastero, apoyado en el mostrador del almacén de ramos generales. El hombre sin decir palabra asintió con la cabeza, agradeciendo, y con movimientos precisos lió un tabaco. Uno pequeño, para no abusar. ( No tenia muchas ganas de fumar en ese momento, pero no quería ser descortés con el anciano.)


Todo fue lento, medido, pensado, pausado. El recién llegado agarró una ramita prendida del fogón, arrimo la brasa al tabaco y pego un par de pitadas fuertes. El olor a cigarro invadió el ambiente. La ofreció al viejo, que acercó la cabeza y también prendió su armado. Dio una pitada larga y luego largó el humo lentamente por la boca y la nariz, quedando el pucho colgando del borde de los labios, a la derecha, de donde con la lengua lo paso para la izquierda.


Le ofreció un mate.


"Está medio lavado"

"Se agradece -dijo el hombre con voz gruesa y cortante - pero vengo de lejos y quisiera agua fresca, si no es molestia."

"El pozo esta pa´catrás, es solo sacar - contestó señalando con la el pulgar de la mano derecha la puerta posterior del rancho de palo a pique y paredes de barro, - pase nomás, tiene un tazón de barro en el brocal, haga uso."

"Con su permiso, entonces" y pasó para el fondo.


Los perros desconocieron al individuo y comenzaron a ladrar furiosamente, muy nerviosos. El viejo prestó atención a esos ladridos.


El desconocido volvió secándose el bigote con el dorso de la mano. Al pasar miro el cajón donde se guardaba el dinero de la venta del día. Tenía unas pocas monedas, al parecer no se había vendido nada, raro para un boliche en medio casi de la nada, no había otro en leguas a la redonda. Con una rápida mirada hizo un balance de las mercaderías en los estantes y el mostrador. Estaba bien surtido el negocio.


"Estaba frescasa, la precisaba, le quedo agradecido, viejo."

"Faltaba mas. ¿Y no va a comer nada, muchacho?, hay galleta criolla, membrillo y queso. Dele nomás sin cumplidos, un buen Martín Fierro llena la panza y dispué unos mates con carqueja le calientan el triperío. Además usté dice que viene de lejos, y yo le agrego que de muy lejos, apurado y hambriento." El viejo dijo esto como al pasar, dejándolo caer en el dialogado.


"De ande saca que vengo así,¿puede me decir? Dijo despacio el visitante, nervioso, como tratando de adivinar de donde le llegaría la patada.

"Fácil pa un viejo, vea. Ropa muy sucia y mojada de sudor, la cara con barro rojo pegado, el tordillo ese que casi esta muerto del esfuerzo que ha venido haciendo. No se precisa ser muy avispado, ¿vió?, porque ese barro es difícil de encontrar en este pago, se ve mucho en el norte. De allí viene usté, mocito. Y pa mojar el ropaje con el sudor... tiene que galopar mucho al sol, porque no es tiempo de calores que se diga, mayo entró frío, soleado pero frío. Por eso saco que hace tiempo que viene galopando al sol. Y lo apurado por la mugre que tiene arriba, que no tuvo tiempo de limpiar. Y el pobre caballo, mire como está... vea, atienda al matungo, que da lástima, ¡vaya m´hijo!. La última frase la dijo con firmeza, casi como una orden, y luego siguió tomando tranquilo el cimarron. Con la charla se le había apagado el cigarro y lo volvió a prender con las brasas.


Vio como el hombre arrimaba el tordillo a la sombra del ombú del frente y le acercaba un balde con agua. Le aflojó la montura pero no se la sacó. Tampoco sacó el freno.


"¿De que anda juyendo, muchacho? - dijo suavecito - la pregunta fue como relámpago en cielo sereno. Lo agarró mal parado al joven.

"¡De nada carajo!. ¿Pero tonce usté es adivino...?


Imperturbable el viejo pegó dos chupadas a la bombilla, le dio la última pitada al tabaco entrecerrando los ojos y dijo:


"Por poyeras, seguro, usté no tiene pinta de malandro, m´hijo." La cara le quedó colorada al hombre, que sintió el golpe.


"No son cuentas de su rosario, viejo." El tono era agresivo.


"Puede que si, puede que nó, pero que son poyeras, son," sentenció, y se cebó otro amargo. Lo iba a tomar, pero decidió ofrecérselo al extranjero. Este dudó, pero lo aceptó.


El viejo se levantó despacito, se acercó al mostrador, levantó la campana de vidrio que dejaba con hambre a las moscas y saco el queso y el dulce de membrillo. Cortó dos porciones generosas. Agarró una galleta de campo al pasar y le acercó todo al visitante, ofreciéndoselo.


"Mire, le acepto para no dispreciar nomás". El viejo lo quedó mirando comer... después opinó:


"No, si solo era pa no dispreciar... coma de a poco muchacho, que lo que ej ofrecido no es robado, ¡se va a atragantar sinó!" y se volvió a sentar frente al fogón.


"Se agradece" - repitió el extraño semi atorado y comió con satisfacción.


"Sabe mas el diablo por viejo, que por diablo" - dejó escapar el anciano, como hablando solo - el otro paro la oreja.


"Menos pregunta Dios y perdona" retrucó.


"Quien mal anda, mal acaba" dijo el viejo con ojos pícaros.


"El que se mete a redentor, termina redentado", volvió a retrucar el más joven, con mirada cómplice.


"El que siempre me miente, nunca me engaña", le respondió el viejo como en una payada, medio esbozando una sonrisa y sirviéndose otro mate.


"No hay mal que por bien no venga, abuelo", dijo el otro limpiándose las migas de los bigotes y controlando la risa, le habían gustado los retruques.


"¡No hay peor bicho que la mujer!" ,sentenció áspero el abuelo.


"Pero ese no es un dicho", dijo el joven.


"Pero es verdá y déjese de joder mocito, si no quiere contar no cuente, coma tranquilo que lo ofrecido es gratis", el viejo estaba enojado ahora. Comenzó a liar otro cigarro. Preguntó:


"¿A que esa faca tiene sangre, y no es de capón, vea"

"¿Pero como carajo va usté a saber con solo mirar?, dijo asombrado el visitante" "Yo no, los perros, ellos tienen bruto olfato y olieron sangre de crestiano. No es solo mirar, es también escuchar."

"Vea viejo, yo no quiero lastimarlo, no es mi intención, creameló, pero no me obligue. Mis cosas son mis cosas, mis asuntos mis asuntos, déjelo así nomás".

"No hay peor bicho que la mujer y lo tenia merecido, pero eso me da problemas a mi, vea, aunque usté no quiera"

"¿Quién tenia merecido... de que esta hablando?.

"De la china rubia de Puntas del Arachán Chico, la que usté mató cuando la encontró cogiendo con ese tipo dentro de las casas. La que era su novia. Esa."


El hombre quedó pálido, no se esperaba esa afirmación. Atinó a decir:


"Viejo, no se de donde sacó esa historia, pero usté sabe mucho y no puedo dejar que le diga a la polecía que me vió por aquí". Echó mano al facón y no lo tenia en la funda. Se tanteó desesperado y no lo encontró. Como quien ve al demonio se fijó que el viejo lo tenia en sus manos.


"¿Esto busca? Al pasar se lo pelé y usté ni cuenta se dio, por eso vide que estaba manchado, m´hijo. El extraño no lo podía creer. Le gritó:


"¡Como un viejo de mierda que esta todo el día encerrado en este rancho mugriento puede estar tan enterado, carajo!" El gaucho viejo tranquilo le dijo:


"No tenga miedo, no soy mandinga, ni estoy aquí siempre encerrado - apuntando la barriga del otro con el cañón de una escopeta que apareció de la nada, siguió - vea, abra el arcón de madera aquel del rincón"


Al abrirlo un olor penetrante invadió el recinto. Vio un cadáver reciente escondido adentro. Lo habían degollado, estaba bañado en sangre. Contuvo una arcada.


"Vea - siguió el viejo - ese ej el dueño de esta pulpería. Lo maté porque gimoteaba mucho y yo de paso andaba precisando unos pesos. Yo solo lo estaba esperando a usté, y todas las historias esas que le hice la mayoría son mentiras porque sé lo que sé porque lo vengo siguiendo desde hace tres días. Por eso estoy tan enterado", terminó de decir balanceando despacito el caño de la escopeta.


"¡Los tuve que matar porque yo la quería de verdá y me traicionó, y esas chanchadas se tienen que pagar!... ¿no entiende, viejo?"

"Pero si ej cierto - respondió tranquilo - ella se había emputecido y el otro era una porquería de gente, merecieron morir, estuvieron bien muertos. Ese no es el asunto, muchacho, lo hecho por usté es entendible... m´hijo".


El extraño aflojó algo los nervios, casi había vomitado al ver la escopeta, creyéndose muerto. Se animó a preguntar:


" Si sabe todo, sabe los motivos, sabe que tenía que hacerlo, sabe de la traición, ¿por qué esta aquí?, ¿cual es el asunto?, ¿ que problemas le da a usté todo esto?.


"Muchacho - dijo casi con ternura - mire que es realmente una lástima, porque usté es un mozo bueno y tiene curtura, se ve que es léido, no merecía eso que le hicieron. Y también es cierto que la mujer estaba emputecida por esa porquería de hombre... pero vea, sepa comprenderme mocito, no me guarde rencor, usté mesmo lo dijo: esas chanchadas se tienen que pagar. Usté mató esa moza y eso fue una chanchada. Fue una chanchada porque la culpa era del otro mal nacido que la engatusó, no de ella que fue engañada, ¿se da cuenta?, ¿entiende por que lo vengo siguiendo, m´hijo?,¿ve por que esto no puede quedar así?... ¡ese es el asunto muchacho!, ella era una mocita buena... pero engañada y yo la quería mucho, pese a todo, ¿sabe?, ella era mi hija, mi única hija, ¿vió?"


El disparo de la escopeta quedó resonando en el descampado.

jueves, junio 28, 2007



La dulce María





El matrimonio de Nepomucemo Indarte había pasado todas las pruebas que pueda usted pensar en los treinta y un años que llevaban juntos.

Tres décadas atrás, él, de 42 y ella, María Clodomira De Souza de 18, iniciaban una vida común de trabajo y lucha que seria bendecida con 9 hijos vivos de los 14 embarazos que cursó.

El menor aun vivía con ellos y los demás estaban aquerenciados cerquita,
eso lo permite la vida en el campo profundo, lejos de la civilización.

Trabajar la tierra de otros - si el trabajo deja buena ganancia para el patrón – no es problema, como tampoco lo es el permiso para hacer un ranchito de barro y paja en algún confín del horizonte, en estancias casi cimarronas (sin aportes tecnológicos), con ganado orejano (salvaje) y ganadería extensiva (se preñan segun Dios mande, sin ninguna planificación técnica). América, nuestra América abandonada y explotada.
Pero el asunto no es este.

Nepomuceno y María Clodomira habían vivido. Con todos los rigores recibidos, según fue su destino, pero habían vivido y estaban preparados para los nietos que tenían y los que estaban por venir.

Ese mes la menstruación de María Clodomira no fue normal, salió una sanguasa amarronada y tuvo algún leve malestar digestivo, que curó con carqueja en el mate y tizanas. Pero pasaron varios meses y siguió con la retención.

Como María Clodomira es gordita, nada en su figura hacia pensar algo nuevo, pero a ella le atormentaba la duda porque tenia un presentimiento que no quería trasmitir al marido, esos no son temas para hablar con los hombres. Se lo comentó a su comadre y a sus dos hijas mayores.

Entre todas si, decidieron decirle a Nepomuceno y finalmente fueron hasta el centro poblado mas cercano, a conversar con el medico de Salud Publica, viejo amigo de la familia. La comadre opinaba que la barriga dura eran gases y la falta era la edád.

Las hijas no estaban tan seguras. El padre era viejo pero su actividad sexual podía ser envidiada por mocitos jóvenes, aunque no daba para pensar demasiado: el menor tenia 26 años y en todo ese tiempo nada había pasado. Seguro era la “edá”.

Cinco leguas a caballo no son changa para nadie, pero se hicieron callados porque no se consiguió conducción y el humilde masca callado su dolor.

El medico rural fue categórico: "¿Cuánto hacia que no nos veíamos, viejo sabandija?" - dijo con cariño encarando a Don Nepomuceno - si todos fueran como ustedes los médicos nos moríamos de hambre, che.

"¡No vai sienojar por la salud de los otros, dotor!" - retrucó el hombre de campo con rapidez - pero ya ve, a la larga tenemos que venir.

El galeno estaba alegre: "Es una alegría machaza, Nepomuceno, y dirigiéndose al resto de la familia preguntó: "¿Como andás María Clodomira, como andan, gurises,que los trae para consulta?".

Y allí le contaron lo que estaba aconteciendo con el retraso.

El medico revisó, dudó, pero prefisió tranquilizar a la familia de momento.

"Debes ser la edad, ese vientre ya cumplió, esta gordita seguramente por la buena vida, se ve que comida no falta, pero para estar totalmente seguro y antes de darle remedios vamos a pedir unos exámenes. Después me traen el resultado".Y asi lo hicieron. Fueron a la Capital a 150 kms. volvieron y esperaron nerviosos.

Tres semanas mas tarde la ecografía era categórica, MariaClodomira, contra todo pronóstico, cursaba un embarazo de mas de 6 meses.

"¡Que mujer bárbara che! ¡Que mujer bárbara! – el doctor no salía de su asombro - y vos también Nepomuceno, sos una fiera. Para estar tranquilos - por la edad, ¿entienden? – habría que hacer otros exámenes en la capital, pero son caros y a esta altura de los acontecimientos no arreglamos nada. Así que será lo que el destino quiera".

María Clodomira nunca había intervenido en las conversaciones del marido y el medico, solo se sonreía a veces, otras quedaba seria intentando entender el idioma difícil del facultativo y otras se sonrojaba por las picardías y ese embarazo no esperado.

Luego de tanto tiempo debería parir nuevamente y como siempre, esperaba hacerlo en las casas, pero esta vez el medico, preocupado por su edad, la quería hacer parir en la ciudad. Ella escuchó y no dijo nada.

Tres meses después, cuando sintió que se venia el gurí, solo esperó a último momento, a que no hubiese tiempo de traslado, la fuente se rompió y parió allí mismo, en las casas, donde siempre había parido, como ella quería. Dejó al medico esperando en el hospital.

Nació un varón. Pero con problemas serios.

A la semana los visitó el medico y se los confirmó: “Sindrome de Down” dijo, con malformaciones y un quiste en la espalda que seguramente le impediría caminar. Mongólico, pensaron.

Nepomucemo entró en un cuadro depresivo severo y se pasaba lejos de las casas todo el día. María Clodomira se prodigaba en atenciones con el niño porque el simple acto de comer era un drama, se le atoraba continuamente, tenia accesos de tos que casi lo asfixiaban.

El propio médico les había comentado que la vida iba a ser muy difícil, que era una especie de prueba que Dios les ponía y otra serie de palabras intentando ayudar.

El niño sufría, Nepomucemo sufría y los vecinos a María Clodomira la terminaron rebautizando “La Dulce María” por el amor que prodigaba a ese ser tan inferior y tan débil.

Pero María Clodomira sufría, sufría mucho y en silencio.

La familia entera pasaba por momentos muy difíciles. María quería cada vez mas a su hombre, lo veía dolido, callado, avejentado y sin embargo jamás sintió un reproche de su boca. Estuvo siempre junto a ella en todos los momentos.

Tenia que seguir luchando mientras tuviese fuerzas, por suerte los otros muchachos ya estaban grandes y criados.

Llegó un día en que el menor no soportó ver las escenas en la casa, las toses, el dolor, los llantos escondidos, la ruptura de costumbres. Una mañana dejo una nota diciéndoles que los quería demasiado para verlos sufrir tanto, pidiéndoles tiempo para pensar y que ya volvería, pero ahora precisaba estar un poco solo. Ensilló de madrugada y se fue.

Nepomuceno veía al pequeñito revolcarse en la cuna, con dificultades para tragar, para respirar, afiebrado, paralítico y lo destrozaba ver el sufrimiento que a ese inocente le representaba el simple hecho de vivir.

La Dulce María se desvivía en atenciones pero su silencioso dolor la estaba haciendo envejecer rapidamente, dolida por la situación, más le dolían la familia y su esposo, pero no encontraba solución, había que seguir, eran cosas de Dios.

El entierro fue muy simple, una pequeña tumbita blanca entre otros entierros viejos en la misma estancia, cerca de las casas. Un túmulo pequeño hecho con ladrillos y pintado a la cal sobre el que en una simple madera se leia:



“Isidoro Manuel Indarte De Souza
es un angelito en el cielo”
Al parecer se atragantó tomando la leche, vomitó y respiró su propio vómito y no hubo nada que hacer. Llamaron al médico, pero estaba para la ciudad y demoró dos días en ir, cuando llegó ya lo habían enterrado, porque el Comisario, enterado de la situación había dado su autorización.
El certificado de defunción llegó con retraso, cosa normal en esos pagos.
El medico rural los trato con cariño, los aconsejo, se puso a las ordenes, les dijo que era mejor así, por el niño, por ellos y por la familia.
Y la vida volvió a la rutina normal.
Cuando Dulce María vio salir a Nepomuceno del cuarto, pálido y limpiando sus manos con un trapo, intuyó algo.
Ya había sospechado cuando, unos días atrás, el hombre se acercó al pueblo preguntando por el doctor y al volver había dicho que lo buscaba para pedir algún consejo, porque no toleraba mas la situación, pero que andaba para la ciudad, demoraría unos días en volver. Ella hacia mas de treinta años que conocía a su hombre... Nepomucemo no iba a ir nunca al pueblo para esos asuntos, tenia que estar muy desesperado. Algo pensaba.
Lo confirmó cuando vio al niño, en su cuna, despenado.
En un arranque de dolor, como hacía con los capones que estaban agusanados muriendo, Nepomuceno peló el facón y tomando con cariño la cabeza del idiota, mojándose las manos con sus propias lágrimas, lo degolló. Luego limpio la faca, lo arreglo en la cunita, le dio un beso en la frente y lo vio, por fin, sin sufrimiento.
Sin ese enorme peso, fue caminando lentamente hasta el ombú, se apoyó en el tronco noble, prendió un cigarro y quedo horas mirando al horizonte.
Dulce María se cruzó con el hombre, casi sabiendo lo que había pasado. No se impresionó con lo que vio. Termino automáticamente de arreglar la cunita, besó al cuerpecito y lo amortajó. No dijo nada, solo lloró en silencio.
Luego se acercó a Nepomuceno, le puso la mano en el hombro, le secó las lágrimas y quedaron juntos sin decir nada, mirando ocultarse el sol.
Sentían que habían superado algo muy duro en sus vidas, se comprendían mutuamente y el pacto de silencio no precisaba palabras, era de por vida.
Nunca quiso tanto a su esposo como esa tarde, ahora, las cosas serian como antes.
Como antes que llegara Isidoro Manuel.

miércoles, junio 27, 2007



El pardo Mendoza


El ruido sordo de los cascos sobre el pasto húmedo acompañaba los
pensamientos del hombre que con sus manos grandes y callosas, acostumbradas al rigor del campo, llevaba la rienda firme pero floja, conocedor que el manchado sabia muy bien el camino.

La noche no era obstáculo para ellos. El matungo era fornido y nervioso, pero respondía al mínimo toque de rienda del amo, su único amo desde potrillo.

"Estos caminos - pensaba Mendoza – estos caminos... cuando iba a pensar que los tendría que recorrer así, a las apuradas, de noche, ocultándome, ¡cuando!"
El animal pareció sentir la angustia del hombre y resopló cabeceando.
"Esté tranquilo hermano, que nos vamos, pero juntos, usté no es de fallar."
La voz serena del gaucho calmó al Canela, que siguió su rumbo al mismo
tranco.
El atardecer lo habían cuerpeado por la orilla del arroyo, bajo coronillas, ceibos y quebrachos, así nadie los pudo ver, las horas pasaron y la noche se adueño del campo, pero la pareja seguía sin dudar su camino. Antiguo camino de quileros, sendas trilladas incansablemente cargando el contrabando para lograr el peso diario que asegure el sustento, sendas por las que se van cruzando estancias siempre lejos de caminos conocidos, vigilados por los uniformados, que son muchas veces cómplices pasivos, conocedores del rigor de la pobreza. Así se atraviesan tierras que nunca serán de los que las trabajan, tierras de dotores engominados montevideanos, o de extranjeros millonarios.
Mendoza tiro suavecito de la rienda y el manchado quedo quieto. "¿Tá cansado hermano? Tá bueno, descansamos un poco entonces, pero tendrá que aguantar unas leguas mas, el caso lo requiere, después Tata Dios dirá", y le palmeó el costado con cariño. Con un movimiento ágil se bajó del pingo, aflojó la montura – sin sacarla -, y dejó que el Canela tomara agua y mordisqueara distraído algunos pastos en la orilla de la cañada. Una saliva espesa en la boca del animal confirmaba su esfuerzo.

Mendoza se sentó sobre sus propios talones, armó un cigarro y tapando el resplandor con su mano lo prendió, pegando dos pitadas fuertes, profundas.
Hacía dos días que no comía pero no sentía hambre, tenia cerrado el estómago, las cosas daban vueltas en su cabeza. Vueltas y vueltas. Miró al
manchado pastando y reflexionó que los bichos tenían menos problemas que
los hombres. Le dio un beso a la petaca de caña brasilera para entonar el
cuerpo, se dejó caer hacia atrás apoyando la espalda en el tronco y siguió
fumando, mirando distraído las estrellas que aparecían entre las ramas del
ceibo frondoso que lo cobijaba. Los cantos de las ranas, los violines de los
grillos y los pasos del caballo se sentían clarito en el silencio de la noche.
"¡Como van a pensar eso de uno!", dijo, quedando sorprendido de su propia voz. "Hasta hablo solo ahora, Canela. ¡Carajo!, que mal están las cosas."
Pocos minutos después tiró el pucho, lo vio apagarse en el barro, movió hacia los lados la cabeza para aflojar el cuello, se quitó la boina y agachándose en la orilla humedeció el pelo. Arregló el facón en la cintura y se puso el poncho patria, tejido a mano y hecho especialmente para él. Estaba cayendo una helada regular, y no podía prender fuego.

"Bueno, vamos mi amigo, a seguir que falta". Afirmó la montura y montó con destreza. Tensó hacia la izquierda la rienda y el animal dio vuelta en redondo. Taloneando suavecito las verijas, logró que subiera una pequeña loma en la orilla de la cañada e iniciara un trotecito suave, retomando la senda. Los pensamientos se agolpaban: " Crecimos juntos, nos criamos juntos, siempre la quise como a una hermana... por que tenía que venir con esas mentiras el hijo de puta".

Y así fueron pasando las horas, la frontera se acercaba cada vez más. Estaban en el bajío de los Saraiva, unas leguas mas adelante pasarían cerca del Rincón de los Rodríguez y ya casi llegaban. Todos potreros inmensos con pocas vacas, terreno plano ahora, que permitía un trotecito mas ágil, iluminados por una luna grandota. Luna llena que había aparecido en el horizonte como inmensa farola gris rojiza y subía en el cielo estrellado haciéndose lentamente mas pequeña y blanca.

El frío quería meterse en los huesos, pero el poncho estaba hecho con cariño y
no dejaba. Mendoza inició un diálogo con el Canela: "Se da cuenta, mi amigo, venir ese mal parido a llenarse de razones contra uno, a inventar mentiras, ¡como voy a hacerle daño a la Carina, si era como mi hermana...! pobrecita, parecía dormida en el cajón. Y pensar que la violentó antes de ahorcarla. A ella, que era toda ternura. Se créen que porque tienen plata..."
Una mueca cortó el diálogo. Se bajó por enésima vez del caballo y abrió la última portera que lo separaba de tierra brasilera. Esta había sido la estancia de Don Nicanor Pereyra Rodrigues, bien en la frontera. Don Nicanor se había enriquecido con el contrabando de ganado. " Fácil pa él que estaba bien ubicado. – pensó - y pa qué, si cuando murió el hijo le vendió todo a un brasilero, que compró como inversión, corrió la gente y trancó las porteras. Ni respetó el esfuerzo del padre, todo quedo abandonado. ¡Que desperdicio todo esto, mismo!". El pardo había trabajado para el viejo, conocía bien la historia, por eso pasaba tranquilo, sabedor que no habían cristianos, solo campo y chircas.

El Canela se encabritó parándose en las patas traseras. Mendoza estaba como pegado al animal y ni mosqueó. Sintió el silbido finito de una víbora que pasaba cerca y se iba apurada entre los matorrales crecidos del potrero abandonado. En otra ocasión la hubiera matado, pero no estaba para esos menesteres. Tocó los costados del caballo, jaló suave pero con firmeza las riendas y la pareja retomó el camino. Amanecía, una inmensa bola de fuego anaranjado comenzó a elevarse en el horizonte.

No muy lejos se veían los cerros de granito negro ya en territorio brasilero. Pedra Preta era el nombre del lugar y significaba que la patria chica había quedado atrás, mas de cinco leguas.

"¡El mal nacido pensaba que todo se terminaba comprando al Juez, Canela! - largó una carcajada franca y estentórea - y me culpó a mi, justo a mi que la quería como a una hermana, ta que lo parió carajo. El nene bien se la cogió y la asesinó y los milicos lo agarraron enseguida. Pero seguro Canela, ¡si todo estaba clarito!, ella no quería. se defendió como pudo la pobrecita, pero el tipo era mas fuerte, y en la pelea la ahorcó... y después el Juez que se deja comprar. Seguro, los milicos tuvieron que soltarlo. El hombre pensó que total, como era una chinita huérfana y pobre náides iba a responder por ella... ¡feo se equivocó ese disgraciado!" y otra risotada rubricó lo dicho.
El noble bruto resopló y agachando el cogote empezó a subir la Pedra Preta, en pocos minutos se encontraban en lo más alto. Allí Mendoza lo hizo dar vuelta, y se quedó un buen rato mirando el horizonte, pensando: " No podré volver ni veré más a la Carina, pero donde estés mi hermana, te digo: ¡Se hizo justicia!" y dando un tirón fuerte de las riendas, con un: "¡Vamos Canela!", inició un galope tendido hacia el futuro.

El Comisario miraba asombrado los cuerpos del Juez y del hijo del dueño del establecimiento donde habían matado a la muchacha hacía dos días. El letrado tenia varios huecos de 38 en su pecho, una mueca de horror en la cara y los ojos muy abiertos. El revolver del estanciero estaba en el suelo, junto al cadáver, con el cargador vacío. Pero impresionaba mas el otro infeliz. Lo habían degollado salvajemente, de oreja a oreja, parecía tener dos bocas. Un inmenso charco rojo empapaba el piso de cemento pulido de las casas. Le llamó la atención que la entrepierna del citadino estuviera ensangrentada, pero no tocó nada. Esperaba al medico forense, como manda la ley, además viejo amigo con el que habían compartido tantos casos, tantos asados, tantos vinos.

El galeno llegó, saludo y procedió a efectuar su trabajo. Después de examinar los cadáveres le comentó al Comisario:"¡Que lo parió Chiquito!, el que lo mató sí que le tenía asco, compañero, lo degolló con saña y lo capó. Si, lo capó. ¿Y sabes donde le metió los huevos?... ¿no?, mirá acá... ¡en la boca, mi hermano, se los metió en la boca!, ¿le tendrían asco al engominado este che, le tendrían asco? ¡que lo parió, Chiquito!."

La historia de Ivan Manuel Do Santos

"Ivan Manuel Do Santos no era no era de andar expresando sus sentimientos, ¿entiende?, el hombre tenia una cara inexpresiva y los rasgos eran duros, curtidos por el sol en el surco, los ojos increíblemente celestes, si, celestes, es que la madre era europea ¿vió?, no, no supe de que país vino, ¿Rusia, dice?, y puede ser, pero seguro no estoy, el padre también era rubio, pero del pago, en realidad no lo sé cierto, pero me parece que de la 8ª Sección, si, de este Departamento, mejor siéntese en la otra porque esa está media descolada, no sea cosa... bueno, le decía, de aquí de la 8ª y fue bien criado, de lo fundamental no faltó nada, la madre no se si estará viva todavía, mire, hasta hace unos quince años vivía, si, seguro, yo la conocía bien, el padre se fue cuando él era pequeño, si, un gurisito chico y tendría unos cuatro o cinco, mas o menos, bueno, no me acuerdo bien, pasaron muchos años, ¿otro mate?, ¿no?, bueno, decía que cuando el padre se fue, la cosa se puso difícil, y si, chismes ¿vió?, parece que por otra mujer, ahora, si es verdad, no sé, pero se fue, tuvieron que hacer lo que se podía, la gringa era muy trabajadora, muy luchadora, trabajo y trabajo todo el día, día y noche si cuadraba, no, ahora ya no se encuentran mujeres asi, ¿a usted le parece?, y puede ser, si usté dice... el asunto es que lavaba para afuera, hacia limpiezas, después se dedico a cocinar para los vecinos y allí la cosa se empezó a arreglar, si, cocinaba muy bien, recetas de aquí y recetas que había aprendido de los abuelos y los padres, de sus pagos, ¿entiende?, pero pruebe, pruebe, mire que están buenas...si, seguro, coma nomás, son recién hechas, ¿qué drama dice usté?, a, el asunto del Ivan Manuel, deje ver...para el sur, si, aquella loma después del monte de eucalíptus, allí fue que paso todo, ¿foto?, y si quiere tome, pero, ¿pa´que? si es solo pasto, nomás, pero si quiere déle, entonces le decía, inexpresivo el hombre, con el puchero asegurado y un techo, por pobre que sea es otra cosa, ¿no haya? y así se fue yendo la vida de esa gente, no, a ella nunca más se le conoció marido, seguro, si no salía nunca, siempre estaba en las casas... y si, el muchacho no conoció escuela, la rural estaba muy lejos y no tenía forma de ir, ¿caballo?, si, cuando mocito, pero al principio no tenían y cuando pudieron comprar, él ayudaba a la madre en el trabajo, así que tampoco iba, lo que aprendió se lo enseño la gringa, y supo hacer las cosas, no vaya a creer, mire que cuando creció todos creían que tenia liceo también por lo conocedor en muchos temas, si, sírvase nomás, ¿se dejan comer, verdad? ¿otro mate?, si, ella fue siempre rebelde, era anárquica, ¿cómo?, a eso, si, anarquista, y aquí en el campo era raro, mas bien muy raro, pero era y ella siempre decía que aquí estaba y aquí luchaba, se lo repito, era lindása la gringa, pero nunca se le conoció marido, seguramente fue por eso el asunto, el tipo también era extranjero, hacía poco había venido de las uropas, parece que era de la tierra de ella, si, se hicieron muy amigos, y si, el tipo estaba enamorado pero ella no, esa es la cosa, ella no, ¿no quiere más?, es verdá, mate y torta frita llena la panza del pobre, el hombre insistió tanto que al final pelearon y parece que perdió la cordura, como que lo había hechizado, no descansaba nunca, la acosaba, la perseguía, se le hizo obsesión, mire que lindo se ve poner el sol desde aquí, ¿en sus pagos también es tan lindo?, entonces le decía que la cosa se puso muy gruesa y el Ivan Manuel sufría en silencio, pero inexpresivo, vea, la propia madre le recriminó por eso varias veces, pero que podía hacer, todavía era mocito y un día el gringo desapareció, sin avisar, nadie sabia nada, como si se lo hubiese tragado la tierra, toda la vida de la gringa volvió a la normalidad y al poco tiempo se fue el Ivan Manuel del pueblo, que a la ciudad para estudiar, ella había juntado unos pesos, con eso lo mantenía, al tiempo el hijo la mando buscar, se había establecido en la capital, trabajaba en una fábrica, al parecer era dirigente de los obreros, y si, la madre era versada en esas cosas y ya le digo, eso debe haber sido hace unos quince años, no, nunca mas se los vio por estos pagos y mire que los buscaron, seguro, después que Don Nicanor encontró las cajas de casualidad, rompió una con el arado, ah, ¿no sabia?, parece que después de matarlo lo cortó en pedazos, puso uno en cada caja y después las enterró separadas, como para que el gringo no se pudiese juntar nunca más, del asco que le tenía, ¿pero quién lo podía pensar? Ivan Manuel era muy inexpresivo, ¿cuánto?, y si, mas o menos habrían pasado unos tres años, y se dieron cuenta por el reló que encontraron en una de las cajas, parece que tenia letras raras, yo no se porque soy analfabeto y disculpe, pero se sabía que era del gringo, el único que había por aquí, no, nunca más los vieron, y ahora debería tener unos treinta y cinco o cuarenta años, más o menos, probar no se pudo probar, pero nunca mas los encontraron, parece que se fueron del país, y si, yo los extrañé bastante, eran gente buena, de trabajo, ¿sabe?, yo los ayudé en lo que pude, dentro de mi situación, porque la veía como a una hija que nunca tuve y al botijita lo quería, pese a lo huraño, son cosas, uno siempre ha estado muy solo, ¿entiende? y bueno, así es la vida, hay que seguir, ¿ya?, y hace bien, antes que lo agarre la noche, sabe hacer frío aquí en el campo, no, por favor amigo, no me debe nada, no, guarde ese dinero que me ofende, tenga buen viaje, ¡cuidado al cruzar la cañada chica que esta crecida!."
El viejo quedó apoyado en la pared del rancho mirando alejarse al visitante. Lo vio sacar algo grande de la montura, ponerlo junto a la higuera cerca del alambrado, cerrar la portera, montar, saludar de lejos con la mano y partir al galope. La imagen se fue achicando. Por fin, desapareció.
Así se quedó rato, pensando y moviendo hojas secas con la punta del bastón, tenía algo trancado en el garguero. Decidió ir al almacén de Ramos Generales a compartir sus pensamientos. A la pasada miraría lo que dejó el hombre en el suelo, por curiosidad. Pa prevenir la helada, se abrigó bien.

"Mas o menos asi fue la cosa Don Pedro, viera lo bien que monta el hombre y que educado, que educado y que serio, seriáso mas bien, ni una sonrisa, duro pa mostrar los dientes, pero no se por qué – serán cosas de viejo nomás - tenía la sensación que me miraba con cariño, con un cariño especial pese a la seriedad, quien sabe. Cosa rara cuando se despidió – por eso le digo - porque dijo: " Cuidesé Don Cleverito". Si, Don Cleverito dijo, ¡pero clarito lo dijo!, no, no escuché mal, estaré viejo pero no sordo...¿y quién le va a decir?, náides, si llegó derecho al rancho, parecía saber bien el camino, bien baqueano el gringo, estoy seguro, el apellido le dije, pero el nombre no, ¡no vi´ajtar seguro¡ vea, ahora que lo pienso se me congela la sangre, ¿cómo fue a saber mi nombre el gringo che? y servime otra de caña y si quieren aquí los amigos también que hoy pago yo, no, ta bien que sea pobre, pero cobré la pensión ayer, vea, y quiero compartir.
(A nadie dijo del paquete junto a la higuera, que tenía una damajuana grande de vino tinto, diez quilos de yerba mate de la mejor, cinco paquetes de tabaco, hojillas, una horma de queso entera, una lata grande de dulce de membrillo, un mate de guampa lujoso con su nombre - lo único que sabía leer - y tirado entre todo, como al descuido, ese puñado de dinero que no había querido aceptar).

lunes, febrero 19, 2007

Posted by Picasa La supuesta caida del avión fumigador y el conflicto de intereses. (De carne somos)


Había sido un vuelo como tantos otros, grandes campos cultivados con arroz que necesitaban una correcta fumigación con insecticidas.

El retorno fue agradable, la tarde era de otoño pero muy templada, el sol comenzaba a ocultarse y pintaba de tonos de rojo el firmamento, muy abajo las vacas parecían puntitos sobre un paño de billar gigante. Ya se apreciaban las casas del pueblo.

Bárcia tenía una reunión con su amigo Pascualito ese día, pero no sabia si este ya había llegado al pueblo, así que descendió mas de lo acostumbrado para pasar sobre la casa del amigo. Quería ver el auto. Si, estaba estacionado en el patio de la casa, entonces estaba.

Se había acercado mucho al pueblo,voló rozando los techos y enseguida dejó caer la trompa del avión descendiendo la sierra acelerando a fondo. Giró apenas el volante y movió los alerones con lo que dio una gran curva a baja altura enseguida de pasar las casas - el pueblo queda en lo mas alto de la cuchilla y el aeródromo esta en la parte oriental baja de esta - enseguida de librar los eucaliptus del viejo Pascasio Peña vio las líneas de la improvisada pista de tierra mas adelante. Lo demás pura rutina, otra jornada cumplida.

Pascualito había decidido limpiar el galpón y pacientemente fue juntando muebles ya imposibles de recuperar, sillas rotas, maderas viejas, troncos podridos con huellas de polillas, basura de todo tipo, restos de lana, bolsas y botellas plásticas vacías.

Le costó mucho hacer esa limpieza, pero el gran galpón había quedado completamente vacío. No podía entender como se le juntaron tantos cachivaches viejos inservibles y menos aun por que los habia guardado tanto tiempo. Fue tal la mugre que el montón de inicio se transformó en una pequeña montaña que solo molestaba.

Antes de iniciar una blanqueada de cal a las paredes decidió hacer desaparecer esa basura quemándola, entonces completó los bordes con rolos secos de eucaliptos, cubrió todo con madera fina y hojas secas y lo prendió. Solo se quemaron los bordes. Quedó pensando.

Pascualito era hombre de paciencia y determinación, asi que fue calladito al otro galpón y volvió con diez litros de fuel oil del tanque del generador. Se detuvo frente a la mugre y diez litros le parecieron poco, volvió sobre sus pasos y trajo diez mas, volcándolo todo con cuidado. Volvió a prender. Como que quería prender pero se apagaba. El hombre se cansó de esperar, decidió ser mas drástico.

Seguro de que Bárcia no lo notaría fue a los tanques de 220 litros de gasolina de aviación que habían llegado el día anterior, chupando por un cañito saco bastante y desparramó todo obsesívamente por los costados sin tener en cuenta que las maderas y demás restos estaban calientes después de los otros intentos de encendido. Un olor fuerte característico comenzó a sentirse.

Precavido, alejándose más, con un trapo humedecido en gasolina envolvió una piedra mediana, lo prendió con el yesquero y rápido lo tiró a la mugre. Lo que vio lo dejó encandilado.

Como en una película pasada en cámara lenta, cuando la piedra convertida en bola de fuego estaba a medio camino de su destino una lengua de llamas se adelantó buscándola y prendió de golpe toda la hoguera. Los gases de hidrocarburo hicieron su trabajo con una explosión impresionante.

Pascualito quedó con la boca abierta y el pucho colgando del labio inferior. La ola de calor le pegó de frente y lo dejó desparramado en el suelo con las cejas chamuscadas. Una gran columna negra se elevó hacia el cielo. En esa posición boca arriba en el pasto vio pasar entre el humo el avión de Bárcia buscando la pista de aterrizaje. Pensó: "De cajón que me va a preguntar por la gasolina...¡que puteada me va a dar!"

Comenzo a caminar rascándose la cara hacia el avión que carreteaba por la pista lamentandose de haber sido tan inconsciente, mientras a su espalda una inmensa fogata consumía la mugre iluminando esa tarde a la que le quedaba poco para convertirse en noche.

"¡Que animal había sido!", seguía pensando mientras caminaba.

Prudencia Vega, la mas vieja de las Vega, estaba colgando la ropa recién lavada en las cuerdas del fondo del rancho. Desde allí vio pasar bajito el avión con un ruido ensordecedor.

"Un día de estos se engancha en las cuerdas de la ropa – pensó - y tenemos una tragedia."

Pero estaba acostumbrada a verlos llegar al pueblo, los fumigadores siempre pasaban arriba de su casa para aterrizar abajo en el valle, aunque ese día tenía algo especial, volaba bajo, mucho mas bajo de lo acostumbrado, incluso para días muy nublados. Curiosa, caminó los pocos metros que la separaban del borde de la cuchilla para verlo aterrizar en la pista, como tantas veces, pero no.

Una gran explosión a lo lejos acaparó todos sus sentidos. Era en las tierras de Don Pascasio Peña, donde el casero era Pascualito. Vio una llamarada grandísima y densas nubes negras que elevabndose al cielo.

"¡Por eso volaba tan bajito - dijo conversando sola - vendría con problemas, pobrecito!" y sin pensarlo más salió corriendo para las casas, hizo salir a las hijas y yernos, se subieron en el noble Rover 62 y rumbearon rápido para la comisaría. Entraron corriendo y a los gritos:

"¡SE CAYO!. ¡EL GORDO BARCIA SE ESTREYO CON EL AVION! ¡YO LO VI CAER! ¡YO VI CUANDO SE INCENDIO! ¡CORRAN A AYUDARLO!

El Comisario entendió enseguida porque él también sintió el estruendo y veia la columna de humo pero hasta ese momento no sabia que pasaba. Organizo rápidamente su personal para ir al lugar del accidente. Previamente llamó al Oficial Mayor del Grupo de Cazadores del Ejército, informando. Los soldados fueron agrupados y partieron en misión de rescate.

Todos pensaban que el gordo podía haber saltado, pero venia muy bajo y nadie vio paracaídas... no tenían demasiadas esperanzas. Igual, aun sin mucha fé, fueron apresuradamente hacia los pagos de Don Pascasio, lugar del desastre.

En el pueblo reinaba la alarma y cada uno intentaba ver algo y enterarse de alguna cosa.

"¡Quién le dice a esa pobre mujer ahora!", balbuceaba Clodomira y era consolada por la menor de las Alvarenga también subida a la camioneta con su comadre para buscar juntas los restos del difunto. "¡Hay Diosito, no somos nada, nada - seguía lamentándose - un hombre tan bueno, tan trabajador!".

Esos eran los comentarios mayoritarios en la villa, aunque también algunos opinaban sonoramente, entre trago y trago de caña brasileña: "¡ Al fin se murió ese hijo de puta!", ejerciendo su libertad de expresión.

Lo cierto es que una multitud dejó vacío el pueblo y fueron cada cual como pudo hacia el lugar de los acontecimientos.

El Comisario comentó con el Mayor: "Volaba muy bajo, lo mas seguro es que el cadáver este lejos del sitio del impacto, tenemos que prepararnos para lo peor", el Mayor muy serio,asentía con la cabeza. El Grupo de Cazadores iba en dos camiones a la zona de impacto, preparados para todo.

En otro lugar del pueblo el Chiquito Gutierrez no las tenia todas consigo. Los números iban de mal en peor, el almacén no daba lo que tenia que dar, las cuentas se acumulaban día a día y el desespero crecía a la par. Lo único que lo venia salvando era la funeraria, única en el pueblo. Cada vez que uno de los cristianos decidía pasar a mejor vida, él – que tenia la exclusividad de los servicios mortuorios – atendía los difuntos y aunque la gente era pobre, siempre algún pesito se hacia. Pero desde unos dos meses atrás una epidemia de salud hacia estragos en sus finanzas porque nadie tomaba la gran decisión. Incluso los muy enfermos, de los que se espera el desenlace de un día para otro, ni esos se definían.

Así, con el almacén al borde de la quiebra, los acreedores a las puertas y la salud del pueblo en su apogeo, el pobre Chiquito Gutierrez no encontraba salida. Hacía mas de dos horas que estaba sentado en el escritorio entreverado con los números y fumando un cigarro tras otro, pero las cuentas no le cerraban, precisaba alguna ayudita para esperar el repunte del negocio. Una ayudita económica que quizás alguien le pudiera facilitar, unos pesitos nomás, para salir del paso. Además le habían comentado que los aduaneros se iban a poner mas flexibles con el cambio de Gobierno del mes pasado y eran buenas noticias, podría surtir el almacencito nuevamente de contrabando. Estaba en esas tribulaciones cuando sintió la explosión. Desde su casa solo logró ver una columna de humo a lo lejos, al oeste del pueblo, por la casa de Pascualito. No le dio demasiada importancia, estaba absorto con sus problemas. Pero a los pocos minutos un alboroto impresionante cundía por el pueblo.

La gente corría, vio pasar al Comisario con sus efectivos y al Mayor con la élite del Cuerpo de Cazadores. Sacó medio cuerpo por la ventana del frente y le gritó al pardo Cáceres que pasaba corriendo para no perderse la movida: "¡Pardo! ¡¡PAARDOO!!... que carajo esta pasando, hermano". "¡EL GORDO BARCIA!, ¡EL GORDO BARCIA SE HIZO MIERDA CON EL AVION! ¡PARECE QUE CAYO EN LA ESTANCIA DE DON PASCASIO PEÑA ARRIBA DE LA CASA DE PASCUALITO Y LO MATO JUNTO CON TODA LA FAMILIA! ¡UNA BRUTA TRAGEDIA, ESTAMOS YENDO PARA VER QUE PODEMOS HACER!, y sin esperar comentarios siguió su corrida.

El primer impulso del Chiquito Gutierrez fue de dolor. ¡Que angustia, tantos muertos, tanta desgacia!, el segundo impulso del Chiquito Gutierrez fue de cálculo.

El Gordo Bárcia era solo, pero tenia contratado un entierro de los mas caros - cosa rara en el pueblo - y el viejo Pascualito y su familia, aunque eran muy pobres, eran muchos - calculaba como cinco finados mas - y sumando todo eran pesos y pesos que prácticamente le solucionaban las cuentas en rojo que le tenían tan preocupado. De todas maneras no podía dejar que la gente se diera cuenta de sus verdaderos pensamientos, asi que salió corriendo con una cara plena de dolor y desgarramiento. Dentro de su viejo Chevette rumbeando para los pagos de Pascasio calculaba si tendría la cantidad necesaria de cajones... si, tenia para todos, esto se estaba poniendo bueno, por fuera gritaba que no podía ser, ¡que horror pobre gente!. Le parecía mentira porque era increible, lo que es la vida, unos minutos atrás lleno de problemas y apenas unos instantes después no debía nada y por el contrario estaba super tranquilo economicamente.

Nadie lo notó, pero la mueca de dolor por momentos se le quería transformar en sonrisa. Le dolía, pero mas lo tranquilizaba. Así siguió lamentándose entreverado con la gente.

El Gordo ya estaba llegando al suelo cuando la explosión lo espantó. Atravesó una nube de humo y casi clava de trompa el avión porque su primer impulso fue frenar al tocar tierra, pero se recuperó a tiempo. Se bajó apurado y corrió hacia la casa del viejo, sin entender lo que había pasado. Lo vio venir caminando para el avión, nervioso.

"¡Que mierda hiciste Pascualito!, ¿prendiste fuego las casas?"

El otro contestó explicando lo sucedido, mostrando sus pelos chamuscados y puteándose por ser tan animal.

"¡Por suerte te das cuenta viejo bruto! - decía el Gordo entre lágrimas detanto reírse - ¡casi te freís vos y toda la familia, que bestia, ahora eso si, el galpón te quedó bien limpito ... ¡y quemaste como dos hectáreas de campo!"

No podía aguantar la risa, tanto se reía que contagió a Pascualito que también empezó a las risotadas y abrazados se metieron en las casas a tomar unos vinos caseros porque la fogarata les dio la idea de hacer un buen asado esa noche y el gordo tenía el si fácil para los envites de comida. Allí quedaron contándose sus cuitas y arreglando las cuentas de la gasolina del avión cuando comenzaron a sentir un murmullo que iba en aumento y parecía acercarse. Al poco rato el ruido de los motores era muy evidente y el griterío de la gente se hacia sentir. Salieron para ver que pasaba. El Gordo aprovechó para ir a orinar a la legtrina y Pascualito se acercó a la portera a mirar. Casi le pasan por encima gritandole cosas diferentes. Se preocupó. Pensó en sus familiares, que habían ido a la capital la noche anterior a controlar el nieto con el pediatra, a lo mejor alguna desgracia...

Los policías y los soldados no pararon para saludar ni para abrir la portera. Consustanciados con el accidente y en cumplimiento de su deber, ante el asombro del casero la tiraron abajo con los camiones y siguieron de largo para la zona de desastre. El que le aclaró las cosas fue el Chiquito Gutierrez que desesperado, expersando con ademanes sus sentimientos, se le acercó. Cuando lo vio vivo a Pascualito, Chiquito automáticamente borró un entierro de su cabeza. Luego se enteró que la familia del viejo no estaba y restó otros cuatro cajones, pero se consoló pensando que estas cosas pasaban porque la gente era muy bullera y agrandaba las cosas, en realidad él tenía la culpa por hacer caso, porque pensando bien mire si el avión va a caer justo sobre el rancho, que gíl había sido en pensar eso... pero siguió contento porque con el solo entierro de lujo del Gordo tenia para arreglar sus cuentas perfectamente, así que estentoreamente decía en voz alta:

"¡Gracias a Dios, Pascualito, gracias a Dios que están todos bien, nosotros nos imaginábamos lo peor, lo peor!, y la gente que lo rodeaba apoyaba sus afirmaciones.

Terminada esa etapa, deseoso de ponerle la firma a su situación económica, cuando ya salía para la zona del accidente, como una aparición mala vio salir al gordo Barcia de la letrina arreglándose el pantalón. Y aquí no pudo contenerse mas porque se le cayeron todas las cuentas, volvieron los números rojos, la desesperación, la angustia. A los gritos, encarando al gordo que lo miraba sin entender nada, lo único que le salió explosivamente casi llorando mientras movía hacia los lados desconsoladamente la cabeza fue:

"¡PERO GORDITO DE MIERDA, LA PUTA QUE TE PARIÓ, NUNCA HACÉS NADA BIEN...! ¿NO TE HABIAS MUERTO VOS?...¡JODER CHE, NO SE PUEDE CONFIAR EN NAIDES CARAJO...!

domingo, febrero 11, 2007

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El hombre viejo que no se si estuvo



La voz provenía de ningún sitio

Podía ver al anciano atrás y a mi izquierda, pero en realidad no se si estaba, por eso su voz parecía no tener procedencia.

Él conversaba desde su pasado lejano, reviviendo recuerdos.

La charla comenzó en forma casual, un acontecimiento pasajero, una tontería que generó un intercambio de impresiones, luego, para ser sincero con el lector, debo decir que intenté prescindir de ese anciano conversador, porque estaba agotado de tantas horas de trabajo, apurones y carretera. Quería dormir. Pero el hombre era persistente y en el mismo tono traía al presente acontecimientos de setenta años atrás dando una vivencialidad y frescura a sus personajes que los hacía estar allí entre nosotros.

Estabamos sentados en filas contrarias, sobre el pasillo del transporte interdepartamental, como estaba adelante para poder verlo debía darme vuelta completamente, lo que no era fácil, porque el cuello dolía y se dificultaba mantener la posición. Eso él lo entendía perfectamente sin necesidad de explicaciones pero seguía conversando imperturbable.

Así, con mi cabeza apoyada en el respaldo del asiento levemente inclinada hacia su lado, mantenía una actitud de descanso y de atención a sus dichos. Fueron pasando los minutos y los kilómetros.

Relataba de aquel Juez que entró al almacén en Cerro Corá, Paraguay, en 1934 - ¿o era 1935?, ya no se acordaba bien - y lo había hecho como siempre, como era su rutina, impecablemente vestido, bien afeitado y peinado. Pero esa tarde lo seguía un individuo de ropaje humilde, barba crecida y mal cuidada. El Juez ya estaba en el mostrador cuando el otro se paró en la mitad del almacén y le preguntó:

"¿Usted es el Juez fulano?"

A la respuesta afirmativa siguió la aparición de un revólver y la descarga de todas las balas en el pecho del profesional que en ese instante dejo de ejercer. El agresor se perdió en el tiempo.

Sus recuerdos dicen que él intentó movilizarse, buscar la policía, y que fue detenido por el almacenero que en perfecto "paraguayo" le dijo:

"Uruguayo de mierda, quedate quieto que son cosas de los mafiosos. Además ese que esta muerto allí sabía ser un gran hijo de puta, y bien muerto está", cerrando su sentencia con una exclamación despectiva en guaraní que no había entendido, pero la recordaba sonar como una maldición. Él por supuesto nada dijo, solo quedo en su memoria juvenil la sorpresa y la curiosidad.

Y aquel otro caso de los violadores de una niña de 13 años en el pueblo de Dom Pedrito, Rio Grande del Sur, Brasil, que fueron prendidos por la policía, luego reconocidos por la niña violentada y ante sus ojos muy abiertos – lo había visto todo porque formaba parte de la patrulla que fue a hacerlos presos – ajusticiados con un tiro de carabina en la nuca cada uno y luego dejados para las aves de rapiña en el fondo de una cañada.

En su juventud, asombrado y con el estomago revuelto preguntó al jefe de la comitiva por que motivo no habían sido sometidos a juicio, para definir su pena, y recibió como respuesta en un portuñol atravesado:

"No, meu filho, estos caras aquí no van a estuprar a ninguein nunca máis, ¿ta certo?". Y no estupraron nunca mas nomás.

"Es como le decía, caballero – siguió imperturbable – no había ley y yo siempre me he preguntado: ¿o realmente había?, porque hoy por hoy los reverendos hijos de puta están sueltos, los violadores salen enseguida y vuelven a cometer fechorías... ¿me entiende?, no se realmente donde esta la ley".

Yo estaba casi dormido, arrullado por el sonido del motor, el ronronear de los neumáticos en sus interminables vueltas en el pavimento y la cantinela monótona del anciano. Ya estaba entrando la noche, y la luz era escasa.

Allí escuché unas sentencias que dijo el hombre que me marcaron para siempre. Intuí como que era este "pase de conocimientos" entre dos generaciones el motivo que en ese viaje, en ese día, en ese momento, se produjese la conjunción de nuestras vidas que seguramente no se repetiría jamás. El hombre dijo:

"Por eso le digo a usted que es mas joven: Mire hacia el horizonte, si, m´hijo, viva y camine mirando siempre al horizonte. Véalo. Póngase esa meta. No pierda la vida mirando a las puntas de sus zapatos y se comporte como un ciego para lo realmente importante, recuérdelo bien. Y otra cosa: Cuando tenga que hablar, hable fuerte, que su voz sea segura, no como un pedido o una súplica, no, que sea fuerte, segura, firme, conductora. Así será como lo escucharán y lo respetarán, téngalo por seguro - y escuetamente finalizó diciendo - y ya no le converso más porque no quiero aburrirlo".

Dicho esto no lo sentí mas. Me pareció verlo levantarse y caminar hacia el fondo del ómnibus, seguramente al baño. Pasados unos kilómetros me di vuelta y no lo vi. Llegamos a la terminal, todos bajaron y él no estaba.
Intrigado, volví a subir y abrí apresurado la puerta del baño, porque por un momento sospeché que le podía haber dado algún achaque estando dentro, el hombre era muy viejo.

Pero no estaba.

No se como se fue.

(Si alguna vez estuvo.)

jueves, febrero 08, 2007

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La vieja Etelvina y el podador






“¡No, si asi no habrá náides que pueda pensar que vamos a tener una buena cosecha p´al proximo año!

Era la enésima vez que la vieja Etelvina intervenía en el trabajo del podador de la quinta, hombre ducho en estos trabajos y de carácter apacible. Al principio se mantenía callado. La vieja era persistente:

“¡Seca!, ¡bien seca va a quedar la quinta con estos podadores! ¡para que tanto sacrificio una vida entera Dios mío, para que...! seguía la anciana.

“Pero vea Doña Etelvina - el hombre decidió intercambiar impresiones con la abuela - se corta por debajo de los antiguos brotos dejando las nacientes secundarias para que broten en primavera, ¿ve?” La voz del podador era como un bálsamo para el carácter endiablado de la viejita, pero ella era insensible a las caricias tolerantes.

“¿VE?, ¿qué hay que ver? lo que se ve es que esta podando demasiado cerca del tronco y me va a secar los ciruelos, eso es lo que hay pa ver. Yo no se pa que hacen cosas sin saber, pa perjudicar a los demás. ¡Si yo fuera la que mandara en esta casa...!

El perro miraba de lejos con las orejas chatas, no se animaba a acercarse cuando los humanos tenían esas discusiones, sin embargo al podador le movía la cola sin reparos.

“Pero no abuela, es la medida correcta, tengo años en esto, me enseño mi padre y a él mi abuelo italiano, ya va a disfrutar en verano las ciruelas hermosas que van a dar estos árboles, ya se va a acordar de mi, abuela”

“No se de que ciruelas vamos a disfrutar si eso p´al verano va a estar seco. Vamos a tener que comprar fruta en el pueblo y utilizar los pobres ciruelos como leña con la brutalidad que usté esta haciendo. Mire, mejor me voy pa las casas para no amargarme“ y lo dejaba solo, ensimismado en su trabajo.

Esos eran los mejores momentos para el hombre, descansando de tantos gritos y sinrazones de la viejita, pero la tranquilidad no duraba, porque poco después ella aparecía y lo sobresaltaba desde lejos con sus gritos:

“¡Mire, mire nomás como cortó este pobre arbolito de ayá, seguro ese no pasa de dos semanas que esta seco y en cambio a este otro le dejo larguísimas las ramas, va a dar un vicio impresionante y no va a dar fruto ninguno... y las ráíces... ¡mire las ráíces! todas al aire después de mover la tierra... ¿pero quien dice que le enseño a usté? ¡Diga que estoy sola en las casas porque la familia esta para Montevideo, que sino le decía al marido de la hija que lo sacara de estas tierras, vea los desastres que hace, que horrible, que horrible!”

Imperturbable el podador seguía consustanciado con su trabajo. Matizaba las podas, la limpieza de yuyos y la dada vuelta de la tierra con palabras bondadosas intentando tranquilizarla, pero ella estaba inmersa sin retorno en la demencia senil y seguía en sus trece diciendo todo tipo de disparates al podador:

“¿Experimentados? ¡hágame el favor! ¿experimentados de que?¿experimentados en destrozar plantas?, mire haga las cosas bien y deje de lastimar a los pobres ciruelos ¿jardineros? jardineros eran los de antes, no esta porquería de ahora".

Bajo esa permanente tormenta de recriminaciones el hombre soportó estoicamente y al cabo de tres semanas, una noche fría y lluviosa de julio el trabajo quedo concluido y el especialista en podas volvió a sus pagos. Cobraría el cheque diferido que le habían dado en el banco de su pueblo.

Llego la primavera y los ciruelos florecieron como nunca, dando fe que el trabajo había sido de primer nivel. Las abejas de las colmenas alquiladas aseguraron una excelente polinización que generó una explosión de frutos en verano, en especial por ser un año de mansas lluvias y mucho calor.

Andresito, el mas chico de los Correa, jugando a los camioneros en el fondo de la quinta, cargaba concienzudamente con tierra un gran camión Ford de madera para llevarla a su imaginario destino cuando descubrió el cadáver de la vieja semienterrado entre unos yuyos, en avanzado estado de descomposición. (La familia había dejado de tener noticias suyas unos meses atras, al volvér de la ciudad no la encontraron, luego hicieron la denuncia, pero la policía nunca descubrió su paradero.)
Al niño la impresión lo dejó mudo por un tiempo. (Los padres gastaron mucho en psicólogos posteriormente.)

Lo que mas llamaba la atención del cuerpo descompuesto era el cráneo, porque en él se podía ver la boca llena de pequeñas ramas de ciruelo donde se apreciaba que varias habían enraizado y sus nuevos brotes comenzaban a aparecer por la orbitas, la nariz y la propia boca de la calavera abriéndose camino entre la piel corrompida, dándole al conjunto una sonrisa desencajada, tipo mueca burlona, “enciruelada” digamos.

martes, febrero 06, 2007

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El loquito Maciel



Todos lo conocían desde siempre como el Loquito Maciel.

Hombre de sesenta y pico, parecía un paisano mas, pero al conversar demostraba tener un leve retardo.

Había vivido, trabajado y sufrido como cualquier mortal, nadie tenia quejas.Las cosas en el trabajo rural son rutinarias y duras pero hay que hacerlas, y él las cumplió a cabalidad, hasta que la edad pudo más y dejó de trabajar. Mas que la edad, quizás sus posibilidades intelectuales.

Por medio de un político partidario lo pensionaron por incapacidad y con eso sobrevivía en un ranchito de barro y paja, que el patrón permitió construir en un lindero de la estancia.

Igual trabajaba en lo que fuera preciso sin molestar, haciendo las delicias de los paisanos y de los mas pequeños con sus ocurrencias, en especial cuando alguien le brindaba una caña brasilera.

Loquito y sanamente pícaro, nacido en Artigas pero aquerenciado desde hacia mucho tiempo en Rivera, octava sección, vecino de Vichadero.

Asi, se iban los años, el tiempo pasaba rutinario hasta que llegó el plesbicito. El "SI" y el "NO".

Para los políticos una prueba de fuerza, maniobras para demostrar su peso en el pueblo, sus opciones en las próximas elecciones nacionales.

Pero para el Loquito fue muy complicado:

- Yo quiero papel blanco con letras azules, decía, nada de papeles con letras coloradas, no señor.

Habia sido del Partido Nacional - de enseña blanca - desde siempre. "Blanco como hueso de bagual" acostumbraba repetir, y con un odio secular a la divisa contraria, la colorada. Eso le permitía diferenciar sus votos, por el color, pero esta vez eran papeles blancos con letras negras donde se leia: en uno"SI", en otro "NO", y bastante letra pequeña por debajo de las grandes letras, letra pequeña dificil para él que la Escuela Rural solo la había visto por fuera.

Realmente se enfrento al problema en el cuarto secreto.

Porque le habían hablado, le intentaron explicar, pero no hacia mucho caso, siempre decía: "Cosa de Dotores".

Estaba allí solo, el sobre de votación en la mano, mirando la mesa llena de papeles blancos con un SI y un NO grandotes, pero en negro las dos.

Al final, como no entendía, pensó: "Así como estoy, voy viviendo, y con lo nuevo, quien sabe..." y votó NO.

Salió contento. Contento volvió al ranchito.

Al otro día los comentarios fueron en el almacén.

- Pero Loquito... votaste mal hermano, el Dotor lo dijo clarito: "Si votan NO les quitan la pensión."

El Loquito quedo pálido como hueso de bagual, mareado también y con ganas de vomitar. Volvió lentamente a las casas. Preparo mate, armó tabaco y se le fue la noche en pensamientos.

A la mañana arreglo sus pertenencias - muy prolijo - caminó hasta el ombú viejo en la esquina del potrero, ató un alambre, le hizo un nudo a la otra punta, se la paso por la cabeza, lo acomodo en el cuello y se dejo caer del tocón de eucalipto en el que se había subido.

Porque la síntesis de la noche de pensamientos había sido: "Si me sacan la pensión... ¿si así no da?. Para pasar mas hambre y mas penurias, mas necesidades... no señor, no señor.

A media mañana pasó el patrón y lo vio, balanceado por el viento.

¡Que costosa fue para el Loquito la pulseada de los Dotores...!

Al dejarse caer, mientras sentía una presión terrible en el cuello, una luz fuertísima le llamó la atención, alguien se acercaba, en caballo tordillo y de poncho blanco. Le parecía conocido. El hombre con naturalidad lo encaró, se le aparejó y le dijo: "Maciél, compañero, ¿que hace de a pie?, monte y sígame que tenemos mucho pa´cabalgar. ¡Dignidad arriba y regocijo abajo compañero!, ¡¡Vivan los blancos Maciél !!. y sin decir màs apretó los talones y el tordillo abrió camino al trote. Alli lo conoció.

Sin dudar, subió callado al hermoso matungo que apareció quien sabe de donde junto a su lado, dio un tirón a las riendas y se puso a la grupa del General. Pa sus adentros decía orgulloso: "Me llamó Maciel... mi General me dijo Maciel, carajo... no me dijo Loquito...¡¡Maciel me dijo..!! ¡ Vivan los blancos, carajo!.


(De la vida real con matices literarios) Montevideo 25 dic 96)


viernes, noviembre 24, 2006

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El jardinero




El amor a sus mascotas era conocido por todos los vecinos del barrio.

Tenía muchos perros y gatos y a todos los alimentaba y cuidaba cariñosamente, limpiando con tolerancia franciscana las necesidades biológicas de los animalitos.

La pulcritud de la casa y los amplios jardines demostraba su perseverancia, evidentemente generada por el gran amor a los bichitos que tenía, algunos desde cachorritos, la mayoría recogidos de la calle.

Los vecinos atribuían todos los esmeros del hombre a su soledad.

Hacía años vivía en la zona, lo conocían bien, todos lo recordaban recién llegado, con su madre al principio y luego aquel señor – antiguo amigo de la familia - por el que la señora tenia tanto cariño.

Como la atracción era mutua, al poco tiempo decidieron legalizar la situación y maduros ya, se casaron para juntar sus nostalgias, sus penas, sus alegrías.

El matrimonio civil fue una reunión hermosa que todos los del barrio recordaban. Al poco tiempo dejaron de verlos.

El hijo les hizo saber que habían decidido irse al sur a iniciar una nueva vida, porque a fin de cuentas no eran tan viejos y era una nueva oportunidad para ellos. Él no había querido ir porque decía - era entendible - que pese a ser su madre, se hubiese sentido como una carga para ellos y además no era chico y tenia sus propias metas.

Prefirió quedarse solo.

Desde ese entonces comenzó a acompañarse de animalitos. Todos los moradores cercanos querían mucho al muchacho, les generaba una mezcla de simpatía y lastima, verlo solo, tan trabajador, tan prolijo y preocupado por sus mascotas.

El hombre era el cliente preferido de los veterinarios. Lo adoraban, en especial por su desprendimiento económico. Pero pese a los cuidados, de vez en cuando alguno de los cuadrúpedos cumplía su ciclo y él tenía la costumbre de enterrar las mascotas muertas en el jardín, colocando sobre la tumbita un arbolito. Solía decir - era su frase predilecta:

- “El que se fue, vuelve en verde, en ramas, en flores, está aquí con todos, no nos abandona, nos regala su aroma, el ruido del viento al acariciar las ramas, el fresco de su sombra protectora, no nos cambia ni traiciona,se queda para siempre con nosotros”.

Los amigos lo ayudaban en esa noble tarea ecológica y así los jardines antes descuidados y yermos ahora eran cada vez más hermosos. Era una figura respetada, de buenas costumbres y muy querida.

Su orgullo mayor eran dos frondosos pinos canadienses que había plantado juntos en el jardín del fondo, los primeros de la serie, unos cinco años atrás...

jueves, noviembre 23, 2006

Posted by Picasa Idea y acción



La vida de Patricio Ilustre Barreto Campos – los padres eran muy patriotas, pero habían discutido tanto el nombre de cual de los próceres ponerle al querubín, que al final optaron por esa fórmula de transacción cubriendo todas las posibilidades – decíamos que la vida de Patricio Ilustre ya había sobrellevado mas de cuarenta almanaques.

No era una persona deprimida o triste, en realidad siempre se le veía alegre, con ganas de hacer cosas, atento a los cambios, interesado en las novedades, pero por esos días algo lo tenía mal, algo lo venía entristeciendo.

Una mañana que llegó a las tareas del campo muy “apagado” pese al litro de mate amargo con cedrón que la mujer le había cebado al amanecer, su compadre Ernestino Bisulfo no pudo aguantar más y mirándolo fijo a los ojos, frente a frente, preocupado por su amigo, elaboró una secuencia de pensamientos que le permitieran – sin ofender al otro – ir a la esencia del asunto y por eso le preguntó, sintetizando:

- ¡Pero que mierda te pasa, Patricio!

El otro lo miró asombrado, pero poco. No tenía ganas en ese momento de dar explicaciones, pero el que le preguntaba no era cualquiera, era su compadre y la pregunta había sido muy incisiva. En realidad no le contestó, sino que comenzó a hacerle preguntas:

- Mirá pa yá, Ernestino, ¿qué ves?
- ¿Pa ya como? ¿p´abajo? ¿p´arriba?
- A le léjo. Mirá a lo lejo. ¿Qué vés?
- Campo
- ¿Y que más?
- Campo y vacas
- Ta bien, campo y vacas, tambien hay eucalitus... ¿y?
- ¡Nubes!, ta por llover, mirá, ya está chispeando
- ¡Ta bien, ta bien! Pero decime Ernestino, ¿estás conforme con lo que ves?. ¿No te falta nada?
- Y hermano, es lo que siempre he visto, campo, vacas, ovejas, árboles, pájaros, esas llanuras interminables que se pierden en el horizonte...
- ¡Eso, eso, llanuras inmensas!. Plano, todo plano, todo llanito. ¿Vos has visto puentes en el pago? Nunca viste. ¡No tenemos puentes!, con lo lindos que son
- Pero... ¿tas loco Patricio?, pa que queremos puentes si no tenemos río
- Por eso, también nos faltaría río. Me gustaría tener río y puente, ¿a vos no?
- Y pa ser sincero, si, también me gustaría, pero no hay. Lo que hay es lo que hay.
- Por ahora – dijo Patricio Ilustre Barreto Campos muy seguro – por ahora, y siguió con sus cosas sin tocar mas esos temas. Erenestino quedó mirándolo convencido que se estaba quedando loco.

Al anochecer volvieron a las casas. Cuando se despidieron en la portera, lo dejó mas preocupado porque Patricio le dijo:
– “Por unos días voy a estar lejos, pero después... ¡vamo a cambiar esto carajo!, ya vas a ver”

Cuando llegó al rancho, Ernestino fue derecho a comentarle a su mujer y quedaron en averiguar con el médico del pueblo la posibilidad de conseguirle alguna cura a su compadre. También barajaron la posibilidad de que algún enemigo le hubiese hecho un “daño”, todo podía ser.

Una semana después Ernestino terminó de preparar el amargo, metió un pedazo de galleta de campo en la boca y mientras masticaba se puso a mirar el amanecer por la ventana de la cocina, pero lo que vio lo hizo atragantarse y escupir pedazos de galleta... ¡A unas pocas leguas de las casas había bruto puente, era inmenso, metálico, altísimo, y la punta de cada torre estaba unida por una carretera bien ancha, como para dos vías facilito!.A las apuradas le puso la silla de montar al manchado y salió al galope para el lugar.

Al acercarse vio a Patricio Ilustre que, sentado en el pasto apoyado contra un ombú, miraba satisfecho

- ¿Y eso che?
- Estaba en oferta, hicieron uno nuevo en la ciudá, de hormigón, y este lo pensaban tirar. Hace tiempo que lo vengo “campaneando”, asi que me lo traje. ¿No es lindo? ¿Cambia o no cambia el paisaje? ¡Ahora es otra cosa!

Y tenía razón, todo parecía distinto, pero ahora el que quedó por un tiempo conflictuado fue Ernestino. Le daban vueltas y vueltas cosas en la cabeza, como por ejemplo: ¿Dónde se ha visto puente en una llanura como esa que no tenía ni siquiera un cerrito. Todo chato el paisaje, ahora el puente resaltaba, pero como que le faltaba algo, esa carretera colgada en lo alto de las torres no le gustaba. Decidió entonces tomar él la iniciativa y hacer algo.

La semana siguiente era Patricio el que no podía creer lo que veía. Su compadre le había dicho que se diera una vuelta por el puente y cuando llegó se encontró con una cantidad de montañas

- ¿De donde sacaste tremendas montañas, chéi?
- Las traje de a poco. ¿Quedaron lindas, no? ahora sí el puente se luce, las torres tienen un complemento, la carreterea sigue por lo alto, ¿no te parece?
- Y si, la verdá es que sí, ahora es otra cosa.... ¡lástima no tener rio ,hermano!
- Y es cuestión de ponerse a buscar, dijo Ernestino muy serio.

Tomadas las decisiones, ya nada los detendría.

No había pasado un más de un mes y ya se habían agenciado un hermoso río que pasaba por debajo del puente, entre las montañas altísimas. Los dos miraban su obra con satisfacción de padres.

Los vecinos empezaron a arrimarse a la zona porque se sentían omisos de no aportar algo a la obra de cambio de Patricio Ilustre y Ernestino.

El vazco Aguirregaray, sin previo aviso, una tardecita arrimó una laguna de más de veinte kilómetros de largo por ocho de ancho y bien profunda. Hacía juego a la perfección con el río, las montañas y el puente.

- ¿Ustedes consiguiendo tanto para la comunidad y un se va a quedar quieto? ¡Tan locos, están!, ni lo piensen. Si se puede, hay que dar una mano y sepan que puse en el agua tararira, bagre, dorado y trucha, no nos va a faltar pesca y podemos salir a remar, que siempre quise y nunca pude. Todos estuvieron de acuerdo.

El Ñato Pereira, vecino del paso del Ayuí, fascinado con los arreglos que encontró cuando volvió de la ciudad, sin decir nada quiso colaborar y consiguió nieve para la punta de las montañas.

- Les da un toque especial - decía – y además, si el tiempo ayuda, no se derrite y se puede esquiar, que yo siempre he querido. Las cosas tomaban un cariz especial.

José Carolino Rodríguez Estévez, muy amante de los árboles, adujo que las montañas estaban muy “peladas” y llenó todo el lugar de pinos, abetos, araucarias y otras especies que dejaron todo verde, y atrajeron infinidad de pájaros y bichitos del bosque.

Otro vecino a los pocos días arrimó un aerocarril, porque sacó la conclusión que sería menos cansador subir a esas alturas en ese aparato y con otros amigos de a poco prolongaron la carretera desde el puente hasta la terminal del tren que venía de la capital.

Una de las más queridas de la comunidad, mujer mayor y trabajadora, opinó que la zona ahora estaba tan hermosa, tan turística, que le tendrían que cambiar el nombre.

La comunidad asintió, pero costó muchísimo que se pusieran todos de acuerdo. En lo que si acordaron fue que era imprescindible hacer un lugar de descanso para los viajeros, un parador con bar abajo junto a la carretera y otro arriba en la llegada del aerocarril. Pocos meses después estaban construidos.

Por alli se apareció el turco Abdalá, y sin pedir nada a cambio – algo realmente increíble tratándose de él – arrimó un coche tipo camioneta con el que llevaban y traían a la gente desde la terminal del tren al parador y bar.

Alli surgió la idea en un grupo de vecinos, de renombrar el pago como: “Bar y alojamiento con coche de transporte”, y como era muy largo lo abreviaron a : “Bar-alo-co”. No gustó demasiado.

Siguieron pensando.

Por fin la señora de Patricio Ilustre fue la de la idea, dijo:

- Sintetiza lo que quieren y suena bien. ¿Qué les parece Bariloche?.

Y asi nació ese hermoso lugar de Argentina que con el tiempo se hizo famoso internacionalmente.

Esta es la historia verdadera de su nacimiento, que pocos conocen.

Recuerde amigo lector, que lo imposible solo cuesta un poco mas.

lunes, noviembre 20, 2006

Posted by Picasa Barrientos.

Barrientos miro al extraño con indiferencia. No era el primero que le decía lo mismo, le afirmaba lo mismo y finalmente no cumplía ninguno de sus dichos. No le dio importancia y siguió enfrascado en sus asuntos.

El extraño entendió el mensaje, ya le había sucedido en otras oportunidades, los pueblos pequeños eran similares, la gente también. Pero él siempre se las ingeniaba para convencer a estos ingenuos pueblerinos. Comenzó con una nueva perorata, cambiando la táctica de convencimiento.

Barrientos lo volvió a mirar, pero ahora le dio algo de atención, porque este individuo recién llegado a su villa le estaba resultando molesto.

El extraño noto el cambio de la mirada, vio que ya estaba entrándole a ese bruto, no se le escapaba ninguno de esos ejemplares, en unos minutos le sacaba terrible pedido. Siguió conversando en el sendero dialogal de que era la primera vez que llegaba a esa villa, un lugar tan apartado y carente, y por supuesto, también la primera vez que tenia el honor de conversar con alguien tan influyente en el departamento, que además entendería la importancia de la mercadería que le ofrecía y que...

Barrientos ahora lo miraba mas serio, ya no le era indiferente, ahora le resultaba francamente molesto y de lejos se veía que era un citadino de mierda, creído y sobrador.

El extraño vio la seriedad de la mirada y comprendió que ya lo tenía en el bolsillo, las defensas del canario estaban cayendo, ya estaba interesado en el asunto y cuando le dijera las bondades del fertilizante que le ofrecía, a precio excelente, en especial comprando por camión unas doscientas bolsas, y que lo podía pagar con cheques diferidos y que ...

Barrientos tenía la mirada congelada. Dejo el mate y el termo en el mostrador del almacén de ramos generales. Lo miro fijo al extraño y dijo:"Vea, aquello atrás de las casas es mi galpón y allí tengo mas de cien bolsas de fertilizante que traigo de la ciudad, me resulta bueno y no preciso mas. Aquí es mi negocio y usté me tiene podrido con su palabrerio. Esto aquí abajo – se agachó y puso algo metálico en el mostrador – es mi Smith&Weson 38 con cargador lleno, ¿va entendiendo?".

El extraño vendedor manejaba por la pésima carretera a mas de 100 kilómetros por hora, seguía sudando pese al frescor de la tardecita, mantenía el volante con la izquierda y con la derecha borraba nerviosamente con un marcador negro el pueblito del mapa.
Posted by Picasa Así lo hacia el abuelo.(Con cariño a la memoria de Primitivo Ibarra, oriundo de los pagos de Achar.)


El abuelo, ¡qué recuerdos su nombre!: Bonifacio.

De estar horas sentado pulseando los recuerdos, entreverado con vivencias de otros tiempos, jornadas en montes lejanos cuerpeando las carabinas coloradas a puro poncho blanco y coraje, siempre en primera línea aun sin entender demasiado los motivos, pero allí, firme, con el caudillo.

Bastaba solo una arenga del General para lanzarse al entrevero de divisas con la sangre hirviendo, a lanza seca y tocando a degüello, pronto a dejar la vida si cuadraba.

Él había servido con Chiquito Saravia hasta su muerte. Él vio su muerte. Estaba cerquita y no pudo evitarla. No pocas veces sus ojos se humedecían al recordar y por momentos estaba otra vez en Arbolito, oía los clarines a lo lejos, le volvía ese olor a pasto, pólvora, sangre, sudor y barro, sentía el resoplar de las monturas, el ruido de los sables, el retumbar del Mauser gubernista, los gritos de dolor y de coraje, las balas silbando muy cerquita. Mientras contaba de cuando casi niño, ya era un hombre soldado, la cara le quedaba tensa, seria, sus ojos por momentos dejaban el presente y volvían a aquel pasado porque así era de grande su pasión por la divisa. Pero enseguida la tensión aflojaba, la serenidad del rostro anunciaba que llegaban recuerdos diferentes, de los incontables que pueden acumularse cuando se vive casi un siglo. Y así pasaba las horas en su rincón preferido, frente a la higuera centenaria, en ocasiones conversando con seres nvisibles, otras enojado con su sombra o riendo sin motivo con la mirada mansa de sus ojos viejos y esa sonrisa que da el tiempo a las almas buenas.

El abuelo se acercaba a los cien años y a su cuerpo le costaba obedecer la mente. Pero aún con dificultades, cumplía su rutina. Ayudaba pelando papas y boñatos, preparaba las chauchas, limpiaba el patio de la casa y con que placer, con que respeto, podaba las plantas y arreglaba la tierra. Que lindo verlo reír con nietos y bisnietos, conversar con su gato Catunga entre ronroneos y acariciar cariñoso a su perra fiel, la Negrita, esquivando sus lengüetazos; el felino durmiendo en su falda las tardes frías y el can echado a sus pies atento a todo. Pese a la prohibición médica, el cimarrón nunca podía faltar en las mañanas, y si llovía, las tortas fritas eran algo sagrado, así se le iban yendo a Bonifacio los últimos días de su calendario, rodeado del amor de la familia.

Estudiaron la casa por un tiempo, preparando una acción breve y jugosa, porque sabían que el viejo loco estaba en el fondo todo el tiempo, que los lunes el hombre salía temprano a trabajar y a medio día la doña llevaba los hijos a la escuela. Quedaba solo el viejo. Perro bravo no había. La puerta estaría abierta como es costumbre en los pueblos chicos así que entrar no era problema.

Se habían interesado por las antigüedades que vieron al pasar por una ventana y cuando el reducidor de la ciudad confirmó que eran valiosas, prometiendo un buen dinero sin preguntas, lo decidieron. Esas porquerías se venden bien en el extranjero y ellos no eran de esos pagos y cuando los "canarios" se dieran cuenta lo que pasaba ya estarían lejos.

Rápido, fácil, sin riesgos, limpio y productivo. Ideal para un malandro.

Ese medio día desde el auto estacionado enfrente vieron salir a la señora con los pibes, los dos con sus túnicas blancas y moñas azules, muy prolijos. Demoraría no más de quince minutos en llevarlos y volver.Tiempo suficiente para sus tareas.

El menor de los ladrones comentó:

- Tá buena la doña, se le podría hacer otro, ¿qué te parece Nene?
- No pensés en poyeras ahora Chirola, que estamos pa´otra cosa.

A esa hora el pueblo estaba almorzando o empezando la siesta, las calles casi vacías, no tuvieron inconvenientes en entrar, fueron directo al comedor, entornaron la persiana para evitar curiosos, y comenzaron a cargar en bolsas y cajas los objetos: una gran jarra centenaria de cerámica europea con su palangana del mismo material, exquisitamente decoradas, unos viejos estribos de plata con espuelas, loza inglesa de época, cubiertos de plata con apliques de oro - casi todos recuerdos de un viejo tío estanciero - al igual que el facón y el mate con su base, ambos en plata y oro, donde resaltaban las iniciales del tío artesanalmente trabajadas en oro puro. Y así se fueron apoderando de las cosas que estaban prolijamente guardadas en cajones o presentadas como decoración en las paredes de la casa. Lo frágil a las cajas, lo duro a las bolsas. Sobre el hogar, en un sitial de honor, estaba el sable que un oficial joven del Ejército le había dado años atrás al querido viejo. Había sido de su abuelo, que lo blandió contra los revolucionarios de Aparicio y después de su padre, ambos colorados. Él defendía divisas nuevas pero respetaba las fundacionales y ese respeto a sus mayores le impidió obsequiárselo como quería. Pero deseaba que Don Bonifacio, ese querido viejo enemigo de sus mayores, lo custodiara de por vida, simbolizando su deseo como hombre de armas, de que las luchas entre hermanos fueran para siempre solo un triste recuerdo.

Se lo entregaron un 19 de marzo, aniversario de la batalla de Arbolito, sabían que así agasajaban doblemente ese anciano querido, esa fecha era muy importante en su vida.

No faltó buena comida, se recordaron viejos tiempos, fue un día de fiesta en el vecindario, inolvidable para el anciano, un gran gesto del joven oficial, una custodia que a Bonifacio lo honraba para siempre.

- Nene, esto debe tener su valor también, ¿no te parece?
- ¡Deja esa miérda, Chirola! el tipo no le dio bola, dijo que son fierros viejos sin valor, apurate y terminala que nos vamos.
- No tendrá valor pero me gusta - dijo el malandro chico y se puso a revolear el sable por el aire – me gusta y me lo llevo, carajo, y lo tiró dentro de la bolsa.
- Sos un gíl - el Nene estaba enojado - parecés un gurí, terminala, ya está todo, vámonos. Y cargando una bolsa fue a abrir la puerta.

La nieta de Bonifacio casi llegando a la escuela se acordó que no había apagado la cocina y la comida se le iba a quemar. Apuró a los chiquitos, los dejó en la clase y volvió corriendo. Si tenia suerte, evitaba el desastre culinario. Llegó a la casa preocupada y entró de golpe.

El Nene no llegó a tocar la puerta porque se abrió brúscamente y la mujer lo pechó, cayendo los dos al suelo. Antes que saliera de su asombro, una mano fuerte le tapó la boca y no pudo gritar.

- Mira a quien tenemos aquí – dijo Chirola - ¿Hoy te apuraste muñequita? parece que sabías que te quería conocer.

Ella comprendió la situación, pero no podía hacer nada. Observó el desorden, agradeció mentalmente que no estuviesen los niños, decidió no resistirse y dejar que los malvivientes se fueran. Trató de controlar sus nervios. El Nene la encaró enojado:

- ¡Hoy tenías que apurarte mina de mierda! ¡Justo hoy! - él conocía a su compañero e intuía lo que se podía venir - quedate quieta que ya nos estábamos yendo, no nos mirés la cara, ¡mira p´al piso carajo!, portate bien y no pasa nada.Pero las ideas del menor eran otras.

Tenia el cuerpo femenino contra él, le tapaba la boca con una mano y con la otra le acariciaba la barriga, los muslos, los senos, el sexo. La apretaba más hacia él y sentía las nalgas tensas.

- Pará un poquito loco, pará que aprovechamos y tenemos fiestita, mira que buena que está esta mina. Pero el Nene no quería problemas.
- Dejate de joder y vámonos que hay minas por todos lados
- ¿Sos puto vos? ¿No te gusta esta mina? mirá Nene: aquí no hay nadie, nadie va a joder, si querés te vas, pero yo voy a gozarme esta minita. Y dicho esto le apretó fuerte la entrepierna.
- Vos estas loco pibe, debes estar enfermo, pero está bien, ganaste – lo sabía agresivo y brutal, así que decidió no interferir más por las dudas, su propia salud podía estar en juego – dale rápido y vámonos. Si esta buena capaz que te acompaño. (No le había gustado que dudara de su machismo)

Ella no podía gritar, pero intentando defenderse con el talón le dio un golpe tan fuerte en la punta del dedo gordo del pie a su captor que lo hizo aflojar un poco la mano y pudo morderle con todas sus fuerzas los dedos.

El tipo gritó, alcanzó a soltarla, ella pudo gritar pero un certero golpe de puño la dejo desmayada en el suelo. Chirola comentó:

- Así me gustan más. Que se defiendan, es mas lindo. La dio vuelta, y separándole las piernas con los pies comenzó a aflojarse los pantalones. La situación lo había excitado mucho.

El abuelo sintió unos ruidos extraños en el frente, el gato saltó de su falda y se alejó prudentemente hacia el fondo. La perra tenia el lomo encrespado y gruñía mirando hacia adentro. Decidió investigar.

Despacio fue hacia la puerta del patio y la abrió. Negrita entró corriendo, en un ladrido solo, él la siguió. Ahora alcanzó a oír un grito apagado, un golpe y voces masculinas que no conocía.El ladrido alertó al Nene que ya sabia como era el perro, así que solo lo esperó y lo levantó de una patada. El bicho aulló dolorido, retrocedió rengueando y pasó quejándose entre las piernas del abuelo que en ese instante entraba al cuarto.

Al verlo, el mayor lo enfrentó, empujándolo violentamente. Perdiendo el equilibrio, Bonifacio se golpeó la cabeza en la pared y cayó quedando inmóvil, semidesvanecido.

- ¡Por tus imbecilidades capaz que maté al viejo de mierda! ¡Vámonos carajo! no compliques más las cosas, deja esa mina y vamos.- Ahora la única intencion del Nene era irse, y rápido.
- Ese jovato no jode a nadie, y no me voy a ir así, vení ayudame con este bombón, mirá que blanquita que es... que suavecita... Estaba muy excitado, fuera de control, completamente irracional. Su complinche no quería provocarlo más y decidió esperar que se sacara las ganas, después se tranquilizaría. Nervioso, quedo mirando la calle por la ventana entreabierta, vigilante.

Bonifacio comenzó a despabilarse. Le dolía todo el cuerpo, la rodada había sido brava. Se levantó con dificultad y vio a un gubernista trabado en lucha arriba de otro criollo. Le pareció reconocer a su Coronel. Recordó que había caído del caballo y estaba herido de bala en el costado. Recordó también que un oficial lo había sableado en la cabeza cuando ya estaba indefenso. Lo estaban ultimando. Una fuerza interior inexplicable lo hizo avanzar hacia el enemigo y se dejó caer sobre él agarrándole el cuello. Liberaría a Chiquito.

La excitación tenia al Chirola fijo en la mujer y no lo vio llegar. Con facilidad se soltó y dándose vuelta lo empujó con saña hacia atrás, haciéndolo caer nuevamente sobre las bolsas del botín. Lo puteó y echando mano al revolver que tenía en la cintura se levantó gritando: - ¡No vas a joder más carajo! Dio un paso hacia el viejo olvidándose que tenia bajos los pantalones, trastabilló y también cayó al piso aparatosamente.

El canijo colorado era fuerte, lo había revolcado. Bonifacio vio un bulto con armas caído a su lado, desesperadamente intento hacerse de una antes que lo ultimaran. Entre ellas apareció un sable.

El Nene, que estaba distraído mirando para afuera, reaccionó al sentir el ruido de los cuerpos rodando en el piso de madera, vio al viejo intentando agarrar el sable y a su compañero entreverado con los pantalones, que con dificultad se levantaba arma en mano. Le gritó:

- No tirés, animal, que todo el barrio se va a enterar... el loco quiere agarrar el sable, sacáselo y ya está. ¡Pensá, loco, pensá!

El Chirola, aguantando los pantalones con una mano saltó sobre el anciano, con la otra agarró el sable y blandiendo la vieja arma le dijo:

- ¿Esto querés?, te lo voy a meter en el culo viejo maldito.

El oficial gubernista blandía el sable sobre su cabeza, era el mismo que recién había sableado al Coronel herido. Bonifacio no lo pensó. Fue un movimiento instintivo, él no quería el sable que era arma de oficiales, los soldados utilizan lanzas y facas y la suya se le había caído en el revolcón. Pero ya la había encontrado entre el pasto. No dudó, se la enterró hasta el mango y sintió el calor de la sangre en su mano. Volvió a apuñalar y giró la hoja en el cuerpo del enemigo. La muerte de ese hijo de puta era segura.

La cara de Chirola adoptó una expresión de asombro, perdía fuerzas, se miró la barriga, vio la ropa enrojecida, soltó el sable y al viejo, tocándose la herida quiso hablar pero un borbotón de sangre no se lo permitió. Cayó muerto de ojos abiertos, con el viejo facón del tío estanciero, mango de plata y oro, con sus iniciales artesanalmente trabajadas en oro puro, enterrado en el estómago.

Eso fue demasiado para el Nene, que despavorido tiró todolo que tenia en las manos y solo atino a salir corriendo. Todo había sido tan rápido que no llegaba a entender lo que había pasado.

Bonifacio vio que el otro soldado gubernista retrocedía de su posición y volvía hacia sus filas, el cobarde juyía. Bajo unas ropas vio moverse un cuerpo, ¿todavía estaría vivo?. Paso por encima del enemigo muerto y se arrastró hacia su Coronel. Con cariño lo apoyó en su cuerpo y le levantó la cabeza, lo vio abrir los ojos. ¡Estaba vivo! ¡Chiquito Saravia estaba vivo!

La nieta recuperaba la conciencia. Vio la cara borrosa del abuelo, sentía que le decía algo de un coronel -” Mi Coronel, los corrimos mi Coronel” - aun aturdida vio el cuerpo ensangrentado del que la había querido violentar, el otro no estaba, la puerta de la calle abierta, la perra rengueando, todo revuelto...

- Abuelo: ¿qué pasó? ¿Qué pasó con los tipos?L

a cara de Bonifacio aflojó la tensión, los ojos retomaron la mirada dulce y pacífica. Ella se dio cuenta que estaba otra vez en el presente, con ella.

- Que le pasó m´hijita, ¿se cayó? - la voz era calma - todo esta desordenado... ¿y ese quien es?

La nieta no entendría nunca ese quiebre del tiempo. Vio al abuelo agitado, con hematomas en la cara y las manos ensangrentadas. Le arregló la ropa, lo ayudó a ir al baño y a lavarse, llamó a la policía y luego se sentaron en el patio. Preparó un tesito de tilo para los dos, para tranquilizarse - en realidad ella era la que lo precisaba, porque Don Bonifacio ya estaba tranquilo - acariciaba su perra y le preguntaba:

- ¿Qué le pasó Negrita, que esta renga? ¿otra vez se peleó con sus vecinos? ¡que perrita sabandija caramba! y con cariñosas palmaditas suaves le quitaba el dolor al animal que, complacido, echándose al piso le ofreció su panza a las rasquiñas.

La nieta no se animaba a preguntar. Le parecía imposible que el abuelo solo... no lo podía entender, después del golpe no recordaba nada. Cuando juntó valor le dijo suavemente:

- Abuelito: ¿que pasó en la casa?.El hombre miró a la nieta asombrado, y le contestó preguntando:

- ¿En la casa...qué pasó en la casa?. Sabe m´hija, estuve pensando, no sé si fue un sueño, pero me parece que al final salvé a mi Coronel Chiquito Saravia. ¿Lo pude salvar?, ¡que lástima que estoy tan viejo que los recuerdos se me entreveran!... que rico está el té m´hijita.

sábado, noviembre 18, 2006

Posted by Picasa El Cabo Antelo y el lobizón


De todo el destacamento, el Cabo Nicanor Antelo era el más corajudo, instruido - dentro de sus posibilidades- obediente y respetuoso de las leyes, de sus superiores y de la gente.

De hogar muy humilde y corazón grande, siempre fue el primero para ofrecerse cuando se precisaba de una mano amiga, el primer comedido en cumplir ordenes temerarias y le sobraban ganas de servir a su patria aun a riesgo de su vida si la situación lo exigía, por eso la gente del lugar lo apreciaba, sus compañeros de armas lo querían y respetaban.

Eso si, era muy, pero muy supersticioso.

Ese Viernes 13 de marzo llegó a la villa el Coronel Gabriel Pereira de gira de reconocimiento por los parajes mas apartados de la joven Republica.

Luego de las inspecciones de rigor, los recibimientos, trabajos e intercambios profesionales, se dio orden de descanso y como bienvenida la oficialidad brindó al destacado visitante una comida tradicional: asado con cuero, chorizos, morcillas, acompañados de buenas ensaladas y postres caseros. Fue tanto, que pese a que todos comieron a voluntad terminó sobrando.

Ese día especial no falto vino a discreción para los solados y para la Oficialidad tenian reservado ron cubano en un barril grande traído desde el puerto, parte de una gran importación reciente y donado por el acomodado importador a los jerarcas militares.

El barril los acompañaba desde el inicio de la gira de inspección celosamente guardado por la guardia personal del Coronel y conservaba unos cuantos litros en sus entrañas de roble gracias a la estricta orden de: "Para la Oficialidad", bien cumplida.

Cuando los alcoholes hicieron efecto, comenzaron las conversaciones de motivos variados, derivando los cuentos hacia anécdotas personales y así, de a poco, ayudados por día y fecha tan especiales, terminaron refiriendo innumerables historias de aparecidos, vampiros y lobizones.

Al cabo Nicanor Antelo estaba entre el personal de servicio esa noche
- por lo que no pudía degustar nada alcohólico - y como su puesto de guardia quedaba cerca del fogón de la Oficialidad sin quererlo escuchaba - de mala gana - los cuentos del mas allá.

Tenia la piel de gallina y le parecía ver sombras moviéndose entre los chircales.Una de las tantas historias versaba sobre la vida del Doctor del pueblo, José Ignacio Palermo Mació, viejo vecino del lugar, conocido por todos y curiosamente séptimo hijo varón de diez hermanos. La niña tan esperada nunca llego a esa casa

"¡Séptimo hijo varón! seguro es lobizón" penso Nicanor que conocía al médico desde siempre - habia asistido su propio nacimiento - pero desconocia ese detalle fatídico. "Seguro lobizón" pensaba nervioso.

Cuando todos dormían y sólo el personal de guardia se mantenía alerta, un gran mastín marrón que había acompañado una de las tropillas de las estancias se acerco al fogón atraído por el olor a restos del asado.

Apareció por el costado de las casas del comedor de Oficiales justo cuando el Cabo Antelo pasaba caminando por el lugar.

Al perro hambriento el olor a carne asada le llenaba la boca de saliva, haciendole colgar baba de las mandíbulas. Al ver al hombre el mastín quedo quietito, moviendo el rabo.

A la luz del fogón a Antelo le pareció que los ojos del animal eran rojos y ese tamaño de perro no lo tenia visto en la villa, era tal el susto que lo veía mucho mas grande, como un ternero. Temblaba, seguro de estar frente a un lobizón.

"¡El doctor de seguro es el doctor transformado! - penso enseguida porque era viernes 13 y noche de luna llena - ¡justo a él le tenia que pasar!"

Un frío le corría por la espalda y quedo de inicio petrificado por el horror, luego su instinto militar lo hizo reaccionar y preparo la carabina para disparar, pero desistió del intento pensando en el galeno.

Y entonces juntando coraje de la nada, decidido, pese a su desesperacioón se paro firme y mirando al mastín con el dedo crispado en el gatillo dijo:

"¡No me comprometa, Dotor Palermo, le ruego no me comprometa, por favor Señor Dotor!"

viernes, noviembre 17, 2006

Posted by Picasa El caso del robo al almacen de ramos generales de Don Andrógino Pereira


- ¡Dejenmeló, dejenmeló!, gritaba Hectorvides Gaetán mientras avanzaba intentando agarrar al desgraciado que había robado el almacén de Don Andrógino.

El pueblo estaba alborotado porque era el mayor comercio del pago y su dueño un hombre “pesado”, con muchas influencias policiales y políticas. En el hurto había desaparecido mucha mercadería y una pequeña fortuna en efectivo. El propietario creía tener todo bien escondido, pero el ladrón supo donde buscar rápidamente, por lo que estaba claro que el robo había sido vendido.

- ¡Dejenmeló, dejenmeló! – seguía gritando desesperado Hectorvides entre la gente - ¡Quiero agarrar ese ladrón y terminar de una vez con esto carajo! - pero el tumulto no le permitía avanzar.

En realidad nadie se lamentaba por Don Andrógino, porque el hombre no era querido. Tenía sus cosas. Tipo arrogante, nunca hacía favores al pobrerío pese a su fortuna y era el principal sospechoso en un intento de abuso sexual a una niña, asunto acontencido poco tiempo atrás, cuando aprovechando que no era del pago y andaba perdida buscando a su familia, la intentó engatusar con promesas de ayuda. La intención del viejo era violentarla, pero la cosa no había pasado a mayores porque al anochecer un viajante llegó al negocio inesperadamente y vio como el degenerado la estaba manoseando y ella se defendía como podía. Su aparición evitó lo peor. En el entrevero la chica salió corriendo y no la volvieron a ver. Nadie supo como, pero desapareció del pueblo. El vendedor comentó lo sucedido a un par de amigos, y al otro día el pueblo entero estaba enterado, así, aunque los contactos de Don Andrógino lograron tapar rápidamente el asunto, un olor a podrido quedo rondando al acusado.

- ¡Dejenmeló carajo, dejenmeló! este va a saber lo que es bueno, seguía vociferando Gaetán avanzando a los codazos entre la gente rumbo al galpón en el que se había atrincherado el ladrón.

Estaba lleno de curiosos pero nadie intervenía, solo vigilaban tratando de evitar que el malviviente escapara aprovechando la noche especialmente oscura. Preferían esperar la brigada policial que volvía de un procedimiento en Pueblo del Chircal, a unos cuarenta quilómetros, porque sabían que el caco tenía un físico nada despreciable – lo habían visto al seguirlo, era un mulato desconocido, joven, granadote y fornido, con dedos gruesos que convertían sus puños en verdaderas mazas que solo con mirarlas imprimían respeto. Y se debía tener en cuenta que seguramente estaba armado y al saberse acorralado mas alterado y peligroso todavía. Pero nada de esto amedrentaba a Hectorvides Gaetan, que enojado y lleno de coraje avanzaba a los empujones entre el gentío.

Varios vecinos comentaban: ¿Tanto valor el Hectorvides?, no se lo conocíamos... el tipo está haciendo méritos para congraciarse con el Sr. Pereira, quien sabe lo que le va a pedir al viejo después. Si sale vivo de esta, claro.

- ¡Que hombre, por Dios!, dejó escapar en un suspiro Mirtha Vermellón, que con sus casi cuarenta años no había conseguido un hombre que la pudiera soportar, mientras miraba fijamente al envalentonado vengador avanzando al galpón. ¡Que valor, mire como se arriesga!, ¡que hombre, por Dios.!

- ¡Me quitó las palabras de la boca, Mirthita!, le respondió Katia Insorbide, vecina del lugar - divorciada de 42 años y en permanente período de caza- mientras se secaba nerviosa la frente cuidando no se le corriera la pintura de los ojos. Ella también se lo comía con la mirada viéndolo arremeter entre el gentío. - ¡Con lo escasos que están los hombres así hoy día, m´hija!, ¡que Gaetán este, Virgen Maria!.

- ¡Dejenmeló, no se metan, dejenmeló!, seguía repitiendo como poseido Hectovides, hasta que logró pasar entre la multitud y llegar a la puerta del galpón. Antes de entrar se dio vuelta y mirando fíjamente a la gente dijo:

- ¡La cosa es seria!, ¡no intenten acercarse, no quiero que naides salga herido!, me sobran huevos y experiencia para solucionar este problema yo solo. Si quieren ayudar quedense alumbrando bien las puertas y las ventanas del frente, no sea cosa que este hijo de puta se nos vaya. ¡Hectorvides Gaetán no precisa polecía ninguno pa lidear con un malandro! y luego de gritar esa sentencia entró decidido.

- ¡Pero puede ser posible que nadie ayude al muchacho p´agarrar ese bandido! gritaba desesperada doña Ernestina Catalán – eterna amiga “secreta” del poderoso, al que nunca pudo casorear en todos esos años – y la única que sabia bien todo lo que el avaro tenia escondido, bienes que en parte consideraba también suyos como retribución a los servicios prestados. Nadie la escuchó.

Nadie quería escucharla. A nadie le interesaba realmente escucharla. Incluso a ella no le interesaba demasiado el asunto, pensaba que le estaría por pedir ese tipo a “su” Andrógino cuando recuperaran las cosas robadas y no veía con buenos ojos tanta valentía, pero tenia que hacerse sentir, por aquello de los comentarios.

Cuando el valiente desapareció por el portón se hizo un silencio impresionante solo roto por el ladrido de los perros alborotados por el tumulto. El gentío esperaba ansioso los acontecimientos. Muchos temían lo peor.

Se sintieron dos tiros y con un movimiento reflejo, todos se tiraron al piso. Casi no respiraban.Ya lo daban por muerto. Los segundos parecían horas. El nerviosismo aumentó al máximo.

Los hombres pensaban en lo inteligentes que habían sido al quedarse afuera de todo ese relajo y las mujeres estaban realmente asustadas y algunas muy excitadas.

Todos sufrían el calor de la noche veraniega, pero se mantenían pecho a tierra, atentos, mirando fijamente las puertas y ventanas iluminadas como Gaetán les solicitara.

Se sintió otro tiro, de un arma de mayor calibre. La tensión llegó a limites insospechados. Dos viejitas se desmayaron. La espera se hacia insoportable. Todos contenían el aliento.

- ¡Rápido, donde estás carajo! – preguntó susurrando Hectorvides en la oscuridad. Desde las sombras la voz del Negro lo guió:

- Acá en el fondo, seguí derecho, tas cerca, vas bien. Sentados en el suelo, espalda contra espalda, hablaban bajito.

- ¿Y los milicos?

- Siguen fuera del pueblo, pero están volviendo, hay que apurarse. Estos curiosos de mierda no me dejaban pasar y perdimos tiempo. Decime che, ¿qué hiciste para que se viniera toda la gente?, si el asunto estaba bien planeado. ¿Te costó encontrar las cosas?

- No, tu sobrina nos pasó los datos bien de bien, pero la vieja Ernestina me vio cuando ya me iba por el fondo y la muy hija de puta se puso a gritar como loca, armó terrible quilombo, no me dio tiempo a rajar, a gatas pude llegar aquí. Y todos me vieron, quedé quemado con todo el mundo

- ¡Ta bueno, no pasa nada, nadie mas nos va a ver! - dijo Hectorvides y disparó dos tiros al aire - van a pensar que nos estamos matando entre nosotros y del cagaso ni se mueven. Vámonos rápido por atrás que tengo los caballos prontos y allí no hay nadie, todos los bobetas están en el frente. Buscamos la nena, cargamos el camión y que se vayan todos a la reputísima madre que los parió. Cuando se aviven, estaremos lejos.
Antes de salir le dijo al Negro:

- Tirá un escopetazo ahora para que estos maricones se queden quietos, y no te preocupés, dejalos nomás que nos busquen, así va a pagar los manoseos ese viejo de mierda. Suerte que la gurisa se acordó de donde sacaba las cosas para convencerla ese mal parido.

La noche fue cómplice fiel, duando los milicos llegaron medio pueblo estaba de barriga en el suelo mirando el galpón y varios ya se habían dormido, porque entre el calor de la noche, una brisita fresca que se levantó, y los nervios gastados...

domingo, septiembre 10, 2006

Mae Matilda.





Alli está la Mae, tendida en el piso del terreiro presa de convulsiones espasmódicas con la ropa empapada en sudor pegada al cuerpo semidesnudo, los brazos cual víboras reptando con sus largas y cuidadas uñas rasgando el aire, mientras balancea sensualmente sus generosas caderas atrás y adelante, atrás y adelante, cual si estuviese haciendo el amor con alguien invisible. De pronto, girando bruscamente se pone de pié continuando una danza ritual agachándose, elevándose, agachándose, saltando, dando vueltas permanentes como en un remolino mágico de pasiones, olores, colores y sonidos que no quieren detenerse, mientras el ritmo de los tambores va aumentando, se hace cada vez más y más penetrante, más y más rápido, más y más fuerte, contagiando a todos los presentes que miran, acompañan y van siendo seducidos por el ritmo que crece, crece, crece y bruscamente se detiene. El silencio invade el recinto, se puede sentir la respiracion jadeante de los fieles, las moscas volando, el ronroneo repetitivo de los ventiladores que solo movilizan aire caliente.





Mae Matilda cierra fuertemente los párpados, sube y baja las cejas, es poseida por un temblor nervioso generalizado y dejando caer hacia atrás la cabeza, con la nariz fruncida abre ostentosamente la boca chillando como animal herido, emitiendo sonidos guturales y hablando con una voz que no es la suya, una voz grave que no se corresponde con sus rasgos hermosos de morena, con esas perfectas piernas largas que parecen sin fin, brillosas y provocadoras, disfrute de los ojos masculinos. Es la voz del espíritu que la ha poseído. El momento ha llegado.





La piel de los creyentes se eriza, los asustados asistentes casi no parpadean al verla entrar nuevamente en un estado de sopor cayendo entre las velas balbuceante, cansada, respirando profundamente y marcando más los pechos firmes de pezones erguidos bajo de la blanca bata del ritual, enrojecida por la sangre del animal sacrificado. En ese momento Matilda entra en trance nuevamente.



Las ofrendas están efectuadas, el gallo negro degollado es un bulto de plumas sangrientas junto a los granos y el tabaco. Las velas encendidas de múltiples tamaños y colores dan una luminosidad irreal a la macumba, donde el olor a humo, transpiración e incienso se mezclan al de tabaco y ron que la Mae escupió al fuego.





El "trabajo" sé esta llevando a cabo según se lo han pedido: hacerle una "limpia" a la Teresa, porque las cosas no le están yendo bien a esa creyente y la culpa es de su hombre, Carliño, de quien hay pocas cosas buenas que decir. Pero este "trabajo" es muy difícil, porque lo que Teresa no sabe es que la Mae desde hace tiempo es amante de Carliño ni que el plan que esta preparando la incluye especialmente, que es un trabajo diabólicamente especial, un trabajo de macumba negra, preparado a la medida, a su medida.





Mae Matilda goza mucho con ese muchacho menor que ella y que maneja a su antojo, dando rienda suelta a sus más extrañas ocurrencias sexuales. Ella de muy niña fue vendida a un camionero y fue mujer antes de cumplir once años. Por alguna razón desconocida nunca se embarazó. Su vida fue muy dura hasta que entendió el poder de los Orixás y aprendió todo los secretos del culto. Pasó a ser respetada y temida. Después pudo hacer las cosas que siempre había deseado y acostarse con quien ella quisiera. Ahora quería ese hombre y ya no deseaba compartirlo, lo quería para ella sola, se sabía con el poder para borrarlo de la vida de Teresa y lo usaría. Ella bien conocía que la moralidad de Carliño no había sido definida en sus 22 años de agitada, miserable y prácticamente analfabeta vida, iniciada en la dureza de una villa miseria, periferia de la ciudad, de donde sus padres, gente de la frontera, llegaron a la metrópoli tratando de escapar de la pobreza pero sin poder hacerlo honradamente. El padre murió a los pocos años, acuchillado en una discusión entre borrachos y su madre tuvo que ir obligada a “hacer la calle” porque no había ningún trabajo para mujer pobre, con hijo pequeño y sin oficio. Y tenía que criarlo. De grande y bien en copas, decía siempre a los presentes que él era un real hijo de puta, pero de puta obligada, que no es lo mismo. Lo fue por poco tiempo. La droga que la ayudaba a soportar su calvario, los estragos de las enfermedades venéreas y la triste vida que el destino le marcó, sentenciaron una vida breve. Al fin Carliño niño quedó solo, la calle fue su escuela, no tuvo quien le enseñara los limites correctos entre lo justo y lo injusto, entre lo legal y lo ilegal, entre el amor y el deseo animal, casi puro, simple, desinhibido, práctico. El mundo primero lo segregó, luego lo humilló y por fin lo olvidó. Él tuvo que hacerse recordar a golpes. Así creció.





A su manera él quiere a Teresa, pero no tiene problemas en transar a cuanta mujer se le insinúe, porque siempre puede, siempre está a la orden, su virilidad es natural, espontánea, incuestionable, pero con Teresa... es diferente. Hasta la primera vez con ella, que fue la primera vez de ella - y él lo sabia - fue muy tierno, algo poco esperado con sus antecedentes. Con ella siempre era tierno. Con ella siempre había sido feliz. Con ella se sentía necesario y querido. Hasta él mismo se asombraba, no estaba acostumbrado a que la vida siquiera le insinuara una sonrisa, porque desde que tenia memoria la vida había tenido para él la cara seria, casi de asco, una cara de culo permanente. Así lo sintió siempre al ver su padre borracho y vencido y después a su madre prostituida. Él era un niño de la calle que había logrado sobrevivir en esa jungla.





Con la Mae todo era diferente, ni mejor ni peor, eran cosas distintas. Ella lo poseía, lo hipnotizaba, lo hacia tener sensaciones increíbles, lo azuzaba, gustaba de su violencia, era una hembra todo deseo, acción y placer sin límites, que desconocía las palabras "prohibido" o "vergüenza". Muchas veces en el propio terreiro se le entregaba, cosa que parecía excitarla mas: A él esto lo cohibía un poco, no le agradaba tener sexo entre imágenes de santos afroamericanos y en un lugar de culto. Pero igual la complacía.





Esa noche Carliño también estaba observando la macumba. Desconocía los motivos y los encargos, pero siempre le fascinaba ver a la Mae en acción, que era lo que le interesaba, porque no creía en nada. Pero en el Terreiro su vinculación con una principal - conocida por la mayoría, menos por Teresa - le permitía disponer de caña a discreción, comida, techo, ver a la gente tenerle una mezcla de miedo con respeto y como postre exquisito, todo el placer que ese cuerpo voluptuoso le daba. Además generalmente luego de un “trabajo” como este, se le entregaba con inusitada violencia y a él que siempre le había faltado todo lo fundamental, no le importaba tener que soportar las estupideces del culto. Para él eso era el paraíso en la tierra y verla en los rituales le gustaba, lo excitaba.





Le llamó la atención ver a Teresa entre los asistentes, no era común que participara, pese a ser creyente, porque siempre llegaba cansada de hacer limpiezas en casa de ricos y después en el rancho, lavaba "para afuera" juntando un dinero para sobrevivir, que Carliño no traía. Agotada, siempre se acostaba temprano, no sin antes hacerle saber su amor entregándose a él o con simples gestos, caricias o palabras tiernas. El sexo con ella era distinto, era un remanso, era frescura, era su paz. Ella era la paz que había buscado tanto.





Teresa amaba ese hombre, confiaba en él, lo precisaba, le tenía fé, nunca cuestionó sus salidas nocturnas a los trabajos que inventaba, ni prestaba atención a los chismes de sus andanzas con otras mujeres. No los creía. Pero eran tantas las insidias que al final la entristecieron y sin decir nada, callada, llevaba su cruz en silencio. Estaba convencida que le habían hecho un “trabajo” negativo al Carliño y ella lo salvaría, no iba a dejar que se lo sacaran, fue por eso que consultó a Mae Matilda, su amiga y como de la familia, casi una tía. Jamás pudo sospechar nada.





Pae Orexis, la mayor autoridad del Terreiro, hacía tiempo que sospechaba que no se cumplían las normas de respeto que se debían a sus santos. El espíritu que lo posesionaba le recriminaba esos desprecios y acusaba a Mae Matilda de todo. Le ordenaba que él, el Pae, la hiciera cumplir los cultos, la penalizara. Era imposible, la deseaba desde siempre. Tuvieron sus cosas al iniciarla en la macumba, cuando le enseñó todo lo que sabia del culto y desde entonces jamás la olvido. Por el contrario, cada día estaba más apasionado por esa mujer, pero desde que ese otro apareció en sus vidas, ella lo rechazaba. Y por eso lo odiaba, y también le temía, sabedor de los antecedentes del sujeto. Pero esa noche su odio a Carliño comenzó a transformarse en odio hacia la Mae porque un Pae no debería ser despreciado de esa forma, menos aún por un aprendíz. Eso no debería pasar y si pasaba seguramente era por la posesión de un espíritu oscuro, quizás encarnado en el Carliño... ¡eso tenía que ser! y estaba en sus poderes devolverla al bien a cualquier costo. Pensaba y pensaba. Con cada trago de caña y cada pitada de charuto esa convicción crecía en su corazón: ella debía estar poseída por el demonio y era su obligación salvarla para tenerla nuevamente. ¡El demonio estaba allí, frente a él, encarnado en hombre!, ¿cómo no lo entendió antes?. Buscando fuerzas fumó un cigarro de maconia y apuró otro trago de caña blanca. Con las ideas convertidas en huracán en su cabeza, vistió sus ropas ceremoniales y fue caminando hacia el terreiro. Tenia una convicción muy clara: utilizaría todos sus poderes, aniquilaría el espíritu que la dominaba y a la vez liberaría al humano del demonio. Ya liberada, sería nuevamente solo para él. Era la mayor lucha de su historia como Pae. Se enfrentaría al propio señor de las tinieblas. Tomó otro trago, pitó con fuerza y se alejó entre una nube de humo apurando el paso.






La Mae no lograba razonar coherentemente. Estaba muy mareada por los alocados movimientos, el alcohol y el ambiente opresivo del terreiro y comenzó a desvanecerse. Teresa intuyó que Matilda se iba a caer y era peligroso por las velas prendidas y sin pensarlo se levantó de un salto corriendo hacia su amiga, con tanta mala suerte que resbaló en la cera de las velas y fue como patinando hacia la Mae, intentando guardar el equilibrio. Casi desmayada, Matilda alcanzó a ver una aparición increible: la Diosa Iemansha se deslizaba sobre la aguas alli, junto a ella, acercándose. La vio hermosa, perfecta, flotando sobre el manso mar que la cobijaba con cariño. Una radiante luz salía de todo su contorno iluminando la lóbrega sala de oración y encandilándola. La sabia imparable, ella nada podia hacer contra esa reina, salvo rendirse a sus pies. Porque su secreto más escondido era que jamás había creido en lo que hacia, actuaba simplemente porque el poder le agradaba, por el placer de ser respetada. Por eso jamás pensaba poder ver -ella, una descreida - a Iemansha. Pero alli estaba, no era otra cosa que una señal divina y de alli en más su vida cambiaria. No seria nunca más falsa a los dioses, ¡nunca más!. Fue tanta la emoción que cayó desmayada a los pies de su diosa reivindicadora.




El pae Orexis entró velozmente al templo umbandista, empujando los feligreses. Una de ellos caminaba resbalando hacia las ofrendas chapoteando en el agua derramada en el suelo. Parecía que la Mae quería agarrarla o que la estaba llamando porque hacia ella se dirigía. Con su experiencia, el hombre se dio cuenta que la Mae intentaba agarrarla seguramente para poseerla y él no iba a permitir que en su templo un Dios del mal hiciera culto. Sin detenerse se avalanzó sobre su poseida Matilda con la intención de que no atacara a la muchacha y santificarla para quitarle el mál de su interior. Cuando se lanzo hacia ella, esta cayó al suelo aparatosamente, desmayada. Los ciento veinte quilos del Pae no le permitieron frenar en su embestida y resbalando en la cera siguió su camino en el medio del terreiro desparramando velas prendidas, cera derretida, el gallo degollado, terminando los dos abrazados contra el altar que voló por los aires generando una lluvia de plumas, santos y polvo sobre todos lo presentes que seguían los acontecimientos danzando inmersos en una especie de trance. Practicamente nadie tenia clara noción de lo que estaba sucediendo menos Carliño, que preparado en estos entreveros desde hacía rato sospechaba de los bailes y las entonaciones de la sacerdotisa mirando maliciosamente a "su" Teresa. Por eso logro tomarla de la cintura y salir del tempo reculando entre los creyentes. No vió el descenlace de la intervención del Pae, pero escuchó clarito el estruendo.



La brúsca aparición del Orexis, el desmayo de la Mae y el desbarajuste que siguió a dichos acontecimientos contagiaron a muchos de los presentes que se babeaban, convulsivaban o se desmayaban completamente poseidos por el momento, mientras la mayoría seguía bailando frenéticamente al ritmo de los tambores que jamás dejaron de sonar.




Ya lejos del terreiro, Carliño miró la cara de Teresa, que estaba adormilada y no decia palabra. La vio agotada y frágil, volvió a sentir esa sencación especial que solo con ella aparecía. Pensó: "Y si, demasiada emoción en una sola noche para alguien que trabajó todo el día sin parar". El había intuído las intenciones de Matilda y no le habian gustado. Juro no volver más a ese terreiro. Desde ese día algo cambió en su interior porque a la mañana siguiente se asombro a si mismo al descubrir que estaba pensando en la posibilidad de buscar un empleo...




Mae Matilda se hizo inseparable de Pae Orexis, no era quien para desobedecer las ordenes de su diosa Iemansha. Cuando contó la vision a quien fue su marido oficial - sin papeles - de alli en más, este le decia que estaba bendecida por la diosa, porque eran muy pocos lo que habia podido verla personalmente. Con su ayuda habia podido quitar su cuerpo al demonio que la había poseido y ahora si serían felices llevando a su rebaño por el camino de los dioses africanos. Fieles no faltarían, gracias a la pobreza, la falta de trabajo y la esperanza que nunca muere.

La paradoja






En el pueblo la pobre anciana Doña Maria era muy querida y apreciada.

Su amor por los animales se destacaba entre las otras muchas virtudes.

Aniceto Mendez era uno de los mas sabandijas del villorio, conocido por sus bromas y permanentes tomadas de pelo, algunas tan pesadas que le habían costado mas de un problema serio.

Aniceto, que le tenia mucho cariño a la viejita, al verla llegar con su gato viejo en los brazos no se contuvo de preguntar:

“¿Que le pasa Doña Maria que la veo tan triste?”

"Es el gatito, m´hijito, que el veterinario dice no hay nada que hacer, que se me muere nomás, esta muy viejito.”

Aniceto tuvo una idea inmediata y los ojos se le iluminaron.

“¿Y ya probo con la paradoja.? – le pregunto a la abuela -

“¿Que es eso de la paradoja m´hijito?”

“La paradoja abuela, la paradoja, cuando algo sale justo al revés de lo que se piensa. Mire, usté le dice al gato tres nombres de los tipos mas malos del pueblo y el bicho, paradojalmente, se pone bueno, porque esos personajes tan jodidos le asustan los malos humores, ¿entendió?”

“¿Y será que eso funciona.?” - pregunto desconfiada Doña Maria, conocedora de los antecedentes de Aniceto.

“Uste pruebe y después me dice” - respondió seguro.

Unos días después se encuentraron en la plaza del pueblo y la viejita venia sola y apesadumbrada.

“Doña Maria, ¿como están las cosas? – y la pregunta de cajón – ¿Y el gato?.”

“Se me murió, m´hijito, se me murió.”

“¿Pero usted le mentó los tres malos como le dije?”

“Si, yo lo hice, pero se me murió igual Anicetito.”

“Pero Doña Maria que raro....y a quienes le menciono si se puede saber”

“Y yo le mencione al Turco Abdul, al Pirincho Benavidez y al Judio Isaac, m´hijo”

“¿A esos tres...? con razón abuelita, pobre animalito como no se va a morir, vea.”

“¿Por que me lo dices Aniceto?”

“¡Porque lo pasó de dosis, abuela...!”

Juntando fuerzas pa decirlo.






Campo, campo y mas lejos, campo.

Solitario junto a una pequeña isla de agua en ese mar verde de llanura sudamericana, mientras la yegua saciaba la sed, Clementino Barragán pensaba.

La laguna con su agua transparente, permitía ver los peces nadando en lo profundo y una tararíra dormitando en el agua calentita de la orilla.

Natura había hecho nacer un sauce llorón de grueso tronco y larga cabellera verde que al dejarse seducir por la brisa, bailaba haciéndole cosquillas al espejo de agua.

Poco mas lejos dos viejos ceibos coronados de rojo le conversaban de pasiones secretas, de cosas de sangre.

Las flores amarillas de las siemprevivas sazonaban el verde cambiante de los pastos y aun mas lejos, otra isla líquida reflejaba el sol que se asomaba.

Los montes de eucaliptus plantados por el hombre delineaban potreros donde se adivinaba el ganado pastando mansamente como pequeños puntos a lo lejos, y mas cerca, tres hermosos potros galopaban revindicando su libertad, presos en inmensos calabozos limitados con alambres.

Dos tero-teros gritaban su atávica defensa cerca de él, buscando engañarlo con su alboroto y así alejarlo de la verdadera posición del nido.

Todo esto fue pasando por la mirada serena de Clementino.

Cambió la secuencia de sus pensamientos previendo que era engañoso ese frescor mañanero, seguramente cuando el sol estuviese mas alto, apretaría el calor, y le faltaba un trecho largo, debía seguir entonces.

La soledad, en vez de agobiarlo, lo alentaba. Se había acostumbrado tanto a ella, que le parecía una compañera a la que podía contar su secretos mas profundos.

Esa inquietud, ese miedo que venía cargando, parecía hacerse mas liviano porque lo compartía con ella, con la soledad, su compañera.

Descansado el animal y ya sin sed, el amo ajustó la montura, se subió al lomo noble y con una simple caricia en los costados inició el trote.

Faltaba demasiado pero para él era poco.

Necesitaba pensar mas y decidirse.

Necesitaba muchas mas leguas de silencio y días de soledad para atreverse.

Ya le habían dicho que María Ernestina también lo quería, pero era malo para encarar mujeres.

De tanta soledad acumulada, se le hacía difícil conversar con la gente y mas difícil aun lo que tenia que enfrentar cuando llegara a verla. Decirle, confesarle, cosa jodida para él.

En fin, cuando estuviera con ella y mirándola de frente, ya vería que tan hombre podía ser.


Por hay le venían las fuerzas que buscaba hacía tiempo y no tenía.


El suicidado




El cuarto esta tal cual lo dejamos anoche, nadie estuvo entonces después de nosotros, eso me tenia preocupada, solo vos rompes la monotonía que tengo tan vista. Y estas como te dejamos, en el piso, contra la cocina, sentado de piernas estiradas, la mano izquierda agarrando el cañón del 38, la derecha apretando las cachas blancas, con el índice apoyado en el gatillo... ¡que trabajo fue ponerte en esa posición para que todos quedaran convencidos!, vos parecías presentir algo, demoraste mas que nunca en empedarte, pero al final quedaste bien borracho como siempre, y pudimos hacerlo. ¡Estúpido!. ¿Nunca entendiste que no podía divorciarme de vos, que si me divorciaba me quedaba sin la tierra?. ¿Te creés que tu abuela igual me la heredaba?, teníamos que matarte para que yo enviudara, no teníamos otra, por eso hicimos lo que hicimos. ¡Pobre infeliz!, si pudieras ver como terminaste... con el pedo que tenias ni te diste cuenta que aquel te hizo “suicidarte”. A fin de cuentas resultó fácil y ahora tengo que venir a mirarte y a hacerme la llorona como si me importaras algo, si nunca me importante nada. Y este otro que viene a consolarme, como me gustaría gritarte: “¡Por qué no te morís vos también!” pero no se lo puedo decir y tengo que seguir la corriente, total nunca se podrán dar cuenta de que fue lo que realmente pasó aquí, no tienen como. Mira como quedaste, parecés un muñeco sin cuerda y la verdád que para un balazo en la boca te salió poca sangre. Sé que siempre te consideraron un loquito y sé que hablaban de mi, pero de donde van a sacar sospechas... por eso aquí me tenés entre todos haciéndome la dolorida. Manga de tarados, todos me tienen lástima... ¡busquen nomás, busquen!, lamento que aquel no este para mirar esto también, si todo nos salió perfecto. ¡Siempre fuiste tan tonto!. Si vieras tus ojos entreabiertos y esa mueca en la boca con un hilo de sangre. Esta vieja maldita me mira llorar y sospecha.Yo se bién que sospecha, pero miráme nomás, miráme... ¿que vas a poder probar vieja?, ¡nada! lástima no poder gritártelo en la cara!, ¡nada, nada podés probar!. Como hago para sacarme a estos de arriba, para que no molesten más, ya me incomoda verte así tanto tiempo. Pensar que casi largo la risa cuando hice todo ese teatro al recibir la noticia... ¡que novedad me daban!. Ya se: hago que me desmayo, caigo en la silla y que me saquen, ya aguanté suficiente. ¿Pero que hace aquel?. ¿Qué mirará el milico en la repisa de la estufa?. Las viejas me tapan y no me dejan ver lo que está mirando con tanto interés... quisiera poder decirles a todos que me dejen quieta, que a mi esto me tiene sin cuidado, que no me consuelen mas, déjenme quieta. Lo que miraba era una foto...¿qué foto tiene en la mano...? ¡pero esa foto no estaba allí ayer!... ¿o estaría y no me di cuenta...? me quiero morir, allí estamos los tres el día que fuimos a cazar capinchos y aquel tiene el 38 en la cintura, si se ven claritas las cachas blancas. Si el uniformado saca cuentas se complica... ¿cuando pusieron esa foto allí y quién la puso?. El tipo ahora esta mirando el revolver. Me parece que se va a avivar, me tengo que ir, me tengo que ir rápido. Vos eras demasiado abombado para hacer algo así... pero esa mueca en tu boca ahora parece una sonrisa, es como una sonrisa. Si, una sonrisa parece. ¿Estas sonriendo, porquería? Este milico me viene a hablar y aquel no está para ayudarme, qué hago, cómo zafo de esto, que le digo por Dios... ¿Porqué me estas sonriendo?, no te sonrías... ¿no me oís?, ¡no te sonrías... por favor, no te sonrías!.

El panteón



“Cielo nuboso, lluvias y tormentas probables, máxima de 12, mínima de 2, con
sensación térmica de 3 grados bajo cero. Vientos del este moderados, con
posibles rachas fuertes. Pronostico para las siguientes 24 horas: sin cambios.”

El informe meteorológico no era alentador.

El tordillo avanzaba a tranco lento, cansado. La jornada había empezado al amanecer y las sombras largas anunciaban la puesta del sol.
Efraín escuchaba la vieja Spika, que había sido de su padre y funcionaba desde las épocas del ruralista Chicotazo, allá por los cincuentas. Fue parte de la escasa herencia que aquel le pudo dejar. Esa radio, el rancho
de terrón en terreno invadido, unos pocos muebles viejos, cobijas y fogón a
leña. Pobres, siempre habían sido. Pero eso si, derechos. Muy derechos.
El viejo siempre decía que no tenia cosas materiales para dejarle, pero que lo que mas les quería heredar, era su ejemplo de decencia.

Su padre nunca supo cuanto le molestaban esos asuntos a Efraín.

Había sido decente de niño, de joven y de no tan joven, y siempre veía pasar
las bondades de la vida en las manos de los que no lo eran. Vio tamañas injusticias que le hicieron a su viejo, otras gentes que después lucraron con sus mentiras. Los derechos quedaron torcidos, los torcidos quedaron bien derechos.

- Seré pobre si, pero no imbécil. Y derecho, si conviene, se decía.

Por eso hacía tiempo que no respetaba esos asuntos de decencia.

Esa falta de los principios familiares le trajo algunos beneficios materiales, pero su foto figuraba en las comisarias del Departamento. Lo conocían bien a Efraín los uniformados. Lo conocían como contrabandista y ladrón de ganado, que eran sus mas destacadas cualidades, pero también tenia entradas por alteración del orden público, generalmente por polleras y caña brasilera entreveradas.

Lo que nadie sabia era que una vez, el pleito había seguido después del baile.

Estaban solos cuando se encontraron nuevamente con el Chango Barboza en el ceibal. El otro le dijo que ahora nadie los iba a separar, que se aprontara para recibir a la huesuda, que no era hombre de andar escapando a su destino, que iban a resolver sus discrepancias a punta de facón, y sin distingos.


Efrain sabia bien que el Chango era muy bueno con la faca. Bueno y fuerte.

Bueno, grande y fuerte. Muy fuerte Él a su lado era un enclenque.

Podía haber intentado salir del entrevero, pero la caña les pesaba a ambos y los pensamientos se hacían lentos. Solo el miedo iba calando hondo. Y esa
sensación de perdida de vida inminente, que le hacia nacer la necesidad
natural, ese reflejo arcaico, de sobrevivir a cualquier costo.

Entonces pensó en su padre, recordó lo de ser derecho, de la decencia, de la
importancia que aquel le daba a esos asuntos.

Y vio que el otro se le venía.

Barboza era grande, fuerte y diestro con la faca, pero tenia una borrachera
impresionante, y a él el susto prácticamente le había sacado el alcohol del
organismo. Ese era el lado flaco de Barboza. Lo vio venir, tropezar en la raíz
del ceibo y caer como una bolsa cerca suyo. Volvió a pensar en su padre, en
ser derecho, en la decencia. Y cuando el borracho comenzaba a enderezarse le metió la primer puñalada por la espalda. Y luego otra y otra sin lamentos. La sangre le calentó la mano. El dolor y la muerte que llegaba, por un momento dejaron lúcido a Barboza que, agonizante, le agarro el brazo y con los ojos muy abiertos, mirándolo fijo, antes de morir alcanzo a decirle:

- Cobarde, mataste a traición, no sós derecho, voy a volver para vengarme, hijo de... y la muerte no lo dejo terminar la frase. La boca quedo abierta, la mano como una garra no dejaba de apretar y los ojos seguían mirando fijo, muertos.


Efrain sintió que se le erizaban todos los pelos de la espalda hasta la nuca. No lamentaba haber matado al otro, se jugaba la vida en el asunto, pero las palabras del moribundo lo dejaron desequilibrado.

Le costó quitarse la mano muerta que porfiadamente le apretaba el brazo, pero lo logró con un gesto de asco. El cadáver hizo un ruido seco al caer entre sus piernas, y él instintivamente dio un salto atrás horrorizado.


Rápidamente lo escondió en lo tupido del monte, fue a las casas, trajo pala y pico y poco tiempo después el finado estaba metro y medio bajo tierra, en la cañada.

Nadie supo, nadie vio, nadie sintió nada.

Las palabras del muerto seguían sonando en su cabeza...”...voy a volver para vengarme, hijo de...”. Por varias noches vio la cara muerta mirándolo fijo, se le entreveraba con la de su padre que le repetía incansablemente lo de la
decencia, a veces se le aparecía el Chango en los sueños y le recriminaba con
la voz de su padre que no había sido derecho. Otras veces una calavera con
girones de carne podrida le agarraba el brazo y lo jaloneaba hacia la tierra,
pero la constante era que no podía dormir tranquilo nunca, y no eran pocas las veces que se despertaba gritando y todo transpirado.

En el pago todo había quedado por eso. Pensaron que Barboza se había ido al Brasil, en busca de trabajo zafral, como hacía a menudo. Ya volvería. Efrain
preventivamente se fue a tropeár a la cuarta sección por unos meses para
alejarse de posibles sospechas y problemas con los uniformados.

Así, la muerte a traición del Chango Barboza quedo impune, nadie se enteró. Solo él sabia la verdad, no había forma que alguien mas supiera.

El cielo gris oscuro, con tenebrosas nubes casi negras, advertía que faltaba
poco para un temporal de los grandes, confirmando en los hechos la previsión meteorológica. Volvía al pago. Había pasado suficiente tiempo.
Ya estaba cerca, solo le faltaba vadear el paso de Guichón, antes del bajío de Caillava y pasar por el ceibal. Luego, la ruta y poco mas adelante, su rancho.

Algo le molestaba y él sabía bien por qué. Ese era el ceibál de la traición, allí estaba enterrado el finadito. Pero no tenía como zafar, la cañada estaba crecida, no había otro paso.


Apagó la Spika y la guardó en un bolsillo envuelta en una bolsa de plástico. Comentó en voz alta:

- No se equivocaron los puebleros, se viene bruta tormenta. Y pensó:

- “Y yo ya estoy grande pa´fantasmas.”

Así que taloneando las verijas del tordillo, lo obligó a un trotecito mas apurado. El noble compañero respondió resoplando, ya cansado.

Cantidad de retorcidas raíces superficiales no les permitían rapidez, y aunque Efrain quería pasar ligero por ese ceibál, se vio obligado a aflojar las riendas y andar al paso. Ya estaba mas oscuro, un viento fuerte levantaba hojas secas haciéndolas revolotear cerca del hombre. Al pasar por las ramas desnudas de los ceibos el viento se quejaba y a cada racha se sentía un gemido largo y triste. Los pelos de la espalda se le empezaron a parar y un frío a recorrerle los brazos. Decidió arriesgarse a la revolcada y apuró al matungo nuevamente.

Las hojas sueltas le golpeaban el rostro, una rama se enredo en el poncho y sintió que le agarraban el brazo. Se soltó con desesperación, y mientras el viento soplaba mas fuerte, la voz del finado, como un quejido decía:
- VoolveeEEEeerr, voy a volveeeeeeeeeeerrrrrrr, voy
a veengaaaaaaarrrrrmmeee... Pasó cerca de la tumba,
y para entonces ya había obligado al caballo a un galope franco a puro golpe
de fusta. El corazón parecía salírsele del pecho.

Divisó a lo lejos la ruta, cuando comenzaban a caer las primeras gotas.

Sabia que a pocos kilómetros encontraría el panteón de los Galylmar-Godoy, estancieros que habían construido, muchos años atrás, un gran cuarto con techo de cúpula para enterrar sus muertos. Varias generaciones de estancieros estaban allí. El viejo panteón abandonado no tenia puerta, su hermosa reja de hierro forjado yacía entre el pasto semidestruida y herrumbrada y era común que los viajeros se resguardaran del mal tiempo en esas ruinas, porque el techo tozudamente resistía el paso del tiempo. Él no seria una excepción.

El miedo que le caló en el ceibal se estaba yendo y veía mas cerca el panteón donde se guarecería. Llegó, desmontó apurado, con un movimiento automático enredó la rienda al alambrado y corriendo se zampo adentro.
Llovía a cántaros. Lo había logrado. Suspiró profundo.

Cuando comenzaba a relajar tensiones, una mano le apretó el brazo y del fondo del panteón la voz ronca, inhumana, infernal, del Chango Barboza le dijo:

- Te vi venir de lejos, y te estaba esperando, Efraín.

El Comisario Artigas le preguntó por quinta vez a Magdaleno Casal:

- Yo sé que este no era trigo limpio, pero: ¿cayó así seco, nomás?

- Le repito, mi comesario, lo vi venir, yo estaba adentro del panteón
cobijándome de la tormenta. Entró apurado, se paro en la puerta sacudiéndose el agua y mirando pa´fuera. Yo solo lo toqué y lo saludé, - lo conocía de tiempo - y el hombre quedo duro. Cayó al piso como fulminado, seco. Si, muerto sin discusión, mi comisario, tenia los ojos bien abiertos y la cara le quedó azul oscuro. La boca con una mueca bien extraña. Pobre, vendría enfermo el paisano sin saberlo, y con la corrida y el frío... quién le dice, uno nunca sabe cuando le va a tocar, mi comisario, reflexionaba en voz alta Magdaleno, arreglando en su bolsillo la Spika recién encontrada en el piso del panteón.

Bajo una lluvia torrencial los agentes llevaban rutinariamente el cuerpo del finado tapado con una cobija vieja a la furgoneta oficial. En el momento que lo ponían en la caja, un rayo cayo muy cerca, iluminando la noche cerrada, y el impresionante fragor del trueno hizo temblar la tierra. Nervioso, el tordillo escarceaba intentando soltarse del alambrado.

El Comisario comentó al Segundo a cargo:

- Ese cayo ahí nomás, cerquita, en el ceibál. Ta bravo el tiempo, che,
mejor apurate y vámonos pa´las casas.



A lomo de caballo





No vaya a creer que es fácil liar el cigarro en la montura.

Dejar que el caballo siga con su tranco y cargar la chala con tabaco, después arrollarla y ponerle una atadita. Por fin prender con fósforo brasilero - esos de palito . y seguir arreando tropa.

Pero no es difícil para aquellos que nacieron entre chircas, crecieron entreverados con las patas de los potros, engordaron a capón recién carneado y leche de apoyo casi tomada de la ubre.

El poncho patria es bien abrigado, pero el frío del invierno se da maña para colarse y en las tripas se siente. Y para eso esta el mate.

El mate compañero que calienta el garguero y ahuyenta el hambre.

De vez en cuando algún grito de orden a los perros para que corran a algún ternero que se atrasa, o una pequeña apretada a la ingles del zaino para dar una trotadita y enderezar la tropa dentro de la trilla.

Siempre con el termo bajo el brazo, el mate en la otra mano y las riendas enrredadas en la muñeca libre.

Siempre el pucho bailando en la boca, descansando en las comisuras.

Con suerte, no los agarra lluvia.

Con mas suerte, mañana el patrón manda carnear y cuadra asado. Vino no falta nunca en las casas, ni caña brasilera.

Son cinco los peones que van tropeando a fin de agosto. Son cinco que van juntos pero solos, cada uno rumeando sus asuntos.

Quizás algún día se den cuenta que no es un mandato divino el que tengan que estar siempre sometidos, ni que sus botijas pasen frío ni que las mujeres no consigan que hacer de comer día tras día, ni que el hambre y las privaciones deban ser consigna.

A lo mejor cuando llegue ese día, las cosas cambien.

Pero ahora a seguir que faltan muchas leguas para llegar a la estancia y si se demoran el patrón se encocora.

Y no son tiempos para perder el trabajo.