martes, diciembre 18, 2012

viernes, febrero 13, 2009


La cacería del borrego















Sandalio y Cleverito fueron los enviados para agenciarse la comida de mañana.



Plata no había, trabajo tampoco, asi que no tenían más remedio que aceptar la desinteresada colaboración del estanciero con un capón.



Por cierto además de desinteresada era desconocida por el terrateniente, que no le tenía compasión a nadie y era mas apretado que trenza de lazo. Pero como ni se iba a enterar, los amigos entendían que estaba, a su manera, sin saberlo, colaborando.



Para entonar el cuerpo – era pleno julio – tomaron un par de copas de caña y casi con devoción, comieron los últimos restos de mortadela de un par de días atrás con escasos pedazos de pan viejo.



Ya con el cuerpo en buen tono, aunque la misión no era difícil, estaban nerviosos. Por este motivo tomaron otro par de copas, ahora para entonar el espíritu. Ya no tenían nada con que acompañar el líquido.

Sandalio previo a la partida brindó por la suerte e invitó a “la del estribo”, a lo que Cleverito respondió positivamente, y dijo que de ninguna manera, que “la del estribo” la brindaba él.



Decidieron llevar la botella a la tarea y después ya no precisaron motivos. Dejaron de tomar cuando la botella de plástico transparente estaba seca.



Sandalio comenzó a buscar en la oscuridad el capón que con su sacrificio terminaría con el hambre de días. Las vistas las tenía extrañas, todo lo veía doble, se sentía liviano, le costaba mantenerse derecho. De todas formas avanzó adentrándose en el potrero.

Algo se movió a su izquierda.



Aunque la luna estaba grande y luminosa, no lograba definir bien lo que veía. Era un bulto grande al que se acercó despacio. No llegó a tocarlo porque la vaca, nerviosa, se levantó mugiendo y se alejó del extraño con un trote pesado. “Era ganado” pensó Sandalio, y mientras lo miraba alejarse se imaginaba montañas de tiras de asado, achuras varias, lomo, costillares y la boca se le llenó de saliva. Un dolor bárbaro en el estómago lo doblaba – “demasiada caña brasilera con el buche seco” pensó – y pensando en comida le dolía más.



Él solo no podía con una vaca y pensándolo bien en ese estado tampoco con un capón, pero un corderito – y estaban en época de parición – a un corderito no lo iba a perdonar, porque el hambre era demasiada.



Cleverito estaba en similares condiciones etílicas. Separado de él un par de cuadras también buscaba su sustento medio a tientas, esquivando las vacas.



Sandalio a poco de caminar vio las ovejas, la luz de la luna resaltaba la lana blanca. Se fue aproximando despacito. Varias habían parido, seguro por allí encontraba un cordero descuidado. Su marcha era irregular, daba bandasos y le costaba esquivar cualquier arbusto. Ni siquiera se acordó de las cruceras – víboras venenosas abundantes en esos pagos – él solo pensaba en la comida.



Y allí se le vino a dar.



Entre las rocas, bajo unas chircas vio un cordero negro abandonado. Pese a la borrachera se quedó quieto y de a poco fue sacándose el poncho. Cuando lo tuvo en las manos de un salto le cayó arriba al animalito y lo dejó envuelto. El bichito intentaba salir de su encierro desesperadamente pero no podía. Lo apretó para que no hiciera más ruido del necesario. Comenzó a llamar a Cleverito: “¡T´agarrado! ¡Vení loco! ¡T´agarrada la comida Cleverito, veni ché!”



El amigo llegó apurado y a los tropezones, muy ansioso. “¿Lo agarraste che Sandalio?”



“T´agarrao, aquí lo tenes preso en el poncho”



“¿Y como hacemos?”



“Pelá vos la faca y cuando yo lo suelte le agarrás el cogote y lo degollás, lo cueriamos y nos llevamos la comida pronta”.



“T´agarrado” dijo Cleverito y se quedó mirando fijo – todo lo fijo que podía – con el facón en la mano.



Sandalio buscó a tientas los bordes del poncho y avisó: “¿T´as pronto?” y cuando el otro le contestó afirmativo, lo abrió frente a Cleverito.



Había bastante luz, pero también bastante alcohol y mareo. Lo que vio Cleverito le pareció la cabeza del bicho y lo agarró sin asco. Cuado le iba a meter la puñalada fue que sintió un chorro de liquido que lo empapaba y allí entendió lo que pasaba. Ni alcanzó a mirar al cielo a ver si llovía, porque el ardor en los ojos lo cegaba. Y el impresionante olor vino a confirmar que el bestia de Sandalio se había equivocado.



En vez de cazar cordero vino a encontrar zorrillo y el otro al agarrarlo de la cola recibió directo en la cara los meados.



En cierta forma el pedo los ayudó a no hacerse demasiados problemas por el asunto. Cleverito quedó ciego tres días y a los dos peones los obligaron a bañarse cinco veces en la cañada, lavar toda la ropa con creolina y dejarla orear al viento varios días. El poncho no tuvo salvación, tuvieron que quemarlo.



Por una semana los dos durmieron a campo, porque la peonada no los dejaba entrar al galpón por la jedentera.




De vez en cuando se sentía decir a Cleverito, ya pasada la borrachera: “¿Así que t´agarrado Sandalio? ¿T´agarrado el borrego? ¡Mirá que sós borracho bruto y pelotudo, t´agarrado…¡ta que lo parió!”

jueves, enero 24, 2008


Don Jorge el especialista
(Dedicado a Susan y Jorge)


Don Jorge, italiano de nacimiento, uruguayo por adopción, hacía tiempo había abandonado sus artes de la tierra, herencia y educación de sus mayores. Al llegar a nuevos horizontes, luego de años de trabajo rudo y temporal, recaló en la construcción, iniciándose de peón, luego se convirtió en medio oficial y por fin en oficial finalista.

Pasaron algunos años y terminó por dedicarse a la fabricación de estufas a leña. Siempre había querido especializarse y esta era su especialidad. Siempre estaba al tanto de los últimos adelantos y él mismo confeccionaba los nuevos implementos.

En esto estaba cuando doña Susana lo mandó llamar por un problema con su estufa.

- Pase-pase don Jorge – la voz era imperativa – no les tenga miedo que son muy mimosos, los tengo mal enseñados
- No doña, si a mi me gustan mucho los perros – el hombre era cómplice en ese amor a las mascotas - ¿y que es lo que pasa?
- El humo, el humo. Prendo la estufa y al rato se me llena todo de humo ¿podrá arreglarlo?
- Vamos a ver, hay que investigar. Empecemos por lo básico. Usted a probado a apagarla y volverla a prender?
- No, la verdad que no.
- Vamos a hacerlo, es lo más fácil, en ocasiones se arregla sola. Permítame.

Así, ayudado por un balde de lata y una pala, el hombre quitó todas las brasas, luego dejo que se enfriara y procedió a volver a prenderla. En estos trámites pasaron mas de 45 minutos, y quedaron esperando los resultados, lo que permitió una larga charla entre el solterón y la viuda.

- ¿Un tesito, una limonada, don Jorge?
- Bueno, agradecido, con una limonada tenemos. Mire, ahora funciona perfectamente y no tira humo.
- Que cosa más rara señor Jorge, a mi me metía todo el humo para adentro.
- Bueno esas cosas pasan, ahora parece que está bien, así que cualquier cosa me vuelve a llamar doña, sin problemas.
- ¿Cuanto le debo?
- Por favor que me ofende, estamos para servir. Esa limonada estaba muy rica y lo agradezco. Con eso ya estoy pago.

A la semana se repitió el problema y volvió a llamarlo. No le gustaba demasiado depender de gente no conocida y menos cuando era un hombre, era una mujer acostumbrada a estar sola desde la muerte de su marido. La acompañaban solo sus mascotas.

- ¿Otra vez el humo señora?
- Se me llenó la casa, todo quedó impregnado don Jorge.
- Pero que cosa extraña, funcionaba tan bien y sin problemas. ¿Probó de apagar y volver a prender otra vez?
- Si, si, como usted me enseñó, lo hice dos veces pero no dio resultado.
- Bueno esto ya es más complicado, déjeme ver.

Revisó con cuidado cada ladrillo, el tiraje del hogar, tomo medidas de la boca de la estufa, de la profundidad, miro por dentro, subió al techo, valoró la chimenea, no encontró nada importante, quedó pensando. El viento, debe ser el viento. Bajó.

- Esta muy frío afuera don Jorge, y usted alla arriba. ¿No gusta un té caliente? tómese un descanso. La voz no denotaba sentimientos, solo deseo de servicio, el hombre respondió en el mismo tono, campechano.
- Y no le voy a decir que no señora Susana, le agradezco. Esta humedad me hace doler la espalda, ya no estoy joven para andar trepando techos.
- Bueno - dijo ella - tampoco es usted un ancianito.
- No, pero tampoco soy un jovencito.
- Es cierto, ya no somos jóvenes. No lo tome a mal.
- Faltaba más.

Y así siguió la charla, la hora era propicia y después del té, surgió la posibilidad de comer alguna otra cosita.

- ¿Gusta unas galletitas? Son caseras.
- Y no me niego, cuando la factura es tan buena tengo facilidad para el “si”. ¿Sabe que?, creo que el problema es que tiene poco tiraje, el viento se pone en contra y mete el humo. Vamos a hacerle lo que he llamado "veleta de humo".
- ¿Usted lo hace?
- Si, son “periféricos” de la estufa, yo los hago, yo los invento y yo los coloco.
- ¡No me diga! ¿Periféricos?
- Así les he puesto, porque son cosas que pongo por fuera de la estufa en sí. Este dispersor se trata de una especie de sombrero que cubre la boca de la chimenea, tiene un sector vertical que funciona como una veleta y todo esta sobre un rulemán viejo de auto. Cuando el viento sopla, el aparato gira y el hueco siempre queda protegido, nunca se mete el humo. Mañana me pongo a hacerlo - ya tomé las medidas - y en un par de días lo tiene puesto.
- ¡Que inteligente! Pero mire que no hay tanto apuro, usted también tiene que vivir con su familia, ahora viene el fin de semana.
- No señora, yo soy solo. Tengo todo el tiempo para mis cosas.
- ¿Ah... usted también vive solo?
- Si, doña Susana, fea cosa la soledad ¿no?
- Si fea cosa, bien dice. así lo quiere Dios. Por cierto ¿No será muy caro el dispersor ese?
- Precio para una amiga, doña Susana, y si no puede pagar, no importa.
Y la charla siguió por otras sendas, don Jorge volvió tarde a su casa. Unos días después apareció con el “periférico” pronto.

- Pase don Jorge, ya me extrañaba…
- Me lo imaginaba. Pero la demora fue por la dificultad de encontrar buena hojalata doña Susana, ¡pero mire que preciosidad!.
- Es que yo no entiendo nada de eso don Jorge, si usted dice...
- Claro que sí, ahora el tránsito del aire va a ser mejor, esto protege de interferencias y hace que la velocidad del humo aumente muchísimo. Subo y en un periquete lo tiene pronto, después me dirá.
- Quédese tranquilo, hágalo despacio y no se vaya a caer.

Una hora después el hombre había concluido su trabajo, bajó tosiendo.

- Disculpe la tosedera, señora, pero ando con el pecho apretado.
- ¿No gustaría un te con guaco?, tiene una tos fea.
- Le agradezco. Es el frío que mete el viento. Arriba sopla bastante y además como no dejo el cigarro...
- ¿Usted fuma? que raro, aquí nunca ha fumado.
- Fumo muy poco Doña y en su casa no fumo por respeto. Así me enseñaron de chico.
- Tal cual, ese respeto que hoy por hoy... – dijo ella moviendo la cabeza a los lados -
- Es como usted dice, son otros tiempos. – él también quedó moviendo la cabeza -

Doña Susana estaba empecinada en que el hombre se alimentara mejor.

- Ya se ha hecho tarde y usted vive lejos. ¿No quiere comer algo para el viaje?.
- No doña Susana, es muy tarde, tengo que caminar mucho y no quiero ponerla en gastos.
- Ningún gasto, estas croquetas quedaron del medio día, están muy ricas. Las pongo en una bolsita y se las lleva a su casa. Allí come tranquilo y no tiene que pensar en la cena.

La semana siguiente volvió a sonar el teléfono en la casa del especialista.

- Hola... Don Jorge?
- Si, dígame.
- Soy yo Don Jorge, Susana.
- Ah, Susana… perdón señora Susana, dígame.
- Esta bien Don Jorge, faltaba más, dígame Susana simplemente.
- Bueno, entonces usted también tutéeme, por favor.
- Bueno… don Jo… digo, Jorge, mire, ahora hay menos problemas pero no da tanto calor como antes, todavía tira un poquito de humo, pero ni comparación, la verdad.
- ¿Precisa que me de una vuelta?
- Y si fuera posible si, porque hace mucho frío y como pasado mañana es mi cumpleaños vienen unas tías y unas amigas. Se van a resfriar, gente vieja, gente friolenta.
- ¿Muchos?
- Si, son varias personas que llegarán.
- No, le pregunto por su edad, aunque ya se que esto no se pregunta a una mujer.
- Ah! eso nunca me ha preocupado. Ya llegamos a los 54. Y mire que no me quito nada
- Es una jovencita, yo estoy cerca de los sesenta ya, unos mesitos no más y los cumplo.
- Mire usted que bien los lleva, yo le daba menos.
- No se lo creo pero no importa. Bueno no puede pasar el cumpleaños con frío. Delo por hecho, mañana voy de tardecita.

- Feliz cumpleaños Susana, aquí tiene una botella de buen vino casero. Lo hago con mis propias viñas, espero que le guste.
- ¡Pero Jorge, no era necesario!
- Es un placer.
- Bueno, si insiste.
- Le digo Susana que ahora su problema ya no es por el viento, ahora parece ser que la subida se ha tapado con resina... ¿que madera quema?
- La verdad la más económica, la pensión no da para más. ¿Otro vasito de vino?.
- No gracias, no soy de mucho tomar. ¿Le ha gustado?
- Es muy rico, la verdad.
- Bien, de la madera le digo que ese es el problema, porque cuando son muy resinosas y algo verdes - aquí tengo un tronco y lo estoy viendo – le hacen mal a la estufa. Esto es como una enfermedad para la chimenea. La enfermedad entra sola, viene con la leña que compra, es una peste. Usted ni cuenta se da y cuando quiere acordar le hizo daño y se le tapa. Tiene que ver de comprar leña seca, de confianza, y mejor si mezcla rolos finos con alguna leña dura para que dure. Y mire el ladrillo. Cuando hicieron esta estufa no tuvieron en cuenta que había que hacer estas paredes con refractario.
- ¿Ladrillo refractario?
- Si, uno más clarito y duro que refleja el calor. Si no mejora la calefacción le hacemos el cambio, no sale muy caro porque hay que poner pocos ladrillos. Usted me dirá.
- Esta estufa tiene años y años, la hizo mi abuelo, quien sabe si en esa época existían esos ladrillos. Mire Jorge yo le tengo mucha confianza. Lo que usted diga. ¡Cállense caramba, Sultán, Príncipe! ¿Por que será que ladran tanto estos perros?
- Es que ha pasado la vaca de la vecina por el jardín de la casa – don Jorge miraba por la ventana del frente - se pusieron nerviosos.
- A mi no me hacen caso, los tengo muy consentidos.
- Déjeme a mí – dijo el hombre y con una voz ronca y medio aflautada, impropia para un italiano pero perfecta para un hombre de campo, dio la orden: ¡Camine a echarse cuzco lambeta! .

Ante el asombro de la mujer los perros quedaron quietitos y callados, como en misa. Enseguida se sintió en el mismo tono sonoramente: ¡Vaya p´afuera botonero viejo!" .

Los bichos desaparecieron por la puerta del fondo de cola entre las patas.

Doña Susana quedó evaluando la situación y después pensó: "Lo que es la voz de un hombre..." Hacía mucho que estaba sola, pero se estaba acostumbrando al tonito italiano de la conversa de Don Jorge y se sentía bien con la companía.

Un par de semanas mas tarde la chimenea estaba sin hollín y los nuevos ladrillos refractarios hacían que la vieja estufa diera un calorcito excelente por primera vez en su existencia. Ya los perros le saltaban mimosos cuando lo veían y respetaban su voz de mando.

Al terminar otra visita para asegurarse que todo estaba bien, saliendo de la casa se sacó la boina y le dijo tímidamente: “Cualquier cosa me avisa, Susana, ¿sabe? y el puchero que hizo hoy estaba riquísimo - sin desmerecer la lasaña del otro día, que le quedó de campeonato - hacía mucho que no comía tan sabroso.”
Ella le contestó comprensiva: “Es que un hombre solo no se cuida.”
Él asintió: “Y si, yo me arreglo con un churrasquito, algún huevo frito y ya está. Eso si, vino tinto no puede faltar, yo soy italiano, usted sabe.”
- Claro que sí, me alegra que le haya gustado la comida, quede tranquilo Jorge, quede tranquilo. Si tiene que volver haremos ravioles caseros, ya va a ver que bien me quedan, me lo enseño mi abuela, que era italiana como usted.
- Ah, pero si me lo pone así, seguro que vuelvo, ahora voy a cruzar los dedos para que la estufa tenga problemas.

La visita terminó con las risas de ambos.
Pocos días después sonó el picaporte en la casa de Susana. Era Jorge.

- Es que pasaba por el barrio y me dije: Vamos a preguntarle como va la estufa, no me ha llamado y tengo curiosidad. Por eso aquí me tiene.
- No se si viene por la estufa o por los ravioles prometidos.
- Bueno, para que mentir, un poco por cada cosa, la verdad. Y se puso colorado.
- La honestidad es una perla muy buscada, Jorge. Le cuento que la estufa va muy bien, nunca había dado tanto calor. Los perritos duermen patas arriba enfrente al fuego. Por cierto, mis tías estaban sudando aquí adentro, la pasamos muy bien.
- Bueno, me alegro muchísimo, vuelvo para mi casa entonces – mientras decía esto estrujó la boina con las manos y ella lo notó – cualquier cosa me llama, Susana. Que tenga buenos días.
- Así lo haré, no lo dude.

Pasada una semana más de soledad y muchas horas de pensamientos frente a una estufa que funcionaba perfectamente, Doña Susana terminó de estirar la masa de ravioles en la cocina, puso a calentar despacito el relleno de carne picada sazonada, después subió con cuidado al techo y medio tapó la chimenea con pasto seco, como si un pájaro hubiera anidado allí.

La estufa comenzó a tirar humo.

Ella fue al teléfono.

jueves, enero 10, 2008



El loco Arturito

Le diré que al loco Arturito le encantaba comer todas las semillas, ya fuera de frutas o verduras, que encontraba o le regalaban los vecinos o también las que "robaba" en el almacén con la mirada cómplice del almacenero haciéndose el que no veía para no acercarsele ni discutir con él - ya que el estado higiénico del loquito era deplorable, - o directamente comiendo los desperdicios que encontraba en la basura. Su paladar no hacia diferencias. Cuando encontraba semillas de árboles era igual, no tenia ningún problema en comerlas como golosinas. Verlo pasar horas sacándolas de las piñas de los pinos sentado en cualquier sitio y llevándoselas a la boca para degustarlas era rutina pupular. Hacia recordar la seriedad de los monos cuando recolectan pulgas de sus congéneres comiéndolas una a una. Y de cualquier árbol, cualquiera que fuera apetitoso a sus ojos.

Con el pasar de los años el colectivo se olvidó de que había sido de su familia o de como llegó al pueblito y se transformó en parte de todos. Muchos le envidiaban su salud, ya que le pasaban desapercibidos el frio o el calor y sus costumbres jamás cambiaban. Nunca se quejaba y siempre tenía una sonrisa a flor de labios.

Esto no desagradaba a los habitantes de la villa.

El problema con el loco Arturito era que dentro de su rutina incluía hacer pequeños huecos en la tierra cerca del pueblo - porque en el pueblo no lo dejaban, los vecinos lo corrían a los gritos (aunque no faltaron jardines que amanecían bendecidos por su gracia) - y en cada hueco cagar un poquito. Tenia una precisión increíble para colocar su pequeña cuota de mierda y un excelente estado del esfínter anal cortando el naco como con navaja. Mirando de la plaza del pueblo era común ver el culo blanco del loco cuando estaba cumpliendo su rutina en cualquier descampado en los alrededores del poblado. Los niños lo señalaban riendo y era un permanente motivo de alegría, la mayoría de los adultos movía a los lados la cabeza como signo de tolerancia, diciendo: " Y... está loquito, pobrecito."

Luego de su cagada en capítulos volvía tras sus pasos tapando cada huequito con la madre tierra haciendo alarde de un cariño realmente digno de admirar. Lamentablemente lavarse las manos no estaba en su rutina. Esto generaba una visual externa deplorable y un olor que lo precedía mucho antes que llegara, como a Gengis Kan precedían la fama de sus victorias y su salvajismo.

Esto si desagradaba a los habitantes de la villa.

Pese a que le tenían cariño lo regañaban, cada uno según su nivel de humanidad. Algunos solo lo rezongaban cariñosamente, - incluso superando el desagrado, lo bañaban y regalaban comida y ropa - pero otros lo corrían a pedradas, y si lo agarraban lo molían a palos. Así era de variada la cosa como el propio ser humano es.

Pero el loco Arturito seguía imperturbable comiendo todas las semillas que encontraba, cavando a media tarde sus hoyitos, llenándolos con sus minicagadas milimétricas y por fin culminando con su tarea casi religiosa de tapado. Así el vecindario fue juntando bronca con los años. El sector no tolerante se fue convirtiendo en mayoría. Ya eran muy pocos los que lo ayudaban. La mayoría lo corría cuando lo veía. Arturito venía poco al pueblo, solo a las casas de los que lo querían pese a sus peses.

Pero algo milagroso sucedía en el campo.

Con los años lo que comenzó como unos brotes aislados se fue convirtiendo en una gigantesca huerta donde crecía todo tipo de especies vegetales. Y todo vino con tal fuerza que en poco tiempo un bosque rodeaba el paraje. Fueron llegando animalitos de otros lares, y muchísimos pájaros encontraron un nuevo hogar. Cada vez era más difícil distinguir el culo blanco del loquito.

Al principio los de la villa visitaban el lugar con curiosidad, recogían algunos frutos o verdura para su consumo, pero llegó un momento en que el bosque se hizo tan tupido que era casi impenetrable. Salir del pueblo era tarea difícil. Como siempre sucede cuando la irracionalidad gana al hombre, en vez de preocuparse de organizar su bosque natural y sus riquezas, decidieron encontrar culpables y asi salieron a buscar al loco Arturito para mandarlo al manicomio porque ya los tenia definitivamente cansados. Pero era tarde, jamás lo encontraron. Jamás. Nunca mas lo vieron.

Por fin el loquito vivió feliz. Tenía comida, sombra y cobijo. Él tampoco encontró una salida porque nunca la buscó, quedó a salvo en el medio de "su" bosque.

¿Qué ha sido de su vida? No podría decirle, nunca más lo vi. Pero seguro que es feliz. En algún lado leí que el que nada espera, todo recibe.

lunes, diciembre 31, 2007


Mañana
Se veia lindo el sol a lo lejos.
Alejandro empujó la balsa hacia el medio de la cañada y dio dos remadas.Quedó mirando. Pensaba. Esperó que casi desapareciera en el horizonte, entonces volvió a remar a la orilla.
Los colores habían desaparecido, solo se podian adivinar los contornos grises, el resplandor inmenso en lontananza y el brillo picoteado del agua."Hasta aca llegamos hoy - dijo - pero mañana sigo."
Porque le habían contado que siguiendo la corriente de la cañadita, en especial si estaba con buen caudal, unos pocos quilómetros mas adelante esa pequeña corriente de agua se juntaba con el arroyo de las Carretas, justo en la zona de los bajíos. Era fácil llegar, solo tenía que tener cuidado con los sauces llorones orilleros, de largos brazos verdes besando el agua, algún banco de tosca escondido y por fin sortear los arenales al entrar al arroyo. Pero no era dificil y él era baqueno.
El mundo de Alejandro era la cañadita Medina, habia nacido en un pequeño rancho de barro a pocas cuadras de ella, por alli estaba enterrada su madre. El padre un día se fue flotando, y nunca volvió - ese cuento era repetitivo a lo largo de su vida - y la tía que lo crió sin quererlo le había llenado la cabeza con cuentos de grandes ríos, bagres gigantescos, lugares donde no había morrocoyos ni viejas de agua, pero salian otros peces extraños. Le decía de grandes ciudades, de diferentes gentes.
Por eso, al morir su segunda madre unas semanas atrás, él venía y pasaba tiempo en la orilla, o en el medio de la cañadita, flotando, como provocándose.
"Mañana sigo", se repitió.

lunes, noviembre 19, 2007


Doce horas más.


Es común que mi teléfono suene de madrugada, los médicos rurales siempre estamos a la orden, pero inevitablemente me despierto sobresaltado – no puedo acostumbrarme pese a los años – y siempre semidormido contesto automáticamente: “¿Si?.”

“Vení, por favor vení rápido.” dijo una voz muy conocida, trasmitiéndome mucha angustia. Y justamente esa voz sí era particularmente raro sentirla a las dos de la mañana. (Pensar que tantas veces lo había deseado, aunque siempre me autocensurara y lo negara.) Algo serio sucedía para que ella llamara. Tenia que apurarme.

Cinco minutos después estaba arrancando el auto con la camisa mal abrochada y el pantalón con el cinturón suelto. Recuerdo me medio peiné hacia atrás mirándome en el espejo retrovisor usando los dedos como burdo peine. La acelerada hizo chillar los cauchos.

Diez minutos más tarde estaba apretando el timbre de los López García-Zamorano, una residencia de clase media alta. Todo el recorrido lo hice promediando cien kilómetros por hora.

Extrañamente no salió Alcira, el ama de llaves y me atendió la señora de López García personalmente, Doña Lucía Martha Zamorano, con la que nos conocemos desde muy chicos. Para mi siempre ha sido Lucil. Lucil, un amor imposible, llama de pasión eternamente encendida. (O quizás sería mejor llamarle amor negado, esas cosas del destino, líneas de vida desde siempre divergentes, pese a vivir muy cerca.)

Lucil estaba despeinada, envuelta en una “robe de chambre” rosada, con los ojos llorosos desde donde el rimel había dibujado una pequeña línea negra bajando hacia las mejillas. Se veía abatida y cansada. (Igual para mi resultaba exquisita, un placer el solo tenerla allí frente, verla, sentirla. ¡Que me podía importar el motivo!.)

“¡Que suerte que viniste rápido Gabriel! – me dijo nerviosa dándome un beso en la mejilla – es Carlos, le dio otro ataque y este es mucho más serio que los otros. Me temo lo peor. Me parece que ha dejado de respirar...” y sin esperar respuesta se dio media vuelta y corrió hacia el dormitorio. Si, esta vez era realmente una crisis seria.

Cuando lo miré no precisé ni tocarlo. Estaba muerto. Carlos no era santo de mi devoción, pero lo respetaba, no se bien por que motivo. Quizás lo respetaba a él para respetarla a ella... no lo tenía muy claro. Realmente en el fondo siempre había deseado que no hubiera existido ese tipo. Él nos había separado.

Si. Quizás por eso nunca me animé a decirle lo que sentía mi corazón cada vez que la veía. Aunque en ocasiones tenia la sensación que Lucil lo deseaba saber. Tenía también muy claro que la relación entre ellos no era lo que se consideraría “normal” para un matrimonio. Desde el inicio estuvo viciado de forma y contenido.

Había sido un casamiento prefabricado, planificado por los mayores y obligado por los quebrantos económicos. Fue un arreglo de situaciones financieras a costa de su sacrificio. A lo mejor el tipo realmente la quería, pero en cierta forma, la había “comprado”. Ella no tuvo escapatoria. Y así el marido, bastante mayor, jamás pudo darle la alegría que merecía. Eso lo tenía bien claro.

De todas modos me senté en la cama para examinar el cuerpo, respetando digamos, el decoro, la formalidad. En general los médicos desmistificamos la muerte. Ppara los que no nos entienden somos hasta irrespetuosos, pero en realidad es defensivo. Miré las pupilas: dilatadas; el tono de globos oculares: disminuido. No auscultaba latido cardíaco ni de carótidas y carecía de movimientos respiratorios. Uséase: fiambre fresco. El hombre había sido un asmático severo y últimamente sufría una insuficiencia cardíaca cada vez mas pronunciada. Recuerdo bien que en el último ataque casi se murió y paradojalmente yo logré salvarlo. (A decir verdad a regañadientes, con pocas ganas. Pensando: “y si dejo que espiche de una buena vez...¿quién se va a dar cuenta.? “ Pero no pude. Soy realmente un Profesional y cumplí mi juramento Hipocrático. Pero esta vez no había “tu tía”. Estaba muerto, bien muerto.

“Lucil... lo siento”, le dije guardando el estetoscopio, mientras girando hacia ella me paraba. (En realidad mi cabeza gritaba: “¡Al fin se dejó de joder este viejo!.”) Pero tenía que controlarme, al menos por ahora.

Llorando, la novel viuda dejó caer los brazos a los costados y se mantuvo parada, estática en medio del dormitorio sobre la gruesa alfombra, mirando el piso. Era la imagen viva del desamparo, por eso no pude contener el impulso y me acerqué, tomándola por los hombros.

“Ya te va a pasar”, le dije. Ella se apoyó en mi, gimoteando. El tener ese cuerpo tan largamente deseado entre mis brazos me perturbaba, y demasiado. Hasta parecía mentira. No me importaban los motivos ni el entorno, la tenía en mis brazos por fin..

“Ya, ya, no llores” – mi voz era suave – y sequé las lágrimas con mis dedos. Ella se apoyó más en mi. “Quedo tan, tan sola, Gabriel” dijo dejando escapar un largo suspiro. Y era cierto. Ellos no habían podido tener hijos y las familias estaban distanciadas.

“Así que estamos los dos solitos en ese caserón - pensé - ¿y la mucama?” porque en ese momento reparé que no había aparecido en escena.

“Por cierto, ¿dónde esta Alcira -pregunté - por que estás sola?.

Allí supe que los jueves – era jueves gracias a Dios, - era su día de descanso, y que vivía lejos, volvería mañana, a media mañana.

“... y por eso estábamos solos cuando Carlos empezó con esa falta de aire y se puso tan nervioso, respirando cada vez con mas dificultad, como siempre que le daban esos ataques – parecía que contándome se desahogaba - de pronto se llevó la mano al pecho y cayó fulminado sobre la cama” – me relataba los acontecimientos casi como si se tratara de una novela: – intenté reanimarlo, le puse la pastilla bajo la lengua y la mascarilla de oxígeno, pero su cara ya estaba azul. Yo sabía, pero estoy sola y necesitaba que tu lo confirmaras, viejo amigo, me siento agobiada.” Volvió a abrazarme, buscando apoyo.

“No estás sola, ¡que disparate!, - mi voz intentaba ser convincente - tenés amigos, sos joven, inteligente y fundamentalmente sabés que me tenés a mi, yo siempre estaré cerca, de hecho siempre he estado cerca” – dije al final mas hablando conmigo que con ella - y tomándole las manos con cariño, bese sus dedos pequeñitos, fríos, mojados de lagrimas, sucios de rimmel. Luego la atraje hacia mi y le di un beso en la mejilla. Repetí: “Sabés bien que me tenés a mi, decime que lo sabés”.

“Lo se, lo se muy bien, siempre lo supe, y te lo agradezco tanto... - dijo entristecida - que horrible, ahora tenemos que avisar a toda la familia ¡y viven tan lejos!”

“Para serte sincero – comencé – no puedo decir que lo lamento mucho, yo se que este hombre no te trataba bien, y nunca lo pude tragar. Masticarlo... todavía, pero tragarlo... ¡ni loco!, – y aquí me animé a decirle – en especial porque siempre me alejó de vos.” y la quede mirando fijamente a los ojos.

Se hizo un silencio muy significativo.

Retuvo mi mirada unos segundos y dijo seria: “No digas nada mas, por favor”. Yo realmente la sentí poco convencida. Estaba cuestionada, estaba claro, por eso ataqué nuevamente porque no me podía contener.

“Acaso no sabés lo que siempre ha pasado por mi corazón en todos estos años que te tuve que ver en sus brazos... podés valorar mi sufrimiento... ¿o nunca te diste cuenta? si me decís que no, no podría creerte”. Mi voz ya era condenatoria. Me miró fijo nuevamente.- Algo le sucedía, estaba seguro, algo quería aflorar y ella no se lo permitía. -

Preocupada dijo: “¡Por favor Gabriel, que Carlos esta allí!, respetemos ¿quieres?”. Yo exploté: “¡Él ya no está, se murió!. ¡Kaput. Finí. The end.! Esta allí, pero no está” - como médico, la muerte la veo casi como una solución en muchas oportunidades, aunque los legos no tienen obligación de entender – y seguí: “Mirá, ahora que lo pienso, esto debí habértelo dicho hace muchos años”. Ella retrucó suplicante: “¡Por favor, no sigas Gabriel, no es el momento para conversar estas cosas!”

Era claro que no esperaba ese abordaje, y mucho menos allí y en esa situación tan especial, y para ser sincero realmente yo concordaba con ella en que no era el momento, ni el lugar si utilizábamos la lógica. “Mmmm.... ¿la lógica?” – me dije a mi mismo – y pensando en voz alta seguí: “Para que carajo nos ha servido la lógica estos años. Un poco de locura no solo no mata sino que nos hará vivir más intensamente. Realmente el ser lógicos no nos ha dado felicidad ninguna, ¿no es cierto?, y además en vida siempre lo respetamos, ¿o no?. Nuestra conducta fue siempre irreprochable. Entonces, Lucil, por favor, dejemos a un lado la lógica por una vez, te lo suplico”

Mi fundamentación fue contundente. lo noté en su cara. La atraje hacia mi otra vez. Ella ya no lloraba, solo suspiraba. Ofreció una resistencia muy pobre. “No sufras”, le dije bajito al oído, acariciando con mi cara su cuello. El olor a mujer me dejó embelesado. Noté que a ella se le erizaba la piel y mi corazón galopaba

“Gabriel, - intentó defenderse - no hagas eso, sabés bien que hace tiempo Carlos y yo... como pareja... no funcionábamos... ¿entendés?, él estaba muy enfermo, y entre él y yo no.... nosotros no...” Allí le tapé los labios con el índice de mi mano derecha y dije: “Shhhhhh....no digas nada - y acercándola a mi – te entiendo, ¡como te entiendo!”.

“Por favor, no hagas esto, mirá que no respondo...” – suplicaba - la pasión me desbordó y corté su frase con un beso. Quiso resistirse pero le di otro más pasional y sus defensas flaquearon. Seguí implacable con mis razones: “Si nunca lo quisiste realmente, siempre estuviste enamorada de mi. ¿Te estoy mintiendo? Se sincera, fue una obligación estar con él y lo sabés bien, como también sabes lo que yo siento desde siempre por vos, que es más que pasión, es fuego, fuego puro, ¿o no te das cuenta,?” y comencé a besarle despacio el cuello. Allí sentí sus brazos abrazando mi cabeza y pude percibir que en su cuerpo cedía la tensión que había mantenido hasta ese momento.

“No sigas Gabriel... seamos cuerdos, te ruego Gabriel...” la voz le temblaba, parecía apagarse, sus ojos se cerraban. Comenzó a hablar sola, casi como en un confesionario:“Con él nunca fui feliz como mujer y últimamente estaba agresivo, posiblemente por su enfermedad, no se... ¡hay Gabriel! hacía tanto que no sentía esto que me estas haciendo sentir... por favor, no sigas más”

La voz pedía clemencia, pero el tono que empleaba era casi una orden de fusilamiento y mis ansias se desbocaron. Con una facilidad de movimientos que no me conocía, pocos segundos después nos amábamos desnudos sobre la gruesa alfombra, junto a la cama donde el novel cadáver se enfriaba lentamente, consumidos de pasión.

Jamás había disfrutado tanto del sexo como esa noche. Y esto era mutuo. Demoramos muy poco en tener ambos un orgasmo contenido por años. Avergonzada me dijo: “Que estamos haciendo, Gabriel, por Dios...” y yo le aclaré: “Simplemente se dieron las condiciones, algo que los dos hemos esperamos demasiado. Terminó una etapa de nuestras vidas y comienza la que tanto habíamos soñado y nos estaba vedada. Pero ahora nada nos impide querernos, ¿entendés?” y recomencé con mis caricias.

“¿Pero a vos te parece que esto se puede hacer?” - me dijo totalmente cuestionada, y respirando ansiosa.- “¡Si ya lo hicimos, mi amor! - le contesté de inmediato – y con lo que te hizo sufrir este tipo, debería estar mirándonos, pero tiene la suerte de estar muerto y ya nada le importa” – ella me miraba como desconociéndome, nunca le había hablado así y seguí – “solo que estuviera agarrado del famoso hilo de plata del alma y nos mirara...¡ma si! que nos mire, al fin por él perdimos tantos años. Y te digo más, en la cama vamos a estar más cómodos mirá,” y me levanté decidido.

“En la cama está él, Gabriel, ¡te lo suplico!”- dijo nerviosa sentada en la alfombra intentando arreglarse el cabello.- Yo fui muy claro: “Estaba”, dije, mientras lo bajaba al piso envuelto en el cobertor.

Ella se enojó: “¡Por favor!, ¡estás loco!” – gritó - y levantándose quiso tomar la ropa del piso. Allí volví a abrazar su cuerpo desnudo desde atrás por la cintura, apoye su espalda en mi pecho y le dije: “¿Dónde vas?, ¿Dónde-diablos-te-crees-que-vas,?” con una voz mezcla de enojo y cariño, besando repetidamente su nuca, jugando con el cabello.

“Por favor, Gabriel, hay que llamar a la familia, nadie sabe nada.” Hablaba mecánicamente, dejando caer la cabeza hacia atrás y suspirando mientras acariciába el brazo que la tenía retenida por la cintura. La tranquilicé: “Después llamamos, quedate tranquila, que al finadito nada lo apura, tiene toda la eternidad por delante. El certificado lo hago mañana, tenemos poco tiempo, después con el luto y esas cosas quien sabe cuanto hay que esperar para estar juntos otra vez. Ahora a recuperar años mi amor, a recuperar años.. Le damos doce horas mas al desenlace y listo. ¿Qué son doce horas para quienes nada saben y cuanto representan para nosotros?.”

“¿Qué son doce horas?... realmente estás loco”, dijo por fin sonriendo cómplice, y se entregó por completo. La escena debería de ser exótica, pero nadie la vio. El difunto Carlos en el piso envuelto en el cobertor cual taco mexicano gigante. Lucil y yo recuperando años de pasión contenida en una sola noche, en esa inmensa cama de matrimonio. Por la mañana haremos el certificado con las horas cambiadas, total... ¿12 horas mas o menos?... ¡por favor!

¿Qué esto no es profesional?. Usted lo dice porque no tiene la calentura que este servidor ha venido juntando durante los últimos diez años.

¿Sabe que?. Haga el favor vea, si no le gusta, no lea.

viernes, septiembre 07, 2007


Traición, poyeras y asuntos



El hombre miró al viejo, desconfiado.


El viejo miró a extranjero inexpresivamente, mientras llenaba de agua la pava. La colgó del gancho de fierro, acomodó la llama y se dedicó a ensillar el mate, que ya estaba bastante lavado.


Todo lo hizo en forma mecánica, automática, sin dejar de observar al hombre recién llegado estudiándolo minuciosamente. Cada gesto, cada tic nervioso, cada movimiento de sus manos; como se paraba donde tenia la faca, el tipo de mango; como era la ropa, su calidad, su antigüedad, su procedencia. Todo era de interés para el viejo.


Parsimoniosamente dejo de lado el mate y se armó un tabaco. Sin decir palabra estiro la mano con el paquete y las hojillas hacia el forastero, apoyado en el mostrador del almacén de ramos generales. El hombre sin decir palabra asintió con la cabeza, agradeciendo, y con movimientos precisos lió un tabaco. Uno pequeño, para no abusar. ( No tenia muchas ganas de fumar en ese momento, pero no quería ser descortés con el anciano.)


Todo fue lento, medido, pensado, pausado. El recién llegado agarró una ramita prendida del fogón, arrimo la brasa al tabaco y pego un par de pitadas fuertes. El olor a cigarro invadió el ambiente. La ofreció al viejo, que acercó la cabeza y también prendió su armado. Dio una pitada larga y luego largó el humo lentamente por la boca y la nariz, quedando el pucho colgando del borde de los labios, a la derecha, de donde con la lengua lo paso para la izquierda.


Le ofreció un mate.


"Está medio lavado"

"Se agradece -dijo el hombre con voz gruesa y cortante - pero vengo de lejos y quisiera agua fresca, si no es molestia."

"El pozo esta pa´catrás, es solo sacar - contestó señalando con la el pulgar de la mano derecha la puerta posterior del rancho de palo a pique y paredes de barro, - pase nomás, tiene un tazón de barro en el brocal, haga uso."

"Con su permiso, entonces" y pasó para el fondo.


Los perros desconocieron al individuo y comenzaron a ladrar furiosamente, muy nerviosos. El viejo prestó atención a esos ladridos.


El desconocido volvió secándose el bigote con el dorso de la mano. Al pasar miro el cajón donde se guardaba el dinero de la venta del día. Tenía unas pocas monedas, al parecer no se había vendido nada, raro para un boliche en medio casi de la nada, no había otro en leguas a la redonda. Con una rápida mirada hizo un balance de las mercaderías en los estantes y el mostrador. Estaba bien surtido el negocio.


"Estaba frescasa, la precisaba, le quedo agradecido, viejo."

"Faltaba mas. ¿Y no va a comer nada, muchacho?, hay galleta criolla, membrillo y queso. Dele nomás sin cumplidos, un buen Martín Fierro llena la panza y dispué unos mates con carqueja le calientan el triperío. Además usté dice que viene de lejos, y yo le agrego que de muy lejos, apurado y hambriento." El viejo dijo esto como al pasar, dejándolo caer en el dialogado.


"De ande saca que vengo así,¿puede me decir? Dijo despacio el visitante, nervioso, como tratando de adivinar de donde le llegaría la patada.

"Fácil pa un viejo, vea. Ropa muy sucia y mojada de sudor, la cara con barro rojo pegado, el tordillo ese que casi esta muerto del esfuerzo que ha venido haciendo. No se precisa ser muy avispado, ¿vió?, porque ese barro es difícil de encontrar en este pago, se ve mucho en el norte. De allí viene usté, mocito. Y pa mojar el ropaje con el sudor... tiene que galopar mucho al sol, porque no es tiempo de calores que se diga, mayo entró frío, soleado pero frío. Por eso saco que hace tiempo que viene galopando al sol. Y lo apurado por la mugre que tiene arriba, que no tuvo tiempo de limpiar. Y el pobre caballo, mire como está... vea, atienda al matungo, que da lástima, ¡vaya m´hijo!. La última frase la dijo con firmeza, casi como una orden, y luego siguió tomando tranquilo el cimarron. Con la charla se le había apagado el cigarro y lo volvió a prender con las brasas.


Vio como el hombre arrimaba el tordillo a la sombra del ombú del frente y le acercaba un balde con agua. Le aflojó la montura pero no se la sacó. Tampoco sacó el freno.


"¿De que anda juyendo, muchacho? - dijo suavecito - la pregunta fue como relámpago en cielo sereno. Lo agarró mal parado al joven.

"¡De nada carajo!. ¿Pero tonce usté es adivino...?


Imperturbable el viejo pegó dos chupadas a la bombilla, le dio la última pitada al tabaco entrecerrando los ojos y dijo:


"Por poyeras, seguro, usté no tiene pinta de malandro, m´hijo." La cara le quedó colorada al hombre, que sintió el golpe.


"No son cuentas de su rosario, viejo." El tono era agresivo.


"Puede que si, puede que nó, pero que son poyeras, son," sentenció, y se cebó otro amargo. Lo iba a tomar, pero decidió ofrecérselo al extranjero. Este dudó, pero lo aceptó.


El viejo se levantó despacito, se acercó al mostrador, levantó la campana de vidrio que dejaba con hambre a las moscas y saco el queso y el dulce de membrillo. Cortó dos porciones generosas. Agarró una galleta de campo al pasar y le acercó todo al visitante, ofreciéndoselo.


"Mire, le acepto para no dispreciar nomás". El viejo lo quedó mirando comer... después opinó:


"No, si solo era pa no dispreciar... coma de a poco muchacho, que lo que ej ofrecido no es robado, ¡se va a atragantar sinó!" y se volvió a sentar frente al fogón.


"Se agradece" - repitió el extraño semi atorado y comió con satisfacción.


"Sabe mas el diablo por viejo, que por diablo" - dejó escapar el anciano, como hablando solo - el otro paro la oreja.


"Menos pregunta Dios y perdona" retrucó.


"Quien mal anda, mal acaba" dijo el viejo con ojos pícaros.


"El que se mete a redentor, termina redentado", volvió a retrucar el más joven, con mirada cómplice.


"El que siempre me miente, nunca me engaña", le respondió el viejo como en una payada, medio esbozando una sonrisa y sirviéndose otro mate.


"No hay mal que por bien no venga, abuelo", dijo el otro limpiándose las migas de los bigotes y controlando la risa, le habían gustado los retruques.


"¡No hay peor bicho que la mujer!" ,sentenció áspero el abuelo.


"Pero ese no es un dicho", dijo el joven.


"Pero es verdá y déjese de joder mocito, si no quiere contar no cuente, coma tranquilo que lo ofrecido es gratis", el viejo estaba enojado ahora. Comenzó a liar otro cigarro. Preguntó:


"¿A que esa faca tiene sangre, y no es de capón, vea"

"¿Pero como carajo va usté a saber con solo mirar?, dijo asombrado el visitante" "Yo no, los perros, ellos tienen bruto olfato y olieron sangre de crestiano. No es solo mirar, es también escuchar."

"Vea viejo, yo no quiero lastimarlo, no es mi intención, creameló, pero no me obligue. Mis cosas son mis cosas, mis asuntos mis asuntos, déjelo así nomás".

"No hay peor bicho que la mujer y lo tenia merecido, pero eso me da problemas a mi, vea, aunque usté no quiera"

"¿Quién tenia merecido... de que esta hablando?.

"De la china rubia de Puntas del Arachán Chico, la que usté mató cuando la encontró cogiendo con ese tipo dentro de las casas. La que era su novia. Esa."


El hombre quedó pálido, no se esperaba esa afirmación. Atinó a decir:


"Viejo, no se de donde sacó esa historia, pero usté sabe mucho y no puedo dejar que le diga a la polecía que me vió por aquí". Echó mano al facón y no lo tenia en la funda. Se tanteó desesperado y no lo encontró. Como quien ve al demonio se fijó que el viejo lo tenia en sus manos.


"¿Esto busca? Al pasar se lo pelé y usté ni cuenta se dio, por eso vide que estaba manchado, m´hijo. El extraño no lo podía creer. Le gritó:


"¡Como un viejo de mierda que esta todo el día encerrado en este rancho mugriento puede estar tan enterado, carajo!" El gaucho viejo tranquilo le dijo:


"No tenga miedo, no soy mandinga, ni estoy aquí siempre encerrado - apuntando la barriga del otro con el cañón de una escopeta que apareció de la nada, siguió - vea, abra el arcón de madera aquel del rincón"


Al abrirlo un olor penetrante invadió el recinto. Vio un cadáver reciente escondido adentro. Lo habían degollado, estaba bañado en sangre. Contuvo una arcada.


"Vea - siguió el viejo - ese ej el dueño de esta pulpería. Lo maté porque gimoteaba mucho y yo de paso andaba precisando unos pesos. Yo solo lo estaba esperando a usté, y todas las historias esas que le hice la mayoría son mentiras porque sé lo que sé porque lo vengo siguiendo desde hace tres días. Por eso estoy tan enterado", terminó de decir balanceando despacito el caño de la escopeta.


"¡Los tuve que matar porque yo la quería de verdá y me traicionó, y esas chanchadas se tienen que pagar!... ¿no entiende, viejo?"

"Pero si ej cierto - respondió tranquilo - ella se había emputecido y el otro era una porquería de gente, merecieron morir, estuvieron bien muertos. Ese no es el asunto, muchacho, lo hecho por usté es entendible... m´hijo".


El extraño aflojó algo los nervios, casi había vomitado al ver la escopeta, creyéndose muerto. Se animó a preguntar:


" Si sabe todo, sabe los motivos, sabe que tenía que hacerlo, sabe de la traición, ¿por qué esta aquí?, ¿cual es el asunto?, ¿ que problemas le da a usté todo esto?.


"Muchacho - dijo casi con ternura - mire que es realmente una lástima, porque usté es un mozo bueno y tiene curtura, se ve que es léido, no merecía eso que le hicieron. Y también es cierto que la mujer estaba emputecida por esa porquería de hombre... pero vea, sepa comprenderme mocito, no me guarde rencor, usté mesmo lo dijo: esas chanchadas se tienen que pagar. Usté mató esa moza y eso fue una chanchada. Fue una chanchada porque la culpa era del otro mal nacido que la engatusó, no de ella que fue engañada, ¿se da cuenta?, ¿entiende por que lo vengo siguiendo, m´hijo?,¿ve por que esto no puede quedar así?... ¡ese es el asunto muchacho!, ella era una mocita buena... pero engañada y yo la quería mucho, pese a todo, ¿sabe?, ella era mi hija, mi única hija, ¿vió?"


El disparo de la escopeta quedó resonando en el descampado.

jueves, junio 28, 2007



La dulce María





El matrimonio de Nepomucemo Indarte había pasado todas las pruebas que pueda usted pensar en los treinta y un años que llevaban juntos.

Tres décadas atrás, él, de 42 y ella, María Clodomira De Souza de 18, iniciaban una vida común de trabajo y lucha que seria bendecida con 9 hijos vivos de los 14 embarazos que cursó.

El menor aun vivía con ellos y los demás estaban aquerenciados cerquita,
eso lo permite la vida en el campo profundo, lejos de la civilización.

Trabajar la tierra de otros - si el trabajo deja buena ganancia para el patrón – no es problema, como tampoco lo es el permiso para hacer un ranchito de barro y paja en algún confín del horizonte, en estancias casi cimarronas (sin aportes tecnológicos), con ganado orejano (salvaje) y ganadería extensiva (se preñan segun Dios mande, sin ninguna planificación técnica). América, nuestra América abandonada y explotada.
Pero el asunto no es este.

Nepomuceno y María Clodomira habían vivido. Con todos los rigores recibidos, según fue su destino, pero habían vivido y estaban preparados para los nietos que tenían y los que estaban por venir.

Ese mes la menstruación de María Clodomira no fue normal, salió una sanguasa amarronada y tuvo algún leve malestar digestivo, que curó con carqueja en el mate y tizanas. Pero pasaron varios meses y siguió con la retención.

Como María Clodomira es gordita, nada en su figura hacia pensar algo nuevo, pero a ella le atormentaba la duda porque tenia un presentimiento que no quería trasmitir al marido, esos no son temas para hablar con los hombres. Se lo comentó a su comadre y a sus dos hijas mayores.

Entre todas si, decidieron decirle a Nepomuceno y finalmente fueron hasta el centro poblado mas cercano, a conversar con el medico de Salud Publica, viejo amigo de la familia. La comadre opinaba que la barriga dura eran gases y la falta era la edád.

Las hijas no estaban tan seguras. El padre era viejo pero su actividad sexual podía ser envidiada por mocitos jóvenes, aunque no daba para pensar demasiado: el menor tenia 26 años y en todo ese tiempo nada había pasado. Seguro era la “edá”.

Cinco leguas a caballo no son changa para nadie, pero se hicieron callados porque no se consiguió conducción y el humilde masca callado su dolor.

El medico rural fue categórico: "¿Cuánto hacia que no nos veíamos, viejo sabandija?" - dijo con cariño encarando a Don Nepomuceno - si todos fueran como ustedes los médicos nos moríamos de hambre, che.

"¡No vai sienojar por la salud de los otros, dotor!" - retrucó el hombre de campo con rapidez - pero ya ve, a la larga tenemos que venir.

El galeno estaba alegre: "Es una alegría machaza, Nepomuceno, y dirigiéndose al resto de la familia preguntó: "¿Como andás María Clodomira, como andan, gurises,que los trae para consulta?".

Y allí le contaron lo que estaba aconteciendo con el retraso.

El medico revisó, dudó, pero prefisió tranquilizar a la familia de momento.

"Debes ser la edad, ese vientre ya cumplió, esta gordita seguramente por la buena vida, se ve que comida no falta, pero para estar totalmente seguro y antes de darle remedios vamos a pedir unos exámenes. Después me traen el resultado".Y asi lo hicieron. Fueron a la Capital a 150 kms. volvieron y esperaron nerviosos.

Tres semanas mas tarde la ecografía era categórica, MariaClodomira, contra todo pronóstico, cursaba un embarazo de mas de 6 meses.

"¡Que mujer bárbara che! ¡Que mujer bárbara! – el doctor no salía de su asombro - y vos también Nepomuceno, sos una fiera. Para estar tranquilos - por la edad, ¿entienden? – habría que hacer otros exámenes en la capital, pero son caros y a esta altura de los acontecimientos no arreglamos nada. Así que será lo que el destino quiera".

María Clodomira nunca había intervenido en las conversaciones del marido y el medico, solo se sonreía a veces, otras quedaba seria intentando entender el idioma difícil del facultativo y otras se sonrojaba por las picardías y ese embarazo no esperado.

Luego de tanto tiempo debería parir nuevamente y como siempre, esperaba hacerlo en las casas, pero esta vez el medico, preocupado por su edad, la quería hacer parir en la ciudad. Ella escuchó y no dijo nada.

Tres meses después, cuando sintió que se venia el gurí, solo esperó a último momento, a que no hubiese tiempo de traslado, la fuente se rompió y parió allí mismo, en las casas, donde siempre había parido, como ella quería. Dejó al medico esperando en el hospital.

Nació un varón. Pero con problemas serios.

A la semana los visitó el medico y se los confirmó: “Sindrome de Down” dijo, con malformaciones y un quiste en la espalda que seguramente le impediría caminar. Mongólico, pensaron.

Nepomucemo entró en un cuadro depresivo severo y se pasaba lejos de las casas todo el día. María Clodomira se prodigaba en atenciones con el niño porque el simple acto de comer era un drama, se le atoraba continuamente, tenia accesos de tos que casi lo asfixiaban.

El propio médico les había comentado que la vida iba a ser muy difícil, que era una especie de prueba que Dios les ponía y otra serie de palabras intentando ayudar.

El niño sufría, Nepomucemo sufría y los vecinos a María Clodomira la terminaron rebautizando “La Dulce María” por el amor que prodigaba a ese ser tan inferior y tan débil.

Pero María Clodomira sufría, sufría mucho y en silencio.

La familia entera pasaba por momentos muy difíciles. María quería cada vez mas a su hombre, lo veía dolido, callado, avejentado y sin embargo jamás sintió un reproche de su boca. Estuvo siempre junto a ella en todos los momentos.

Tenia que seguir luchando mientras tuviese fuerzas, por suerte los otros muchachos ya estaban grandes y criados.

Llegó un día en que el menor no soportó ver las escenas en la casa, las toses, el dolor, los llantos escondidos, la ruptura de costumbres. Una mañana dejo una nota diciéndoles que los quería demasiado para verlos sufrir tanto, pidiéndoles tiempo para pensar y que ya volvería, pero ahora precisaba estar un poco solo. Ensilló de madrugada y se fue.

Nepomuceno veía al pequeñito revolcarse en la cuna, con dificultades para tragar, para respirar, afiebrado, paralítico y lo destrozaba ver el sufrimiento que a ese inocente le representaba el simple hecho de vivir.

La Dulce María se desvivía en atenciones pero su silencioso dolor la estaba haciendo envejecer rapidamente, dolida por la situación, más le dolían la familia y su esposo, pero no encontraba solución, había que seguir, eran cosas de Dios.

El entierro fue muy simple, una pequeña tumbita blanca entre otros entierros viejos en la misma estancia, cerca de las casas. Un túmulo pequeño hecho con ladrillos y pintado a la cal sobre el que en una simple madera se leia:



“Isidoro Manuel Indarte De Souza
es un angelito en el cielo”
Al parecer se atragantó tomando la leche, vomitó y respiró su propio vómito y no hubo nada que hacer. Llamaron al médico, pero estaba para la ciudad y demoró dos días en ir, cuando llegó ya lo habían enterrado, porque el Comisario, enterado de la situación había dado su autorización.
El certificado de defunción llegó con retraso, cosa normal en esos pagos.
El medico rural los trato con cariño, los aconsejo, se puso a las ordenes, les dijo que era mejor así, por el niño, por ellos y por la familia.
Y la vida volvió a la rutina normal.
Cuando Dulce María vio salir a Nepomuceno del cuarto, pálido y limpiando sus manos con un trapo, intuyó algo.
Ya había sospechado cuando, unos días atrás, el hombre se acercó al pueblo preguntando por el doctor y al volver había dicho que lo buscaba para pedir algún consejo, porque no toleraba mas la situación, pero que andaba para la ciudad, demoraría unos días en volver. Ella hacia mas de treinta años que conocía a su hombre... Nepomucemo no iba a ir nunca al pueblo para esos asuntos, tenia que estar muy desesperado. Algo pensaba.
Lo confirmó cuando vio al niño, en su cuna, despenado.
En un arranque de dolor, como hacía con los capones que estaban agusanados muriendo, Nepomuceno peló el facón y tomando con cariño la cabeza del idiota, mojándose las manos con sus propias lágrimas, lo degolló. Luego limpio la faca, lo arreglo en la cunita, le dio un beso en la frente y lo vio, por fin, sin sufrimiento.
Sin ese enorme peso, fue caminando lentamente hasta el ombú, se apoyó en el tronco noble, prendió un cigarro y quedo horas mirando al horizonte.
Dulce María se cruzó con el hombre, casi sabiendo lo que había pasado. No se impresionó con lo que vio. Termino automáticamente de arreglar la cunita, besó al cuerpecito y lo amortajó. No dijo nada, solo lloró en silencio.
Luego se acercó a Nepomuceno, le puso la mano en el hombro, le secó las lágrimas y quedaron juntos sin decir nada, mirando ocultarse el sol.
Sentían que habían superado algo muy duro en sus vidas, se comprendían mutuamente y el pacto de silencio no precisaba palabras, era de por vida.
Nunca quiso tanto a su esposo como esa tarde, ahora, las cosas serian como antes.
Como antes que llegara Isidoro Manuel.

miércoles, junio 27, 2007



El pardo Mendoza


El ruido sordo de los cascos sobre el pasto húmedo acompañaba los
pensamientos del hombre que con sus manos grandes y callosas, acostumbradas al rigor del campo, llevaba la rienda firme pero floja, conocedor que el manchado sabia muy bien el camino.

La noche no era obstáculo para ellos. El matungo era fornido y nervioso, pero respondía al mínimo toque de rienda del amo, su único amo desde potrillo.

"Estos caminos - pensaba Mendoza – estos caminos... cuando iba a pensar que los tendría que recorrer así, a las apuradas, de noche, ocultándome, ¡cuando!"
El animal pareció sentir la angustia del hombre y resopló cabeceando.
"Esté tranquilo hermano, que nos vamos, pero juntos, usté no es de fallar."
La voz serena del gaucho calmó al Canela, que siguió su rumbo al mismo
tranco.
El atardecer lo habían cuerpeado por la orilla del arroyo, bajo coronillas, ceibos y quebrachos, así nadie los pudo ver, las horas pasaron y la noche se adueño del campo, pero la pareja seguía sin dudar su camino. Antiguo camino de quileros, sendas trilladas incansablemente cargando el contrabando para lograr el peso diario que asegure el sustento, sendas por las que se van cruzando estancias siempre lejos de caminos conocidos, vigilados por los uniformados, que son muchas veces cómplices pasivos, conocedores del rigor de la pobreza. Así se atraviesan tierras que nunca serán de los que las trabajan, tierras de dotores engominados montevideanos, o de extranjeros millonarios.
Mendoza tiro suavecito de la rienda y el manchado quedo quieto. "¿Tá cansado hermano? Tá bueno, descansamos un poco entonces, pero tendrá que aguantar unas leguas mas, el caso lo requiere, después Tata Dios dirá", y le palmeó el costado con cariño. Con un movimiento ágil se bajó del pingo, aflojó la montura – sin sacarla -, y dejó que el Canela tomara agua y mordisqueara distraído algunos pastos en la orilla de la cañada. Una saliva espesa en la boca del animal confirmaba su esfuerzo.

Mendoza se sentó sobre sus propios talones, armó un cigarro y tapando el resplandor con su mano lo prendió, pegando dos pitadas fuertes, profundas.
Hacía dos días que no comía pero no sentía hambre, tenia cerrado el estómago, las cosas daban vueltas en su cabeza. Vueltas y vueltas. Miró al
manchado pastando y reflexionó que los bichos tenían menos problemas que
los hombres. Le dio un beso a la petaca de caña brasilera para entonar el
cuerpo, se dejó caer hacia atrás apoyando la espalda en el tronco y siguió
fumando, mirando distraído las estrellas que aparecían entre las ramas del
ceibo frondoso que lo cobijaba. Los cantos de las ranas, los violines de los
grillos y los pasos del caballo se sentían clarito en el silencio de la noche.
"¡Como van a pensar eso de uno!", dijo, quedando sorprendido de su propia voz. "Hasta hablo solo ahora, Canela. ¡Carajo!, que mal están las cosas."
Pocos minutos después tiró el pucho, lo vio apagarse en el barro, movió hacia los lados la cabeza para aflojar el cuello, se quitó la boina y agachándose en la orilla humedeció el pelo. Arregló el facón en la cintura y se puso el poncho patria, tejido a mano y hecho especialmente para él. Estaba cayendo una helada regular, y no podía prender fuego.

"Bueno, vamos mi amigo, a seguir que falta". Afirmó la montura y montó con destreza. Tensó hacia la izquierda la rienda y el animal dio vuelta en redondo. Taloneando suavecito las verijas, logró que subiera una pequeña loma en la orilla de la cañada e iniciara un trotecito suave, retomando la senda. Los pensamientos se agolpaban: " Crecimos juntos, nos criamos juntos, siempre la quise como a una hermana... por que tenía que venir con esas mentiras el hijo de puta".

Y así fueron pasando las horas, la frontera se acercaba cada vez más. Estaban en el bajío de los Saraiva, unas leguas mas adelante pasarían cerca del Rincón de los Rodríguez y ya casi llegaban. Todos potreros inmensos con pocas vacas, terreno plano ahora, que permitía un trotecito mas ágil, iluminados por una luna grandota. Luna llena que había aparecido en el horizonte como inmensa farola gris rojiza y subía en el cielo estrellado haciéndose lentamente mas pequeña y blanca.

El frío quería meterse en los huesos, pero el poncho estaba hecho con cariño y
no dejaba. Mendoza inició un diálogo con el Canela: "Se da cuenta, mi amigo, venir ese mal parido a llenarse de razones contra uno, a inventar mentiras, ¡como voy a hacerle daño a la Carina, si era como mi hermana...! pobrecita, parecía dormida en el cajón. Y pensar que la violentó antes de ahorcarla. A ella, que era toda ternura. Se créen que porque tienen plata..."
Una mueca cortó el diálogo. Se bajó por enésima vez del caballo y abrió la última portera que lo separaba de tierra brasilera. Esta había sido la estancia de Don Nicanor Pereyra Rodrigues, bien en la frontera. Don Nicanor se había enriquecido con el contrabando de ganado. " Fácil pa él que estaba bien ubicado. – pensó - y pa qué, si cuando murió el hijo le vendió todo a un brasilero, que compró como inversión, corrió la gente y trancó las porteras. Ni respetó el esfuerzo del padre, todo quedo abandonado. ¡Que desperdicio todo esto, mismo!". El pardo había trabajado para el viejo, conocía bien la historia, por eso pasaba tranquilo, sabedor que no habían cristianos, solo campo y chircas.

El Canela se encabritó parándose en las patas traseras. Mendoza estaba como pegado al animal y ni mosqueó. Sintió el silbido finito de una víbora que pasaba cerca y se iba apurada entre los matorrales crecidos del potrero abandonado. En otra ocasión la hubiera matado, pero no estaba para esos menesteres. Tocó los costados del caballo, jaló suave pero con firmeza las riendas y la pareja retomó el camino. Amanecía, una inmensa bola de fuego anaranjado comenzó a elevarse en el horizonte.

No muy lejos se veían los cerros de granito negro ya en territorio brasilero. Pedra Preta era el nombre del lugar y significaba que la patria chica había quedado atrás, mas de cinco leguas.

"¡El mal nacido pensaba que todo se terminaba comprando al Juez, Canela! - largó una carcajada franca y estentórea - y me culpó a mi, justo a mi que la quería como a una hermana, ta que lo parió carajo. El nene bien se la cogió y la asesinó y los milicos lo agarraron enseguida. Pero seguro Canela, ¡si todo estaba clarito!, ella no quería. se defendió como pudo la pobrecita, pero el tipo era mas fuerte, y en la pelea la ahorcó... y después el Juez que se deja comprar. Seguro, los milicos tuvieron que soltarlo. El hombre pensó que total, como era una chinita huérfana y pobre náides iba a responder por ella... ¡feo se equivocó ese disgraciado!" y otra risotada rubricó lo dicho.
El noble bruto resopló y agachando el cogote empezó a subir la Pedra Preta, en pocos minutos se encontraban en lo más alto. Allí Mendoza lo hizo dar vuelta, y se quedó un buen rato mirando el horizonte, pensando: " No podré volver ni veré más a la Carina, pero donde estés mi hermana, te digo: ¡Se hizo justicia!" y dando un tirón fuerte de las riendas, con un: "¡Vamos Canela!", inició un galope tendido hacia el futuro.

El Comisario miraba asombrado los cuerpos del Juez y del hijo del dueño del establecimiento donde habían matado a la muchacha hacía dos días. El letrado tenia varios huecos de 38 en su pecho, una mueca de horror en la cara y los ojos muy abiertos. El revolver del estanciero estaba en el suelo, junto al cadáver, con el cargador vacío. Pero impresionaba mas el otro infeliz. Lo habían degollado salvajemente, de oreja a oreja, parecía tener dos bocas. Un inmenso charco rojo empapaba el piso de cemento pulido de las casas. Le llamó la atención que la entrepierna del citadino estuviera ensangrentada, pero no tocó nada. Esperaba al medico forense, como manda la ley, además viejo amigo con el que habían compartido tantos casos, tantos asados, tantos vinos.

El galeno llegó, saludo y procedió a efectuar su trabajo. Después de examinar los cadáveres le comentó al Comisario:"¡Que lo parió Chiquito!, el que lo mató sí que le tenía asco, compañero, lo degolló con saña y lo capó. Si, lo capó. ¿Y sabes donde le metió los huevos?... ¿no?, mirá acá... ¡en la boca, mi hermano, se los metió en la boca!, ¿le tendrían asco al engominado este che, le tendrían asco? ¡que lo parió, Chiquito!."