jueves, junio 28, 2007



La dulce María





El matrimonio de Nepomucemo Indarte había pasado todas las pruebas que pueda usted pensar en los treinta y un años que llevaban juntos.

Tres décadas atrás, él, de 42 y ella, María Clodomira De Souza de 18, iniciaban una vida común de trabajo y lucha que seria bendecida con 9 hijos vivos de los 14 embarazos que cursó.

El menor aun vivía con ellos y los demás estaban aquerenciados cerquita,
eso lo permite la vida en el campo profundo, lejos de la civilización.

Trabajar la tierra de otros - si el trabajo deja buena ganancia para el patrón – no es problema, como tampoco lo es el permiso para hacer un ranchito de barro y paja en algún confín del horizonte, en estancias casi cimarronas (sin aportes tecnológicos), con ganado orejano (salvaje) y ganadería extensiva (se preñan segun Dios mande, sin ninguna planificación técnica). América, nuestra América abandonada y explotada.
Pero el asunto no es este.

Nepomuceno y María Clodomira habían vivido. Con todos los rigores recibidos, según fue su destino, pero habían vivido y estaban preparados para los nietos que tenían y los que estaban por venir.

Ese mes la menstruación de María Clodomira no fue normal, salió una sanguasa amarronada y tuvo algún leve malestar digestivo, que curó con carqueja en el mate y tizanas. Pero pasaron varios meses y siguió con la retención.

Como María Clodomira es gordita, nada en su figura hacia pensar algo nuevo, pero a ella le atormentaba la duda porque tenia un presentimiento que no quería trasmitir al marido, esos no son temas para hablar con los hombres. Se lo comentó a su comadre y a sus dos hijas mayores.

Entre todas si, decidieron decirle a Nepomuceno y finalmente fueron hasta el centro poblado mas cercano, a conversar con el medico de Salud Publica, viejo amigo de la familia. La comadre opinaba que la barriga dura eran gases y la falta era la edád.

Las hijas no estaban tan seguras. El padre era viejo pero su actividad sexual podía ser envidiada por mocitos jóvenes, aunque no daba para pensar demasiado: el menor tenia 26 años y en todo ese tiempo nada había pasado. Seguro era la “edá”.

Cinco leguas a caballo no son changa para nadie, pero se hicieron callados porque no se consiguió conducción y el humilde masca callado su dolor.

El medico rural fue categórico: "¿Cuánto hacia que no nos veíamos, viejo sabandija?" - dijo con cariño encarando a Don Nepomuceno - si todos fueran como ustedes los médicos nos moríamos de hambre, che.

"¡No vai sienojar por la salud de los otros, dotor!" - retrucó el hombre de campo con rapidez - pero ya ve, a la larga tenemos que venir.

El galeno estaba alegre: "Es una alegría machaza, Nepomuceno, y dirigiéndose al resto de la familia preguntó: "¿Como andás María Clodomira, como andan, gurises,que los trae para consulta?".

Y allí le contaron lo que estaba aconteciendo con el retraso.

El medico revisó, dudó, pero prefisió tranquilizar a la familia de momento.

"Debes ser la edad, ese vientre ya cumplió, esta gordita seguramente por la buena vida, se ve que comida no falta, pero para estar totalmente seguro y antes de darle remedios vamos a pedir unos exámenes. Después me traen el resultado".Y asi lo hicieron. Fueron a la Capital a 150 kms. volvieron y esperaron nerviosos.

Tres semanas mas tarde la ecografía era categórica, MariaClodomira, contra todo pronóstico, cursaba un embarazo de mas de 6 meses.

"¡Que mujer bárbara che! ¡Que mujer bárbara! – el doctor no salía de su asombro - y vos también Nepomuceno, sos una fiera. Para estar tranquilos - por la edad, ¿entienden? – habría que hacer otros exámenes en la capital, pero son caros y a esta altura de los acontecimientos no arreglamos nada. Así que será lo que el destino quiera".

María Clodomira nunca había intervenido en las conversaciones del marido y el medico, solo se sonreía a veces, otras quedaba seria intentando entender el idioma difícil del facultativo y otras se sonrojaba por las picardías y ese embarazo no esperado.

Luego de tanto tiempo debería parir nuevamente y como siempre, esperaba hacerlo en las casas, pero esta vez el medico, preocupado por su edad, la quería hacer parir en la ciudad. Ella escuchó y no dijo nada.

Tres meses después, cuando sintió que se venia el gurí, solo esperó a último momento, a que no hubiese tiempo de traslado, la fuente se rompió y parió allí mismo, en las casas, donde siempre había parido, como ella quería. Dejó al medico esperando en el hospital.

Nació un varón. Pero con problemas serios.

A la semana los visitó el medico y se los confirmó: “Sindrome de Down” dijo, con malformaciones y un quiste en la espalda que seguramente le impediría caminar. Mongólico, pensaron.

Nepomucemo entró en un cuadro depresivo severo y se pasaba lejos de las casas todo el día. María Clodomira se prodigaba en atenciones con el niño porque el simple acto de comer era un drama, se le atoraba continuamente, tenia accesos de tos que casi lo asfixiaban.

El propio médico les había comentado que la vida iba a ser muy difícil, que era una especie de prueba que Dios les ponía y otra serie de palabras intentando ayudar.

El niño sufría, Nepomucemo sufría y los vecinos a María Clodomira la terminaron rebautizando “La Dulce María” por el amor que prodigaba a ese ser tan inferior y tan débil.

Pero María Clodomira sufría, sufría mucho y en silencio.

La familia entera pasaba por momentos muy difíciles. María quería cada vez mas a su hombre, lo veía dolido, callado, avejentado y sin embargo jamás sintió un reproche de su boca. Estuvo siempre junto a ella en todos los momentos.

Tenia que seguir luchando mientras tuviese fuerzas, por suerte los otros muchachos ya estaban grandes y criados.

Llegó un día en que el menor no soportó ver las escenas en la casa, las toses, el dolor, los llantos escondidos, la ruptura de costumbres. Una mañana dejo una nota diciéndoles que los quería demasiado para verlos sufrir tanto, pidiéndoles tiempo para pensar y que ya volvería, pero ahora precisaba estar un poco solo. Ensilló de madrugada y se fue.

Nepomuceno veía al pequeñito revolcarse en la cuna, con dificultades para tragar, para respirar, afiebrado, paralítico y lo destrozaba ver el sufrimiento que a ese inocente le representaba el simple hecho de vivir.

La Dulce María se desvivía en atenciones pero su silencioso dolor la estaba haciendo envejecer rapidamente, dolida por la situación, más le dolían la familia y su esposo, pero no encontraba solución, había que seguir, eran cosas de Dios.

El entierro fue muy simple, una pequeña tumbita blanca entre otros entierros viejos en la misma estancia, cerca de las casas. Un túmulo pequeño hecho con ladrillos y pintado a la cal sobre el que en una simple madera se leia:



“Isidoro Manuel Indarte De Souza
es un angelito en el cielo”
Al parecer se atragantó tomando la leche, vomitó y respiró su propio vómito y no hubo nada que hacer. Llamaron al médico, pero estaba para la ciudad y demoró dos días en ir, cuando llegó ya lo habían enterrado, porque el Comisario, enterado de la situación había dado su autorización.
El certificado de defunción llegó con retraso, cosa normal en esos pagos.
El medico rural los trato con cariño, los aconsejo, se puso a las ordenes, les dijo que era mejor así, por el niño, por ellos y por la familia.
Y la vida volvió a la rutina normal.
Cuando Dulce María vio salir a Nepomuceno del cuarto, pálido y limpiando sus manos con un trapo, intuyó algo.
Ya había sospechado cuando, unos días atrás, el hombre se acercó al pueblo preguntando por el doctor y al volver había dicho que lo buscaba para pedir algún consejo, porque no toleraba mas la situación, pero que andaba para la ciudad, demoraría unos días en volver. Ella hacia mas de treinta años que conocía a su hombre... Nepomucemo no iba a ir nunca al pueblo para esos asuntos, tenia que estar muy desesperado. Algo pensaba.
Lo confirmó cuando vio al niño, en su cuna, despenado.
En un arranque de dolor, como hacía con los capones que estaban agusanados muriendo, Nepomuceno peló el facón y tomando con cariño la cabeza del idiota, mojándose las manos con sus propias lágrimas, lo degolló. Luego limpio la faca, lo arreglo en la cunita, le dio un beso en la frente y lo vio, por fin, sin sufrimiento.
Sin ese enorme peso, fue caminando lentamente hasta el ombú, se apoyó en el tronco noble, prendió un cigarro y quedo horas mirando al horizonte.
Dulce María se cruzó con el hombre, casi sabiendo lo que había pasado. No se impresionó con lo que vio. Termino automáticamente de arreglar la cunita, besó al cuerpecito y lo amortajó. No dijo nada, solo lloró en silencio.
Luego se acercó a Nepomuceno, le puso la mano en el hombro, le secó las lágrimas y quedaron juntos sin decir nada, mirando ocultarse el sol.
Sentían que habían superado algo muy duro en sus vidas, se comprendían mutuamente y el pacto de silencio no precisaba palabras, era de por vida.
Nunca quiso tanto a su esposo como esa tarde, ahora, las cosas serian como antes.
Como antes que llegara Isidoro Manuel.

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