sábado, noviembre 18, 2006

Posted by Picasa El Cabo Antelo y el lobizón


De todo el destacamento, el Cabo Nicanor Antelo era el más corajudo, instruido - dentro de sus posibilidades- obediente y respetuoso de las leyes, de sus superiores y de la gente.

De hogar muy humilde y corazón grande, siempre fue el primero para ofrecerse cuando se precisaba de una mano amiga, el primer comedido en cumplir ordenes temerarias y le sobraban ganas de servir a su patria aun a riesgo de su vida si la situación lo exigía, por eso la gente del lugar lo apreciaba, sus compañeros de armas lo querían y respetaban.

Eso si, era muy, pero muy supersticioso.

Ese Viernes 13 de marzo llegó a la villa el Coronel Gabriel Pereira de gira de reconocimiento por los parajes mas apartados de la joven Republica.

Luego de las inspecciones de rigor, los recibimientos, trabajos e intercambios profesionales, se dio orden de descanso y como bienvenida la oficialidad brindó al destacado visitante una comida tradicional: asado con cuero, chorizos, morcillas, acompañados de buenas ensaladas y postres caseros. Fue tanto, que pese a que todos comieron a voluntad terminó sobrando.

Ese día especial no falto vino a discreción para los solados y para la Oficialidad tenian reservado ron cubano en un barril grande traído desde el puerto, parte de una gran importación reciente y donado por el acomodado importador a los jerarcas militares.

El barril los acompañaba desde el inicio de la gira de inspección celosamente guardado por la guardia personal del Coronel y conservaba unos cuantos litros en sus entrañas de roble gracias a la estricta orden de: "Para la Oficialidad", bien cumplida.

Cuando los alcoholes hicieron efecto, comenzaron las conversaciones de motivos variados, derivando los cuentos hacia anécdotas personales y así, de a poco, ayudados por día y fecha tan especiales, terminaron refiriendo innumerables historias de aparecidos, vampiros y lobizones.

Al cabo Nicanor Antelo estaba entre el personal de servicio esa noche
- por lo que no pudía degustar nada alcohólico - y como su puesto de guardia quedaba cerca del fogón de la Oficialidad sin quererlo escuchaba - de mala gana - los cuentos del mas allá.

Tenia la piel de gallina y le parecía ver sombras moviéndose entre los chircales.Una de las tantas historias versaba sobre la vida del Doctor del pueblo, José Ignacio Palermo Mació, viejo vecino del lugar, conocido por todos y curiosamente séptimo hijo varón de diez hermanos. La niña tan esperada nunca llego a esa casa

"¡Séptimo hijo varón! seguro es lobizón" penso Nicanor que conocía al médico desde siempre - habia asistido su propio nacimiento - pero desconocia ese detalle fatídico. "Seguro lobizón" pensaba nervioso.

Cuando todos dormían y sólo el personal de guardia se mantenía alerta, un gran mastín marrón que había acompañado una de las tropillas de las estancias se acerco al fogón atraído por el olor a restos del asado.

Apareció por el costado de las casas del comedor de Oficiales justo cuando el Cabo Antelo pasaba caminando por el lugar.

Al perro hambriento el olor a carne asada le llenaba la boca de saliva, haciendole colgar baba de las mandíbulas. Al ver al hombre el mastín quedo quietito, moviendo el rabo.

A la luz del fogón a Antelo le pareció que los ojos del animal eran rojos y ese tamaño de perro no lo tenia visto en la villa, era tal el susto que lo veía mucho mas grande, como un ternero. Temblaba, seguro de estar frente a un lobizón.

"¡El doctor de seguro es el doctor transformado! - penso enseguida porque era viernes 13 y noche de luna llena - ¡justo a él le tenia que pasar!"

Un frío le corría por la espalda y quedo de inicio petrificado por el horror, luego su instinto militar lo hizo reaccionar y preparo la carabina para disparar, pero desistió del intento pensando en el galeno.

Y entonces juntando coraje de la nada, decidido, pese a su desesperacioón se paro firme y mirando al mastín con el dedo crispado en el gatillo dijo:

"¡No me comprometa, Dotor Palermo, le ruego no me comprometa, por favor Señor Dotor!"

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