lunes, noviembre 20, 2006

Posted by Picasa Así lo hacia el abuelo.(Con cariño a la memoria de Primitivo Ibarra, oriundo de los pagos de Achar.)


El abuelo, ¡qué recuerdos su nombre!: Bonifacio.

De estar horas sentado pulseando los recuerdos, entreverado con vivencias de otros tiempos, jornadas en montes lejanos cuerpeando las carabinas coloradas a puro poncho blanco y coraje, siempre en primera línea aun sin entender demasiado los motivos, pero allí, firme, con el caudillo.

Bastaba solo una arenga del General para lanzarse al entrevero de divisas con la sangre hirviendo, a lanza seca y tocando a degüello, pronto a dejar la vida si cuadraba.

Él había servido con Chiquito Saravia hasta su muerte. Él vio su muerte. Estaba cerquita y no pudo evitarla. No pocas veces sus ojos se humedecían al recordar y por momentos estaba otra vez en Arbolito, oía los clarines a lo lejos, le volvía ese olor a pasto, pólvora, sangre, sudor y barro, sentía el resoplar de las monturas, el ruido de los sables, el retumbar del Mauser gubernista, los gritos de dolor y de coraje, las balas silbando muy cerquita. Mientras contaba de cuando casi niño, ya era un hombre soldado, la cara le quedaba tensa, seria, sus ojos por momentos dejaban el presente y volvían a aquel pasado porque así era de grande su pasión por la divisa. Pero enseguida la tensión aflojaba, la serenidad del rostro anunciaba que llegaban recuerdos diferentes, de los incontables que pueden acumularse cuando se vive casi un siglo. Y así pasaba las horas en su rincón preferido, frente a la higuera centenaria, en ocasiones conversando con seres nvisibles, otras enojado con su sombra o riendo sin motivo con la mirada mansa de sus ojos viejos y esa sonrisa que da el tiempo a las almas buenas.

El abuelo se acercaba a los cien años y a su cuerpo le costaba obedecer la mente. Pero aún con dificultades, cumplía su rutina. Ayudaba pelando papas y boñatos, preparaba las chauchas, limpiaba el patio de la casa y con que placer, con que respeto, podaba las plantas y arreglaba la tierra. Que lindo verlo reír con nietos y bisnietos, conversar con su gato Catunga entre ronroneos y acariciar cariñoso a su perra fiel, la Negrita, esquivando sus lengüetazos; el felino durmiendo en su falda las tardes frías y el can echado a sus pies atento a todo. Pese a la prohibición médica, el cimarrón nunca podía faltar en las mañanas, y si llovía, las tortas fritas eran algo sagrado, así se le iban yendo a Bonifacio los últimos días de su calendario, rodeado del amor de la familia.

Estudiaron la casa por un tiempo, preparando una acción breve y jugosa, porque sabían que el viejo loco estaba en el fondo todo el tiempo, que los lunes el hombre salía temprano a trabajar y a medio día la doña llevaba los hijos a la escuela. Quedaba solo el viejo. Perro bravo no había. La puerta estaría abierta como es costumbre en los pueblos chicos así que entrar no era problema.

Se habían interesado por las antigüedades que vieron al pasar por una ventana y cuando el reducidor de la ciudad confirmó que eran valiosas, prometiendo un buen dinero sin preguntas, lo decidieron. Esas porquerías se venden bien en el extranjero y ellos no eran de esos pagos y cuando los "canarios" se dieran cuenta lo que pasaba ya estarían lejos.

Rápido, fácil, sin riesgos, limpio y productivo. Ideal para un malandro.

Ese medio día desde el auto estacionado enfrente vieron salir a la señora con los pibes, los dos con sus túnicas blancas y moñas azules, muy prolijos. Demoraría no más de quince minutos en llevarlos y volver.Tiempo suficiente para sus tareas.

El menor de los ladrones comentó:

- Tá buena la doña, se le podría hacer otro, ¿qué te parece Nene?
- No pensés en poyeras ahora Chirola, que estamos pa´otra cosa.

A esa hora el pueblo estaba almorzando o empezando la siesta, las calles casi vacías, no tuvieron inconvenientes en entrar, fueron directo al comedor, entornaron la persiana para evitar curiosos, y comenzaron a cargar en bolsas y cajas los objetos: una gran jarra centenaria de cerámica europea con su palangana del mismo material, exquisitamente decoradas, unos viejos estribos de plata con espuelas, loza inglesa de época, cubiertos de plata con apliques de oro - casi todos recuerdos de un viejo tío estanciero - al igual que el facón y el mate con su base, ambos en plata y oro, donde resaltaban las iniciales del tío artesanalmente trabajadas en oro puro. Y así se fueron apoderando de las cosas que estaban prolijamente guardadas en cajones o presentadas como decoración en las paredes de la casa. Lo frágil a las cajas, lo duro a las bolsas. Sobre el hogar, en un sitial de honor, estaba el sable que un oficial joven del Ejército le había dado años atrás al querido viejo. Había sido de su abuelo, que lo blandió contra los revolucionarios de Aparicio y después de su padre, ambos colorados. Él defendía divisas nuevas pero respetaba las fundacionales y ese respeto a sus mayores le impidió obsequiárselo como quería. Pero deseaba que Don Bonifacio, ese querido viejo enemigo de sus mayores, lo custodiara de por vida, simbolizando su deseo como hombre de armas, de que las luchas entre hermanos fueran para siempre solo un triste recuerdo.

Se lo entregaron un 19 de marzo, aniversario de la batalla de Arbolito, sabían que así agasajaban doblemente ese anciano querido, esa fecha era muy importante en su vida.

No faltó buena comida, se recordaron viejos tiempos, fue un día de fiesta en el vecindario, inolvidable para el anciano, un gran gesto del joven oficial, una custodia que a Bonifacio lo honraba para siempre.

- Nene, esto debe tener su valor también, ¿no te parece?
- ¡Deja esa miérda, Chirola! el tipo no le dio bola, dijo que son fierros viejos sin valor, apurate y terminala que nos vamos.
- No tendrá valor pero me gusta - dijo el malandro chico y se puso a revolear el sable por el aire – me gusta y me lo llevo, carajo, y lo tiró dentro de la bolsa.
- Sos un gíl - el Nene estaba enojado - parecés un gurí, terminala, ya está todo, vámonos. Y cargando una bolsa fue a abrir la puerta.

La nieta de Bonifacio casi llegando a la escuela se acordó que no había apagado la cocina y la comida se le iba a quemar. Apuró a los chiquitos, los dejó en la clase y volvió corriendo. Si tenia suerte, evitaba el desastre culinario. Llegó a la casa preocupada y entró de golpe.

El Nene no llegó a tocar la puerta porque se abrió brúscamente y la mujer lo pechó, cayendo los dos al suelo. Antes que saliera de su asombro, una mano fuerte le tapó la boca y no pudo gritar.

- Mira a quien tenemos aquí – dijo Chirola - ¿Hoy te apuraste muñequita? parece que sabías que te quería conocer.

Ella comprendió la situación, pero no podía hacer nada. Observó el desorden, agradeció mentalmente que no estuviesen los niños, decidió no resistirse y dejar que los malvivientes se fueran. Trató de controlar sus nervios. El Nene la encaró enojado:

- ¡Hoy tenías que apurarte mina de mierda! ¡Justo hoy! - él conocía a su compañero e intuía lo que se podía venir - quedate quieta que ya nos estábamos yendo, no nos mirés la cara, ¡mira p´al piso carajo!, portate bien y no pasa nada.Pero las ideas del menor eran otras.

Tenia el cuerpo femenino contra él, le tapaba la boca con una mano y con la otra le acariciaba la barriga, los muslos, los senos, el sexo. La apretaba más hacia él y sentía las nalgas tensas.

- Pará un poquito loco, pará que aprovechamos y tenemos fiestita, mira que buena que está esta mina. Pero el Nene no quería problemas.
- Dejate de joder y vámonos que hay minas por todos lados
- ¿Sos puto vos? ¿No te gusta esta mina? mirá Nene: aquí no hay nadie, nadie va a joder, si querés te vas, pero yo voy a gozarme esta minita. Y dicho esto le apretó fuerte la entrepierna.
- Vos estas loco pibe, debes estar enfermo, pero está bien, ganaste – lo sabía agresivo y brutal, así que decidió no interferir más por las dudas, su propia salud podía estar en juego – dale rápido y vámonos. Si esta buena capaz que te acompaño. (No le había gustado que dudara de su machismo)

Ella no podía gritar, pero intentando defenderse con el talón le dio un golpe tan fuerte en la punta del dedo gordo del pie a su captor que lo hizo aflojar un poco la mano y pudo morderle con todas sus fuerzas los dedos.

El tipo gritó, alcanzó a soltarla, ella pudo gritar pero un certero golpe de puño la dejo desmayada en el suelo. Chirola comentó:

- Así me gustan más. Que se defiendan, es mas lindo. La dio vuelta, y separándole las piernas con los pies comenzó a aflojarse los pantalones. La situación lo había excitado mucho.

El abuelo sintió unos ruidos extraños en el frente, el gato saltó de su falda y se alejó prudentemente hacia el fondo. La perra tenia el lomo encrespado y gruñía mirando hacia adentro. Decidió investigar.

Despacio fue hacia la puerta del patio y la abrió. Negrita entró corriendo, en un ladrido solo, él la siguió. Ahora alcanzó a oír un grito apagado, un golpe y voces masculinas que no conocía.El ladrido alertó al Nene que ya sabia como era el perro, así que solo lo esperó y lo levantó de una patada. El bicho aulló dolorido, retrocedió rengueando y pasó quejándose entre las piernas del abuelo que en ese instante entraba al cuarto.

Al verlo, el mayor lo enfrentó, empujándolo violentamente. Perdiendo el equilibrio, Bonifacio se golpeó la cabeza en la pared y cayó quedando inmóvil, semidesvanecido.

- ¡Por tus imbecilidades capaz que maté al viejo de mierda! ¡Vámonos carajo! no compliques más las cosas, deja esa mina y vamos.- Ahora la única intencion del Nene era irse, y rápido.
- Ese jovato no jode a nadie, y no me voy a ir así, vení ayudame con este bombón, mirá que blanquita que es... que suavecita... Estaba muy excitado, fuera de control, completamente irracional. Su complinche no quería provocarlo más y decidió esperar que se sacara las ganas, después se tranquilizaría. Nervioso, quedo mirando la calle por la ventana entreabierta, vigilante.

Bonifacio comenzó a despabilarse. Le dolía todo el cuerpo, la rodada había sido brava. Se levantó con dificultad y vio a un gubernista trabado en lucha arriba de otro criollo. Le pareció reconocer a su Coronel. Recordó que había caído del caballo y estaba herido de bala en el costado. Recordó también que un oficial lo había sableado en la cabeza cuando ya estaba indefenso. Lo estaban ultimando. Una fuerza interior inexplicable lo hizo avanzar hacia el enemigo y se dejó caer sobre él agarrándole el cuello. Liberaría a Chiquito.

La excitación tenia al Chirola fijo en la mujer y no lo vio llegar. Con facilidad se soltó y dándose vuelta lo empujó con saña hacia atrás, haciéndolo caer nuevamente sobre las bolsas del botín. Lo puteó y echando mano al revolver que tenía en la cintura se levantó gritando: - ¡No vas a joder más carajo! Dio un paso hacia el viejo olvidándose que tenia bajos los pantalones, trastabilló y también cayó al piso aparatosamente.

El canijo colorado era fuerte, lo había revolcado. Bonifacio vio un bulto con armas caído a su lado, desesperadamente intento hacerse de una antes que lo ultimaran. Entre ellas apareció un sable.

El Nene, que estaba distraído mirando para afuera, reaccionó al sentir el ruido de los cuerpos rodando en el piso de madera, vio al viejo intentando agarrar el sable y a su compañero entreverado con los pantalones, que con dificultad se levantaba arma en mano. Le gritó:

- No tirés, animal, que todo el barrio se va a enterar... el loco quiere agarrar el sable, sacáselo y ya está. ¡Pensá, loco, pensá!

El Chirola, aguantando los pantalones con una mano saltó sobre el anciano, con la otra agarró el sable y blandiendo la vieja arma le dijo:

- ¿Esto querés?, te lo voy a meter en el culo viejo maldito.

El oficial gubernista blandía el sable sobre su cabeza, era el mismo que recién había sableado al Coronel herido. Bonifacio no lo pensó. Fue un movimiento instintivo, él no quería el sable que era arma de oficiales, los soldados utilizan lanzas y facas y la suya se le había caído en el revolcón. Pero ya la había encontrado entre el pasto. No dudó, se la enterró hasta el mango y sintió el calor de la sangre en su mano. Volvió a apuñalar y giró la hoja en el cuerpo del enemigo. La muerte de ese hijo de puta era segura.

La cara de Chirola adoptó una expresión de asombro, perdía fuerzas, se miró la barriga, vio la ropa enrojecida, soltó el sable y al viejo, tocándose la herida quiso hablar pero un borbotón de sangre no se lo permitió. Cayó muerto de ojos abiertos, con el viejo facón del tío estanciero, mango de plata y oro, con sus iniciales artesanalmente trabajadas en oro puro, enterrado en el estómago.

Eso fue demasiado para el Nene, que despavorido tiró todolo que tenia en las manos y solo atino a salir corriendo. Todo había sido tan rápido que no llegaba a entender lo que había pasado.

Bonifacio vio que el otro soldado gubernista retrocedía de su posición y volvía hacia sus filas, el cobarde juyía. Bajo unas ropas vio moverse un cuerpo, ¿todavía estaría vivo?. Paso por encima del enemigo muerto y se arrastró hacia su Coronel. Con cariño lo apoyó en su cuerpo y le levantó la cabeza, lo vio abrir los ojos. ¡Estaba vivo! ¡Chiquito Saravia estaba vivo!

La nieta recuperaba la conciencia. Vio la cara borrosa del abuelo, sentía que le decía algo de un coronel -” Mi Coronel, los corrimos mi Coronel” - aun aturdida vio el cuerpo ensangrentado del que la había querido violentar, el otro no estaba, la puerta de la calle abierta, la perra rengueando, todo revuelto...

- Abuelo: ¿qué pasó? ¿Qué pasó con los tipos?L

a cara de Bonifacio aflojó la tensión, los ojos retomaron la mirada dulce y pacífica. Ella se dio cuenta que estaba otra vez en el presente, con ella.

- Que le pasó m´hijita, ¿se cayó? - la voz era calma - todo esta desordenado... ¿y ese quien es?

La nieta no entendría nunca ese quiebre del tiempo. Vio al abuelo agitado, con hematomas en la cara y las manos ensangrentadas. Le arregló la ropa, lo ayudó a ir al baño y a lavarse, llamó a la policía y luego se sentaron en el patio. Preparó un tesito de tilo para los dos, para tranquilizarse - en realidad ella era la que lo precisaba, porque Don Bonifacio ya estaba tranquilo - acariciaba su perra y le preguntaba:

- ¿Qué le pasó Negrita, que esta renga? ¿otra vez se peleó con sus vecinos? ¡que perrita sabandija caramba! y con cariñosas palmaditas suaves le quitaba el dolor al animal que, complacido, echándose al piso le ofreció su panza a las rasquiñas.

La nieta no se animaba a preguntar. Le parecía imposible que el abuelo solo... no lo podía entender, después del golpe no recordaba nada. Cuando juntó valor le dijo suavemente:

- Abuelito: ¿que pasó en la casa?.El hombre miró a la nieta asombrado, y le contestó preguntando:

- ¿En la casa...qué pasó en la casa?. Sabe m´hija, estuve pensando, no sé si fue un sueño, pero me parece que al final salvé a mi Coronel Chiquito Saravia. ¿Lo pude salvar?, ¡que lástima que estoy tan viejo que los recuerdos se me entreveran!... que rico está el té m´hijita.

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