viernes, noviembre 24, 2006

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El jardinero




El amor a sus mascotas era conocido por todos los vecinos del barrio.

Tenía muchos perros y gatos y a todos los alimentaba y cuidaba cariñosamente, limpiando con tolerancia franciscana las necesidades biológicas de los animalitos.

La pulcritud de la casa y los amplios jardines demostraba su perseverancia, evidentemente generada por el gran amor a los bichitos que tenía, algunos desde cachorritos, la mayoría recogidos de la calle.

Los vecinos atribuían todos los esmeros del hombre a su soledad.

Hacía años vivía en la zona, lo conocían bien, todos lo recordaban recién llegado, con su madre al principio y luego aquel señor – antiguo amigo de la familia - por el que la señora tenia tanto cariño.

Como la atracción era mutua, al poco tiempo decidieron legalizar la situación y maduros ya, se casaron para juntar sus nostalgias, sus penas, sus alegrías.

El matrimonio civil fue una reunión hermosa que todos los del barrio recordaban. Al poco tiempo dejaron de verlos.

El hijo les hizo saber que habían decidido irse al sur a iniciar una nueva vida, porque a fin de cuentas no eran tan viejos y era una nueva oportunidad para ellos. Él no había querido ir porque decía - era entendible - que pese a ser su madre, se hubiese sentido como una carga para ellos y además no era chico y tenia sus propias metas.

Prefirió quedarse solo.

Desde ese entonces comenzó a acompañarse de animalitos. Todos los moradores cercanos querían mucho al muchacho, les generaba una mezcla de simpatía y lastima, verlo solo, tan trabajador, tan prolijo y preocupado por sus mascotas.

El hombre era el cliente preferido de los veterinarios. Lo adoraban, en especial por su desprendimiento económico. Pero pese a los cuidados, de vez en cuando alguno de los cuadrúpedos cumplía su ciclo y él tenía la costumbre de enterrar las mascotas muertas en el jardín, colocando sobre la tumbita un arbolito. Solía decir - era su frase predilecta:

- “El que se fue, vuelve en verde, en ramas, en flores, está aquí con todos, no nos abandona, nos regala su aroma, el ruido del viento al acariciar las ramas, el fresco de su sombra protectora, no nos cambia ni traiciona,se queda para siempre con nosotros”.

Los amigos lo ayudaban en esa noble tarea ecológica y así los jardines antes descuidados y yermos ahora eran cada vez más hermosos. Era una figura respetada, de buenas costumbres y muy querida.

Su orgullo mayor eran dos frondosos pinos canadienses que había plantado juntos en el jardín del fondo, los primeros de la serie, unos cinco años atrás...

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