jueves, enero 24, 2008


Don Jorge el especialista
(Dedicado a Susan y Jorge)


Don Jorge, italiano de nacimiento, uruguayo por adopción, hacía tiempo había abandonado sus artes de la tierra, herencia y educación de sus mayores. Al llegar a nuevos horizontes, luego de años de trabajo rudo y temporal, recaló en la construcción, iniciándose de peón, luego se convirtió en medio oficial y por fin en oficial finalista.

Pasaron algunos años y terminó por dedicarse a la fabricación de estufas a leña. Siempre había querido especializarse y esta era su especialidad. Siempre estaba al tanto de los últimos adelantos y él mismo confeccionaba los nuevos implementos.

En esto estaba cuando doña Susana lo mandó llamar por un problema con su estufa.

- Pase-pase don Jorge – la voz era imperativa – no les tenga miedo que son muy mimosos, los tengo mal enseñados
- No doña, si a mi me gustan mucho los perros – el hombre era cómplice en ese amor a las mascotas - ¿y que es lo que pasa?
- El humo, el humo. Prendo la estufa y al rato se me llena todo de humo ¿podrá arreglarlo?
- Vamos a ver, hay que investigar. Empecemos por lo básico. Usted a probado a apagarla y volverla a prender?
- No, la verdad que no.
- Vamos a hacerlo, es lo más fácil, en ocasiones se arregla sola. Permítame.

Así, ayudado por un balde de lata y una pala, el hombre quitó todas las brasas, luego dejo que se enfriara y procedió a volver a prenderla. En estos trámites pasaron mas de 45 minutos, y quedaron esperando los resultados, lo que permitió una larga charla entre el solterón y la viuda.

- ¿Un tesito, una limonada, don Jorge?
- Bueno, agradecido, con una limonada tenemos. Mire, ahora funciona perfectamente y no tira humo.
- Que cosa más rara señor Jorge, a mi me metía todo el humo para adentro.
- Bueno esas cosas pasan, ahora parece que está bien, así que cualquier cosa me vuelve a llamar doña, sin problemas.
- ¿Cuanto le debo?
- Por favor que me ofende, estamos para servir. Esa limonada estaba muy rica y lo agradezco. Con eso ya estoy pago.

A la semana se repitió el problema y volvió a llamarlo. No le gustaba demasiado depender de gente no conocida y menos cuando era un hombre, era una mujer acostumbrada a estar sola desde la muerte de su marido. La acompañaban solo sus mascotas.

- ¿Otra vez el humo señora?
- Se me llenó la casa, todo quedó impregnado don Jorge.
- Pero que cosa extraña, funcionaba tan bien y sin problemas. ¿Probó de apagar y volver a prender otra vez?
- Si, si, como usted me enseñó, lo hice dos veces pero no dio resultado.
- Bueno esto ya es más complicado, déjeme ver.

Revisó con cuidado cada ladrillo, el tiraje del hogar, tomo medidas de la boca de la estufa, de la profundidad, miro por dentro, subió al techo, valoró la chimenea, no encontró nada importante, quedó pensando. El viento, debe ser el viento. Bajó.

- Esta muy frío afuera don Jorge, y usted alla arriba. ¿No gusta un té caliente? tómese un descanso. La voz no denotaba sentimientos, solo deseo de servicio, el hombre respondió en el mismo tono, campechano.
- Y no le voy a decir que no señora Susana, le agradezco. Esta humedad me hace doler la espalda, ya no estoy joven para andar trepando techos.
- Bueno - dijo ella - tampoco es usted un ancianito.
- No, pero tampoco soy un jovencito.
- Es cierto, ya no somos jóvenes. No lo tome a mal.
- Faltaba más.

Y así siguió la charla, la hora era propicia y después del té, surgió la posibilidad de comer alguna otra cosita.

- ¿Gusta unas galletitas? Son caseras.
- Y no me niego, cuando la factura es tan buena tengo facilidad para el “si”. ¿Sabe que?, creo que el problema es que tiene poco tiraje, el viento se pone en contra y mete el humo. Vamos a hacerle lo que he llamado "veleta de humo".
- ¿Usted lo hace?
- Si, son “periféricos” de la estufa, yo los hago, yo los invento y yo los coloco.
- ¡No me diga! ¿Periféricos?
- Así les he puesto, porque son cosas que pongo por fuera de la estufa en sí. Este dispersor se trata de una especie de sombrero que cubre la boca de la chimenea, tiene un sector vertical que funciona como una veleta y todo esta sobre un rulemán viejo de auto. Cuando el viento sopla, el aparato gira y el hueco siempre queda protegido, nunca se mete el humo. Mañana me pongo a hacerlo - ya tomé las medidas - y en un par de días lo tiene puesto.
- ¡Que inteligente! Pero mire que no hay tanto apuro, usted también tiene que vivir con su familia, ahora viene el fin de semana.
- No señora, yo soy solo. Tengo todo el tiempo para mis cosas.
- ¿Ah... usted también vive solo?
- Si, doña Susana, fea cosa la soledad ¿no?
- Si fea cosa, bien dice. así lo quiere Dios. Por cierto ¿No será muy caro el dispersor ese?
- Precio para una amiga, doña Susana, y si no puede pagar, no importa.
Y la charla siguió por otras sendas, don Jorge volvió tarde a su casa. Unos días después apareció con el “periférico” pronto.

- Pase don Jorge, ya me extrañaba…
- Me lo imaginaba. Pero la demora fue por la dificultad de encontrar buena hojalata doña Susana, ¡pero mire que preciosidad!.
- Es que yo no entiendo nada de eso don Jorge, si usted dice...
- Claro que sí, ahora el tránsito del aire va a ser mejor, esto protege de interferencias y hace que la velocidad del humo aumente muchísimo. Subo y en un periquete lo tiene pronto, después me dirá.
- Quédese tranquilo, hágalo despacio y no se vaya a caer.

Una hora después el hombre había concluido su trabajo, bajó tosiendo.

- Disculpe la tosedera, señora, pero ando con el pecho apretado.
- ¿No gustaría un te con guaco?, tiene una tos fea.
- Le agradezco. Es el frío que mete el viento. Arriba sopla bastante y además como no dejo el cigarro...
- ¿Usted fuma? que raro, aquí nunca ha fumado.
- Fumo muy poco Doña y en su casa no fumo por respeto. Así me enseñaron de chico.
- Tal cual, ese respeto que hoy por hoy... – dijo ella moviendo la cabeza a los lados -
- Es como usted dice, son otros tiempos. – él también quedó moviendo la cabeza -

Doña Susana estaba empecinada en que el hombre se alimentara mejor.

- Ya se ha hecho tarde y usted vive lejos. ¿No quiere comer algo para el viaje?.
- No doña Susana, es muy tarde, tengo que caminar mucho y no quiero ponerla en gastos.
- Ningún gasto, estas croquetas quedaron del medio día, están muy ricas. Las pongo en una bolsita y se las lleva a su casa. Allí come tranquilo y no tiene que pensar en la cena.

La semana siguiente volvió a sonar el teléfono en la casa del especialista.

- Hola... Don Jorge?
- Si, dígame.
- Soy yo Don Jorge, Susana.
- Ah, Susana… perdón señora Susana, dígame.
- Esta bien Don Jorge, faltaba más, dígame Susana simplemente.
- Bueno, entonces usted también tutéeme, por favor.
- Bueno… don Jo… digo, Jorge, mire, ahora hay menos problemas pero no da tanto calor como antes, todavía tira un poquito de humo, pero ni comparación, la verdad.
- ¿Precisa que me de una vuelta?
- Y si fuera posible si, porque hace mucho frío y como pasado mañana es mi cumpleaños vienen unas tías y unas amigas. Se van a resfriar, gente vieja, gente friolenta.
- ¿Muchos?
- Si, son varias personas que llegarán.
- No, le pregunto por su edad, aunque ya se que esto no se pregunta a una mujer.
- Ah! eso nunca me ha preocupado. Ya llegamos a los 54. Y mire que no me quito nada
- Es una jovencita, yo estoy cerca de los sesenta ya, unos mesitos no más y los cumplo.
- Mire usted que bien los lleva, yo le daba menos.
- No se lo creo pero no importa. Bueno no puede pasar el cumpleaños con frío. Delo por hecho, mañana voy de tardecita.

- Feliz cumpleaños Susana, aquí tiene una botella de buen vino casero. Lo hago con mis propias viñas, espero que le guste.
- ¡Pero Jorge, no era necesario!
- Es un placer.
- Bueno, si insiste.
- Le digo Susana que ahora su problema ya no es por el viento, ahora parece ser que la subida se ha tapado con resina... ¿que madera quema?
- La verdad la más económica, la pensión no da para más. ¿Otro vasito de vino?.
- No gracias, no soy de mucho tomar. ¿Le ha gustado?
- Es muy rico, la verdad.
- Bien, de la madera le digo que ese es el problema, porque cuando son muy resinosas y algo verdes - aquí tengo un tronco y lo estoy viendo – le hacen mal a la estufa. Esto es como una enfermedad para la chimenea. La enfermedad entra sola, viene con la leña que compra, es una peste. Usted ni cuenta se da y cuando quiere acordar le hizo daño y se le tapa. Tiene que ver de comprar leña seca, de confianza, y mejor si mezcla rolos finos con alguna leña dura para que dure. Y mire el ladrillo. Cuando hicieron esta estufa no tuvieron en cuenta que había que hacer estas paredes con refractario.
- ¿Ladrillo refractario?
- Si, uno más clarito y duro que refleja el calor. Si no mejora la calefacción le hacemos el cambio, no sale muy caro porque hay que poner pocos ladrillos. Usted me dirá.
- Esta estufa tiene años y años, la hizo mi abuelo, quien sabe si en esa época existían esos ladrillos. Mire Jorge yo le tengo mucha confianza. Lo que usted diga. ¡Cállense caramba, Sultán, Príncipe! ¿Por que será que ladran tanto estos perros?
- Es que ha pasado la vaca de la vecina por el jardín de la casa – don Jorge miraba por la ventana del frente - se pusieron nerviosos.
- A mi no me hacen caso, los tengo muy consentidos.
- Déjeme a mí – dijo el hombre y con una voz ronca y medio aflautada, impropia para un italiano pero perfecta para un hombre de campo, dio la orden: ¡Camine a echarse cuzco lambeta! .

Ante el asombro de la mujer los perros quedaron quietitos y callados, como en misa. Enseguida se sintió en el mismo tono sonoramente: ¡Vaya p´afuera botonero viejo!" .

Los bichos desaparecieron por la puerta del fondo de cola entre las patas.

Doña Susana quedó evaluando la situación y después pensó: "Lo que es la voz de un hombre..." Hacía mucho que estaba sola, pero se estaba acostumbrando al tonito italiano de la conversa de Don Jorge y se sentía bien con la companía.

Un par de semanas mas tarde la chimenea estaba sin hollín y los nuevos ladrillos refractarios hacían que la vieja estufa diera un calorcito excelente por primera vez en su existencia. Ya los perros le saltaban mimosos cuando lo veían y respetaban su voz de mando.

Al terminar otra visita para asegurarse que todo estaba bien, saliendo de la casa se sacó la boina y le dijo tímidamente: “Cualquier cosa me avisa, Susana, ¿sabe? y el puchero que hizo hoy estaba riquísimo - sin desmerecer la lasaña del otro día, que le quedó de campeonato - hacía mucho que no comía tan sabroso.”
Ella le contestó comprensiva: “Es que un hombre solo no se cuida.”
Él asintió: “Y si, yo me arreglo con un churrasquito, algún huevo frito y ya está. Eso si, vino tinto no puede faltar, yo soy italiano, usted sabe.”
- Claro que sí, me alegra que le haya gustado la comida, quede tranquilo Jorge, quede tranquilo. Si tiene que volver haremos ravioles caseros, ya va a ver que bien me quedan, me lo enseño mi abuela, que era italiana como usted.
- Ah, pero si me lo pone así, seguro que vuelvo, ahora voy a cruzar los dedos para que la estufa tenga problemas.

La visita terminó con las risas de ambos.
Pocos días después sonó el picaporte en la casa de Susana. Era Jorge.

- Es que pasaba por el barrio y me dije: Vamos a preguntarle como va la estufa, no me ha llamado y tengo curiosidad. Por eso aquí me tiene.
- No se si viene por la estufa o por los ravioles prometidos.
- Bueno, para que mentir, un poco por cada cosa, la verdad. Y se puso colorado.
- La honestidad es una perla muy buscada, Jorge. Le cuento que la estufa va muy bien, nunca había dado tanto calor. Los perritos duermen patas arriba enfrente al fuego. Por cierto, mis tías estaban sudando aquí adentro, la pasamos muy bien.
- Bueno, me alegro muchísimo, vuelvo para mi casa entonces – mientras decía esto estrujó la boina con las manos y ella lo notó – cualquier cosa me llama, Susana. Que tenga buenos días.
- Así lo haré, no lo dude.

Pasada una semana más de soledad y muchas horas de pensamientos frente a una estufa que funcionaba perfectamente, Doña Susana terminó de estirar la masa de ravioles en la cocina, puso a calentar despacito el relleno de carne picada sazonada, después subió con cuidado al techo y medio tapó la chimenea con pasto seco, como si un pájaro hubiera anidado allí.

La estufa comenzó a tirar humo.

Ella fue al teléfono.

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