martes, diciembre 18, 2012

viernes, febrero 13, 2009


La cacería del borrego















Sandalio y Cleverito fueron los enviados para agenciarse la comida de mañana.



Plata no había, trabajo tampoco, asi que no tenían más remedio que aceptar la desinteresada colaboración del estanciero con un capón.



Por cierto además de desinteresada era desconocida por el terrateniente, que no le tenía compasión a nadie y era mas apretado que trenza de lazo. Pero como ni se iba a enterar, los amigos entendían que estaba, a su manera, sin saberlo, colaborando.



Para entonar el cuerpo – era pleno julio – tomaron un par de copas de caña y casi con devoción, comieron los últimos restos de mortadela de un par de días atrás con escasos pedazos de pan viejo.



Ya con el cuerpo en buen tono, aunque la misión no era difícil, estaban nerviosos. Por este motivo tomaron otro par de copas, ahora para entonar el espíritu. Ya no tenían nada con que acompañar el líquido.

Sandalio previo a la partida brindó por la suerte e invitó a “la del estribo”, a lo que Cleverito respondió positivamente, y dijo que de ninguna manera, que “la del estribo” la brindaba él.



Decidieron llevar la botella a la tarea y después ya no precisaron motivos. Dejaron de tomar cuando la botella de plástico transparente estaba seca.



Sandalio comenzó a buscar en la oscuridad el capón que con su sacrificio terminaría con el hambre de días. Las vistas las tenía extrañas, todo lo veía doble, se sentía liviano, le costaba mantenerse derecho. De todas formas avanzó adentrándose en el potrero.

Algo se movió a su izquierda.



Aunque la luna estaba grande y luminosa, no lograba definir bien lo que veía. Era un bulto grande al que se acercó despacio. No llegó a tocarlo porque la vaca, nerviosa, se levantó mugiendo y se alejó del extraño con un trote pesado. “Era ganado” pensó Sandalio, y mientras lo miraba alejarse se imaginaba montañas de tiras de asado, achuras varias, lomo, costillares y la boca se le llenó de saliva. Un dolor bárbaro en el estómago lo doblaba – “demasiada caña brasilera con el buche seco” pensó – y pensando en comida le dolía más.



Él solo no podía con una vaca y pensándolo bien en ese estado tampoco con un capón, pero un corderito – y estaban en época de parición – a un corderito no lo iba a perdonar, porque el hambre era demasiada.



Cleverito estaba en similares condiciones etílicas. Separado de él un par de cuadras también buscaba su sustento medio a tientas, esquivando las vacas.



Sandalio a poco de caminar vio las ovejas, la luz de la luna resaltaba la lana blanca. Se fue aproximando despacito. Varias habían parido, seguro por allí encontraba un cordero descuidado. Su marcha era irregular, daba bandasos y le costaba esquivar cualquier arbusto. Ni siquiera se acordó de las cruceras – víboras venenosas abundantes en esos pagos – él solo pensaba en la comida.



Y allí se le vino a dar.



Entre las rocas, bajo unas chircas vio un cordero negro abandonado. Pese a la borrachera se quedó quieto y de a poco fue sacándose el poncho. Cuando lo tuvo en las manos de un salto le cayó arriba al animalito y lo dejó envuelto. El bichito intentaba salir de su encierro desesperadamente pero no podía. Lo apretó para que no hiciera más ruido del necesario. Comenzó a llamar a Cleverito: “¡T´agarrado! ¡Vení loco! ¡T´agarrada la comida Cleverito, veni ché!”



El amigo llegó apurado y a los tropezones, muy ansioso. “¿Lo agarraste che Sandalio?”



“T´agarrao, aquí lo tenes preso en el poncho”



“¿Y como hacemos?”



“Pelá vos la faca y cuando yo lo suelte le agarrás el cogote y lo degollás, lo cueriamos y nos llevamos la comida pronta”.



“T´agarrado” dijo Cleverito y se quedó mirando fijo – todo lo fijo que podía – con el facón en la mano.



Sandalio buscó a tientas los bordes del poncho y avisó: “¿T´as pronto?” y cuando el otro le contestó afirmativo, lo abrió frente a Cleverito.



Había bastante luz, pero también bastante alcohol y mareo. Lo que vio Cleverito le pareció la cabeza del bicho y lo agarró sin asco. Cuado le iba a meter la puñalada fue que sintió un chorro de liquido que lo empapaba y allí entendió lo que pasaba. Ni alcanzó a mirar al cielo a ver si llovía, porque el ardor en los ojos lo cegaba. Y el impresionante olor vino a confirmar que el bestia de Sandalio se había equivocado.



En vez de cazar cordero vino a encontrar zorrillo y el otro al agarrarlo de la cola recibió directo en la cara los meados.



En cierta forma el pedo los ayudó a no hacerse demasiados problemas por el asunto. Cleverito quedó ciego tres días y a los dos peones los obligaron a bañarse cinco veces en la cañada, lavar toda la ropa con creolina y dejarla orear al viento varios días. El poncho no tuvo salvación, tuvieron que quemarlo.



Por una semana los dos durmieron a campo, porque la peonada no los dejaba entrar al galpón por la jedentera.




De vez en cuando se sentía decir a Cleverito, ya pasada la borrachera: “¿Así que t´agarrado Sandalio? ¿T´agarrado el borrego? ¡Mirá que sós borracho bruto y pelotudo, t´agarrado…¡ta que lo parió!”

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