viernes, septiembre 08, 2006

De malevos y sorderas, con trágico final.


El ambiente estaba caldeado desde mucho antes que los dos malevos comenzaran a discutir por esa mujer, que habìa sido de uno y luego del otro y que ahora no era de ninguno.

Pero los dos la recordaban con cariño.

La atmósfera dentro del boliche de luces mortecinas era densa, el humo disminuía la vision y junto al murmullo de las conversaciones se sentìa el ruido de las copas y los pasos de los parroquianos.

En una punta del largo mostrador de estaño, apoyado para no caerse, Onorato Guzmán comentaba como para si mismo:

"Se me fue porque soy y siempre fui un borracho... y la pobre Dorila no me aguantó... ¡demasiado me aguantó esa santa!... la pobre Dorila demasiado me aguantó...- los ojos del malevo se llenaron de lágrimas y dijo en voz mas alta - ¡Por culpa mìa se fue, solo por culpa mìa!" y apuró otra copa de caña.

"Dice bien, Onorato, dice bien - la voz del taura Benjamin Becerra estaba aguardentosa, pero conservaba cierta tranquilidad, rara en él - bien dice, porque a la mujer hay que tolerarle muchas cosas, más cuando era servicial, tenia limpia la pieza, no faltaba agua pal amargo y la catrera lisita... yo tambien tuve la culpa de que se me fuera, pero no por la bebida, sino porque soy muy jodido de caracter y dos por tres por cualquier sonzera la reboleaba de un cachote. Porque la mujer tiene que saber quien manda en la casa después de todo... - y se quedaba pensando, mirando a nada - pero... ¡que se le va a hacer, no aguantó y se fue, la Dorila se me fue".

Los dos bien alcoholizados, se miraban frente a frente teniendo el mostrador como soporte y seguian tomandose sus cañas.

En la otra punta de la barra, charlaban el sordo Andrès con el Chiquito Leiva, vecino de los pagos del Cerrito, que estaba de visita. El sordo había parado la oreja - en realidad no era sordo del todo, pero tenia una deficiencia séria - y estaba atento a la conversa de los malandros, porque sabía que mas tarde o mas temprano se iban a agarrar a cuchilladas como siempre y le gustaba ver los descenlaces.

En realidad era mucho mas "chusmeta" o "metido" que lo que era de sordo. Siempre le gustaba meterse en los comentarios de los demàs. Esa noche, como estaba de espaldas, escuchaba lo que podía y le pedia al Chiquito que le relatara los acontecimientos.

"¡Y que le dijo ahora!" - preguntó a toda voz, porque su sordera no le permitia entender que hablaba a los gritos y todos sentian lo que decía - Chiquito, un hombre tímido y mas bien callado, le hacía señas con las palmas de las manos para abajo para que el otro entendiera que estaba hablando muy alto, logrando que bajara un poco el volumen, después se le acercaba a la oreja y le hacìa los comentarios: "Parece que la mina se les fue a los dos,a uno porque la curtía a palos y al otro porque no aguantó tantas borracheras... y no hable tan fuerte que lo van a oir".

"¿Quien esta hablando fuerte? - volvió a decir a los gritos el sordo, pero con la suerte de que el barullo del tugurio tapó el comentario y no llego a los malandros - y si, no debe ser facil aguantar a esos dos"

Chiquito se puso nervioso porque no quería ni en sueños tener que vérselas con esos dos elementos de pésima reputación, temidos en la zona por sus antecedentes. Por eso acercándose nuevamente a la oreja del sordo, medio le gritó:

"¡Déjese de joder con los comentarios que nos van a terminar desgraciando!, ¡hable bajo carajo!"

El sordo le dijo que si moviendo la cabeza y siguió tomando la caña con vermouth - ya era la quinta y su límite eran seis o siete, después perdía los controles -

Chiquito no era de mucho tomar, disfrutaba su grapa con limón paladeándola despacio.

Los de la otra punta siguieron en sus asuntos, ambos cada vez mas en pedo, armando las frases con dificultad, las lenguas semi trabadas:

"Y se me fue de la pieza para volverse una puta...¡una puta!, eso es lo que me deja bravo vea... volverse una puta... ¡pero que necesidá si yo la tenía como una reina!".

Onorato movia la cabeza para los costados, como asintiendo a sus propios dichos. Benjamín escuchaba y parecía razonar lo que decía su compinche. Le dió por opinar:

"Muy como una reina no estaría y disculpe, porque si no, no se va p´hacer la calle. Mujer que se precie se queda con su hombre y sufre". La voz de Benjamin Becerra ya no era la misma, ahora se sintió agresiva, como asqueado de los dichos del otro. Onorato no demoró en la contesta:

"Me conversa como si con usté hubiese estado tan bien, siendo que recién dijo que no le aguantaba la cantidad de golpes que le daba... ¿un hombre de verdá le pega a las mujeres?...digo" Guzmán dejo escapar una fuerte dosis de veneno en esta pregunta. Benjamin respondió rápido:

"Es cierto lo dije, por eso se me fué. Pero no se convirtiò en una brisca. Eso pasó después que estuvo con usté ¿o no? - ya la agresividad era evidente - Onorato arrimo su mano derecha a la cintura retrucando:

"Y quien sabe si no fue una puta de mierda antes de conocerlo a ustè?... ¿y si justo fue usté el que la obligó a salir a putear y por eso se fue la pobre mujer?"

"¿Que yo mande a una mujer a putear en la calle? ¡no le permito, ni a usté ni a nadie!" - Benjamín dio un paso atrás trastabillando, siempre apoyado el codo en el mostrador - Onorato siguio gritando: "Y por que no se puede pensar eso... ¿porque usté lo dice? ¿y usté quien es, carajo?" - y él también dio un paso atras agarrando el facón con su derecha - los que estaban cerca se comenzaron a separar.

El sordo estaba desesperado porque apenas escuchaba y no paraba de pedirle al pobre Chiquito que lo pusiera al tanto de los acontecimientos y este transpiraba frio porque Andrés seguia hablando fuertìsimo y todos escuchaban.

"¡Pero que le dijo, decime che, que le dijo!"
"¡Que hable bajo carajo, que hable bajo!"
"¿Y pa que le dijo eso?"
"No... ¡me cago en diez! - dijo Chiquito como para él, mirando el techo - y se le acerco otra vez a la oreja: ¡YO LE DIGO ESO A USTÉ, QUE HABLE BAJO, CARAJO! ¡o nos van a desgraciar aquì mismo!".

"Ahhh.... perdone Chiquito, es que no me doy cuenta porque escucho poco ¿vio?", y al bueno de Chiquito esto ya le bastaba para perdonarlo y pacientemente volvía a acercarse al oido para contarle los pormenores. Cuando terminó, el sordo Andrés volvió a conversar fuerte:

"¡A la mierda, ahora nomás se meten cuchillo estos!".

Andrés les tenìa asco a esos individuos, ya que como todos los vecinos, sabía de sus pésimas costumbres y de su real trato con las mujeres, porque aunque los dos lo negaran, se sabia que vivian de ellas. Varios parroquianos miraron al sordo, porque habìan sentido clarito sus ultimas opiniones.

El bolichero limpiaba el mostrador nervioso, mirando a los malandras y calculando si lo habìan escuchado o no, pero el ruido del boliche nuevamente tapó los comentarios. Chiquito sudaba copiosamente. Terminó el trago que tenía y pidió otro. El sordo hizo lo mismo.

En ese momento Benjamín Becerra dijo algo que paró en seco a Onorato Guzmán, algo que le tocó sus fibras más ìntimas:

"No solo porque yo lo digo - la voz era firme y decidida – porque poco importa si fue antes o después una puta... ¿por que tenerle tanto asco a una puta? ¿no es una mujer también?, ¿no tiene hijos?, ¿no tiene que criarlos como sea...? - los ojos de Benjamin se llenaron de lágrimas, los niveles de alcohol en sangre los dejaban muy sensibles - ¿como puede uno odiar a una puta si no sabe los motivos que tuvo, las causas que la llevaron a ese camino, si no sabe los pormenores de su vida ¡carajo! ¡pa opinar, hay que saber!"

Nadie comprendía por que Benjamin habia dicho esto, ni que contenian estas frases para producir un efecto tan explosivo en Onorato, que habia quedado como petrificado, pero a poco que siguió la charla entre los dos marginales, todo quedo muy claro:

"Hay putas... y putas, eso es muy cierto - dijo Guzmán muy serio, como estudiando las palabras, chasqueando la lengua - hay putas... y putas" - repitió, y quedó callado mirando el piso, ensimismado en sus pensamientos. El tono agresivo había desaparecido y el facón desenfundado quedó solitario arriba del mostrador, entre botellas y vasos.

"¡Eso es bien cierto! - dijo con mucha dificultad Benjamin Becerra - putas... y putas, hay que saber diferenciar. Y lo digo porque eramos cinco hermanos todos chicos, cuando mi padre nos abandonó, y mi viejecita santa... ¡pobre mi vieja querida! - lloraba como un chiquilín - mi vieja tuvo que vender su cuerpo para poder mantenernos... vine a entenderlo ya mozo… ¿sabe Onorato? tuve un tiempo que hasta le tenía bronca a la vieja, ¿puede creerlo usté?, pero después los años me enseñaron, la necesidad no perdona, Onorato". Ya la voz era totalmente calma, las manos en la botella y la copa y el codo apoyado nuevamente en la barra.

El sordo Andrés entendía la mitad de lo que se conversaba y estaba desesperado por saber toda la historia de esos tipos, lo tenía casi loco al Chiquito Leiva obligándolo a que lo mantuviera al tanto de la discusión. Cuando el otro lo puso al día los ojos le quedaron como el dos de oro al entender toda la trama y solo se le sintió decir: "¡Pahhh!" y después se tomó dos copas más, pasando a quedar completamente en pedo él también. El exceso de alcohol hacía que uno de los ojos se le fuera para el costado, quedando estrábico. Eso era señal de borrachera de gran magnitud. Chiquito, que lo conocìa bien, se puso mas nervioso.

"¡Claro que puedo creerlo! - dijo Onorato asintiendo con la cabeza, lloriqueando y armando con dificultad las frases - si mi madre también tuvo que tomar ese camino, en casa eramos muchos, mi padre quedó tísico y no había dinero para los tratamientos, cuando murió quedamos en la calle, nos echaron de la pieza, a mi madre no le quedo otro camino. Si me acuerdo como si fuera hoy de aquella casa de paredes amarillas donde ella ejercía, donde mis hermanos y yo jugábamos con otros pibes en el patio del fondo, comiamos aquellas ciruelas tan dulces... ¡clarito recuerdo el limonero y aquella inmensa higuera! Pensar que pese a todo éramos felices... ¡como podía saber yo lo que pasaba! lo entiendo Benjamín, lo entiendo muy bien, demasiado bien". Ya no existía agresividad entre ellos.

Después de vaciar otra copa, Onorato, en un movimiento amiguero y varonil le palmeó el hombro al otro malevo. Benjamín había escuchado las ultimas confesiones con mucha atención, mirándolo fijo a los ojos. Cuando el otro le palmeó el hombro no dejó que sacara el brazo porque se lo agarró con fuerza y le dijo:

"Ciruelas, limonero, una higuera inmensa, ese patio en una casa de paredes amarillas... ¿pero vos eras uno de esos pibes Onorato?... ¡vos eras uno de esos pibes!. Estas ultimas apreciaciones las había dicho en voz bien alta, con tanta emoción que parecía que alejaba la borrachera y la complicidad de los recuerdos de infancia habían dado paso al tutéo, cosa impensada y peligrosa en esos elementos rudos. Pero esta vez la familiaridad no perturbó para nada a Onorato, por el contrario, su cara había cambiado y mirándo al otro intentando fijar la visión en la cara colorada de Benjamin le contestó:

"Nuestras madres tuvieron ese destino porque Dios lo quiso, y se sacrificaron para poder darle lo necesario a sus hijos…¡pensar que hasta me hizo ir a la escuela!. Nos conocemos hace tanto y recién hoy vengo a saber que sos aquel amigo con el que jugaba de purrete - y estirando los brazos hacia su amigo le gritó - ¡mi hermano!" y dicho esto los dos malandros se dieron un abrazo tan espontáneo y afectivo que casi quedan desparramados en el piso, salvados por el mostrador que nuevamente sirvió de sostén.

El sordo Andrés tenía una borrachera increíble y como le costaba mucho entender la conversa le exigía a Chiquito que le trasmitiera palabra por palabra. Al enterarse del increible final de la discusión queda tan asombrado que no aguanta y comenta casi gritando, exitado por el alcohol:

"¡Pero que fenómeno che, asi que al final resulta que estos dos malvivientes resultaron ser realmente dos hijos de puta! ¡dos verdaderos hijos de puta!" Alli Chiquito se puso pálido porque como la mayoría de los parroquianos se habían quedado callados, asombrados con el descenlace de la discusión, el vozarrón del sordo había llegado clarito a los oidos de los abrazados, que se dieron vuelta limpiándose los mocos y las lágrimas con las manos, acercándosele desde atrás.

Benjamín Becerra dijo bajito y con una rabia bárbara sosteniendo su bruto facón con la mano derecha: "¡Quien dijo que somos dos hijos de puta por aqui! ¡Quién fue!" y junto a el Onorato Guzmán lo aguantaba poniendole una mano en el pecho mientras levantaba su propio facón y gritaba: "Dejámelo a mi hermano, que estos si son mal paridos, estos que se rien de las pobres mujeres que tienen que vender su cuerpo por necesidad, esas que hacen cualquier cosa por sus hijos, como nuestras madres... ¡no sale vivo de aqui el que haya sido!". Los dos parecían fieras totalmente irracionales dispuestos a matar, a volcar sobre otro la rabia contenida por años.

Chiquito, desesperado, quiso gritarle en la oreja al sordo que lo habían sentido y que los tenía atrás, quiso decirle que rajara de allí, pero no pudo y tuvo que separarse, porque el sordo - con las dos alimañas en su espalda, respirándole en la nuca - siguió con su secuencia de pensamientos, siempre hablando a toda voz:

"¡Pero no es para cagarse de risa che, estos dos abombados, tanto tenerse bronca y resultaron ser los dos... ¡de verdad dos hijos de puta!" y como afirmando lo dicho largó una carcajada impresionante, porque el asunto le había causado una gracia inesperada.

En la morgue, el forense se cansó de contar el número de puñaladas, por eso, cuando llegó a la cintura - venía contando desde la cabeza - ya había pasado las cincuenta, asi que dejó la cosa por alli y cuando terminó su valoración profesional se alejó del marmol blanco donde el cuerpo pálido y frio del sordo mantenía los ojos abiertos con la mirada estrábica.

El especialista asentó en el informe, entre otros datos técnicos: "(...) se constata que la causa del deceso del occiso son las mas de setenta heridas punzo cortantes constatadas, la mayoría de las cuales son - por si mismas - mortales (...)"

Luego prendió un cigarrillo, se quitó la túnica blanca con múltiples manchas, la colgó en el perchero de siempre, se puso el saco, apagó la luz, pasó la llave de la morgue y salió hacia la calle, no sin antes avisarle a uno de los peones de la municipalidad que andaba por el fondo:

"¡Tito! ¡Tito!, mirá que el finadito ya está pronto, avisale a los de la empresa fúnebre que lo vengan a buscar, avisale. Hasta mañana muchachos".


No hay comentarios.: