martes, marzo 12, 2019
jueves, enero 24, 2008
Don Jorge el especialista

Don Jorge el especialista
(Dedicado a Susan y Jorge)
Pasaron algunos años y terminó por dedicarse a la fabricación de estufas a leña. Siempre había querido especializarse y esta era su especialidad. Siempre estaba al tanto de los últimos adelantos y él mismo confeccionaba los nuevos implementos.
En esto estaba cuando doña Susana lo mandó llamar por un problema con su estufa.
Así, ayudado por un balde de lata y una pala, el hombre quitó todas las brasas, luego dejo que se enfriara y procedió a volver a prenderla. En estos trámites pasaron mas de 45 minutos, y quedaron esperando los resultados, lo que permitió una larga charla entre el solterón y la viuda.
- ¿Un tesito, una limonada, don Jorge?
A la semana se repitió el problema y volvió a llamarlo. No le gustaba demasiado depender de gente no conocida y menos cuando era un hombre, era una mujer acostumbrada a estar sola desde la muerte de su marido. La acompañaban solo sus mascotas.
- ¿Otra vez el humo señora?
Revisó con cuidado cada ladrillo, el tiraje del hogar, tomo medidas de la boca de la estufa, de la profundidad, miro por dentro, subió al techo, valoró la chimenea, no encontró nada importante, quedó pensando. El viento, debe ser el viento. Bajó.
- Esta muy frío afuera don Jorge, y usted alla arriba. ¿No gusta un té caliente? tómese un descanso. La voz no denotaba sentimientos, solo deseo de servicio, el hombre respondió en el mismo tono, campechano.
Y así siguió la charla, la hora era propicia y después del té, surgió la posibilidad de comer alguna otra cosita.
- ¿Gusta unas galletitas? Son caseras.
- Pase don Jorge, ya me extrañaba…
Una hora después el hombre había concluido su trabajo, bajó tosiendo.
Doña Susana estaba empecinada en que el hombre se alimentara mejor.
- Ya se ha hecho tarde y usted vive lejos. ¿No quiere comer algo para el viaje?.
La semana siguiente volvió a sonar el teléfono en la casa del especialista.
- Hola... Don Jorge?
- Feliz cumpleaños Susana, aquí tiene una botella de buen vino casero. Lo hago con mis propias viñas, espero que le guste.
Ante el asombro de la mujer los perros quedaron quietitos y callados, como en misa. Enseguida se sintió en el mismo tono sonoramente: ¡Vaya p´afuera botonero viejo!" .
Los bichos desaparecieron por la puerta del fondo de cola entre las patas.
Doña Susana quedó evaluando la situación y después pensó: "Lo que es la voz de un hombre..." Hacía mucho que estaba sola, pero se estaba acostumbrando al tonito italiano de la conversa de Don Jorge y se sentía bien con la companía.
Un par de semanas mas tarde la chimenea estaba sin hollín y los nuevos ladrillos refractarios hacían que la vieja estufa diera un calorcito excelente por primera vez en su existencia. Ya los perros le saltaban mimosos cuando lo veían y respetaban su voz de mando.
Al terminar otra visita para asegurarse que todo estaba bien, saliendo de la casa se sacó la boina y le dijo tímidamente: “Cualquier cosa me avisa, Susana, ¿sabe? y el puchero que hizo hoy estaba riquísimo - sin desmerecer la lasaña del otro día, que le quedó de campeonato - hacía mucho que no comía tan sabroso.”
- Es que pasaba por el barrio y me dije: Vamos a preguntarle como va la estufa, no me ha llamado y tengo curiosidad. Por eso aquí me tiene.
Pasada una semana más de soledad y muchas horas de pensamientos frente a una estufa que funcionaba perfectamente, Doña Susana terminó de estirar la masa de ravioles en la cocina, puso a calentar despacito el relleno de carne picada sazonada, después subió con cuidado al techo y medio tapó la chimenea con pasto seco, como si un pájaro hubiera anidado allí.
Ella fue al teléfono.
jueves, enero 10, 2008
El loco Arturito

El loco Arturito
Le diré que al loco Arturito le encantaba comer todas las semillas, ya fuera de frutas o verduras, que encontraba o le regalaban los vecinos o también las que "robaba" en el almacén con la mirada cómplice del almacenero haciéndose el que no veía para no acercarsele ni discutir con él - ya que el estado higiénico del loquito era deplorable, - o directamente comiendo los desperdicios que encontraba en la basura. Su paladar no hacia diferencias. Cuando encontraba semillas de árboles era igual, no tenia ningún problema en comerlas como golosinas. Verlo pasar horas sacándolas de las piñas de los pinos sentado en cualquier sitio y llevándoselas a la boca para degustarlas era rutina pupular. Hacia recordar la seriedad de los monos cuando recolectan pulgas de sus congéneres comiéndolas una a una. Y de cualquier árbol, cualquiera que fuera apetitoso a sus ojos.
Con el pasar de los años el colectivo se olvidó de que había sido de su familia o de como llegó al pueblito y se transformó en parte de todos. Muchos le envidiaban su salud, ya que le pasaban desapercibidos el frio o el calor y sus costumbres jamás cambiaban. Nunca se quejaba y siempre tenía una sonrisa a flor de labios.
Esto no desagradaba a los habitantes de la villa.
El problema con el loco Arturito era que dentro de su rutina incluía hacer pequeños huecos en la tierra cerca del pueblo - porque en el pueblo no lo dejaban, los vecinos lo corrían a los gritos (aunque no faltaron jardines que amanecían bendecidos por su gracia) - y en cada hueco cagar un poquito. Tenia una precisión increíble para colocar su pequeña cuota de mierda y un excelente estado del esfínter anal cortando el naco como con navaja. Mirando de la plaza del pueblo era común ver el culo blanco del loco cuando estaba cumpliendo su rutina en cualquier descampado en los alrededores del poblado. Los niños lo señalaban riendo y era un permanente motivo de alegría, la mayoría de los adultos movía a los lados la cabeza como signo de tolerancia, diciendo: " Y... está loquito, pobrecito."
Luego de su cagada en capítulos volvía tras sus pasos tapando cada huequito con la madre tierra haciendo alarde de un cariño realmente digno de admirar. Lamentablemente lavarse las manos no estaba en su rutina. Esto generaba una visual externa deplorable y un olor que lo precedía mucho antes que llegara, como a Gengis Kan precedían la fama de sus victorias y su salvajismo.
Esto si desagradaba a los habitantes de la villa.
Pese a que le tenían cariño lo regañaban, cada uno según su nivel de humanidad. Algunos solo lo rezongaban cariñosamente, - incluso superando el desagrado, lo bañaban y regalaban comida y ropa - pero otros lo corrían a pedradas, y si lo agarraban lo molían a palos. Así era de variada la cosa como el propio ser humano es.
Pero el loco Arturito seguía imperturbable comiendo todas las semillas que encontraba, cavando a media tarde sus hoyitos, llenándolos con sus minicagadas milimétricas y por fin culminando con su tarea casi religiosa de tapado. Así el vecindario fue juntando bronca con los años. El sector no tolerante se fue convirtiendo en mayoría. Ya eran muy pocos los que lo ayudaban. La mayoría lo corría cuando lo veía. Arturito venía poco al pueblo, solo a las casas de los que lo querían pese a sus peses.
Pero algo milagroso sucedía en el campo.
Con los años lo que comenzó como unos brotes aislados se fue convirtiendo en una gigantesca huerta donde crecía todo tipo de especies vegetales. Y todo vino con tal fuerza que en poco tiempo un bosque rodeaba el paraje. Fueron llegando animalitos de otros lares, y muchísimos pájaros encontraron un nuevo hogar. Cada vez era más difícil distinguir el culo blanco del loquito.
Al principio los de la villa visitaban el lugar con curiosidad, recogían algunos frutos o verdura para su consumo, pero llegó un momento en que el bosque se hizo tan tupido que era casi impenetrable. Salir del pueblo era tarea difícil. Como siempre sucede cuando la irracionalidad gana al hombre, en vez de preocuparse de organizar su bosque natural y sus riquezas, decidieron encontrar culpables y asi salieron a buscar al loco Arturito para mandarlo al manicomio porque ya los tenia definitivamente cansados. Pero era tarde, jamás lo encontraron. Jamás. Nunca mas lo vieron.
Por fin el loquito vivió feliz. Tenía comida, sombra y cobijo. Él tampoco encontró una salida porque nunca la buscó, quedó a salvo en el medio de "su" bosque.
lunes, diciembre 31, 2007
Mañana

lunes, noviembre 19, 2007
Doce horas más

Doce horas más.
Es común que mi teléfono suene de madrugada, los médicos rurales siempre estamos a la orden, pero inevitablemente me despierto sobresaltado – no puedo acostumbrarme pese a los años – y siempre semidormido contesto automáticamente: “¿Si?.”
“Vení, por favor vení rápido.” dijo una voz muy conocida, trasmitiéndome mucha angustia. Y justamente esa voz sí era particularmente raro sentirla a las dos de la mañana. (Pensar que tantas veces lo había deseado, aunque siempre me autocensurara y lo negara.) Algo serio sucedía para que ella llamara. Tenia que apurarme.
Cinco minutos después estaba arrancando el auto con la camisa mal abrochada y el pantalón con el cinturón suelto. Recuerdo me medio peiné hacia atrás mirándome en el espejo retrovisor usando los dedos como burdo peine. La acelerada hizo chillar los cauchos.
Diez minutos más tarde estaba apretando el timbre de los López García-Zamorano, una residencia de clase media alta. Todo el recorrido lo hice promediando cien kilómetros por hora.
Extrañamente no salió Alcira, el ama de llaves y me atendió la señora de López García personalmente, Doña Lucía Martha Zamorano, con la que nos conocemos desde muy chicos. Para mi siempre ha sido Lucil. Lucil, un amor imposible, llama de pasión eternamente encendida. (O quizás sería mejor llamarle amor negado, esas cosas del destino, líneas de vida desde siempre divergentes, pese a vivir muy cerca.)
Lucil estaba despeinada, envuelta en una “robe de chambre” rosada, con los ojos llorosos desde donde el rimel había dibujado una pequeña línea negra bajando hacia las mejillas. Se veía abatida y cansada. (Igual para mi resultaba exquisita, un placer el solo tenerla allí frente, verla, sentirla. ¡Que me podía importar el motivo!.)
“¡Que suerte que viniste rápido Gabriel! – me dijo nerviosa dándome un beso en la mejilla – es Carlos, le dio otro ataque y este es mucho más serio que los otros. Me temo lo peor. Me parece que ha dejado de respirar...” y sin esperar respuesta se dio media vuelta y corrió hacia el dormitorio. Si, esta vez era realmente una crisis seria.
Cuando lo miré no precisé ni tocarlo. Estaba muerto. Carlos no era santo de mi devoción, pero lo respetaba, no se bien por que motivo. Quizás lo respetaba a él para respetarla a ella... no lo tenía muy claro. Realmente en el fondo siempre había deseado que no hubiera existido ese tipo. Él nos había separado.
Si. Quizás por eso nunca me animé a decirle lo que sentía mi corazón cada vez que la veía. Aunque en ocasiones tenia la sensación que Lucil lo deseaba saber. Tenía también muy claro que la relación entre ellos no era lo que se consideraría “normal” para un matrimonio. Desde el inicio estuvo viciado de forma y contenido.
Había sido un casamiento prefabricado, planificado por los mayores y obligado por los quebrantos económicos. Fue un arreglo de situaciones financieras a costa de su sacrificio. A lo mejor el tipo realmente la quería, pero en cierta forma, la había “comprado”. Ella no tuvo escapatoria. Y así el marido, bastante mayor, jamás pudo darle la alegría que merecía. Eso lo tenía bien claro.
De todas modos me senté en la cama para examinar el cuerpo, respetando digamos, el decoro, la formalidad. En general los médicos desmistificamos la muerte. Ppara los que no nos entienden somos hasta irrespetuosos, pero en realidad es defensivo. Miré las pupilas: dilatadas; el tono de globos oculares: disminuido. No auscultaba latido cardíaco ni de carótidas y carecía de movimientos respiratorios. Uséase: fiambre fresco. El hombre había sido un asmático severo y últimamente sufría una insuficiencia cardíaca cada vez mas pronunciada. Recuerdo bien que en el último ataque casi se murió y paradojalmente yo logré salvarlo. (A decir verdad a regañadientes, con pocas ganas. Pensando: “y si dejo que espiche de una buena vez...¿quién se va a dar cuenta.? “ Pero no pude. Soy realmente un Profesional y cumplí mi juramento Hipocrático. Pero esta vez no había “tu tía”. Estaba muerto, bien muerto.
“Lucil... lo siento”, le dije guardando el estetoscopio, mientras girando hacia ella me paraba. (En realidad mi cabeza gritaba: “¡Al fin se dejó de joder este viejo!.”) Pero tenía que controlarme, al menos por ahora.
Llorando, la novel viuda dejó caer los brazos a los costados y se mantuvo parada, estática en medio del dormitorio sobre la gruesa alfombra, mirando el piso. Era la imagen viva del desamparo, por eso no pude contener el impulso y me acerqué, tomándola por los hombros.
“Ya te va a pasar”, le dije. Ella se apoyó en mi, gimoteando. El tener ese cuerpo tan largamente deseado entre mis brazos me perturbaba, y demasiado. Hasta parecía mentira. No me importaban los motivos ni el entorno, la tenía en mis brazos por fin..
“Ya, ya, no llores” – mi voz era suave – y sequé las lágrimas con mis dedos. Ella se apoyó más en mi. “Quedo tan, tan sola, Gabriel” dijo dejando escapar un largo suspiro. Y era cierto. Ellos no habían podido tener hijos y las familias estaban distanciadas.
“Así que estamos los dos solitos en ese caserón - pensé - ¿y la mucama?” porque en ese momento reparé que no había aparecido en escena.
“Por cierto, ¿dónde esta Alcira -pregunté - por que estás sola?.
Allí supe que los jueves – era jueves gracias a Dios, - era su día de descanso, y que vivía lejos, volvería mañana, a media mañana.
“... y por eso estábamos solos cuando Carlos empezó con esa falta de aire y se puso tan nervioso, respirando cada vez con mas dificultad, como siempre que le daban esos ataques – parecía que contándome se desahogaba - de pronto se llevó la mano al pecho y cayó fulminado sobre la cama” – me relataba los acontecimientos casi como si se tratara de una novela: – intenté reanimarlo, le puse la pastilla bajo la lengua y la mascarilla de oxígeno, pero su cara ya estaba azul. Yo sabía, pero estoy sola y necesitaba que tu lo confirmaras, viejo amigo, me siento agobiada.” Volvió a abrazarme, buscando apoyo.
“No estás sola, ¡que disparate!, - mi voz intentaba ser convincente - tenés amigos, sos joven, inteligente y fundamentalmente sabés que me tenés a mi, yo siempre estaré cerca, de hecho siempre he estado cerca” – dije al final mas hablando conmigo que con ella - y tomándole las manos con cariño, bese sus dedos pequeñitos, fríos, mojados de lagrimas, sucios de rimmel. Luego la atraje hacia mi y le di un beso en la mejilla. Repetí: “Sabés bien que me tenés a mi, decime que lo sabés”.
“Lo se, lo se muy bien, siempre lo supe, y te lo agradezco tanto... - dijo entristecida - que horrible, ahora tenemos que avisar a toda la familia ¡y viven tan lejos!”
“Para serte sincero – comencé – no puedo decir que lo lamento mucho, yo se que este hombre no te trataba bien, y nunca lo pude tragar. Masticarlo... todavía, pero tragarlo... ¡ni loco!, – y aquí me animé a decirle – en especial porque siempre me alejó de vos.” y la quede mirando fijamente a los ojos.
Se hizo un silencio muy significativo.
Retuvo mi mirada unos segundos y dijo seria: “No digas nada mas, por favor”. Yo realmente la sentí poco convencida. Estaba cuestionada, estaba claro, por eso ataqué nuevamente porque no me podía contener.
“Acaso no sabés lo que siempre ha pasado por mi corazón en todos estos años que te tuve que ver en sus brazos... podés valorar mi sufrimiento... ¿o nunca te diste cuenta? si me decís que no, no podría creerte”. Mi voz ya era condenatoria. Me miró fijo nuevamente.- Algo le sucedía, estaba seguro, algo quería aflorar y ella no se lo permitía. -
Preocupada dijo: “¡Por favor Gabriel, que Carlos esta allí!, respetemos ¿quieres?”. Yo exploté: “¡Él ya no está, se murió!. ¡Kaput. Finí. The end.! Esta allí, pero no está” - como médico, la muerte la veo casi como una solución en muchas oportunidades, aunque los legos no tienen obligación de entender – y seguí: “Mirá, ahora que lo pienso, esto debí habértelo dicho hace muchos años”. Ella retrucó suplicante: “¡Por favor, no sigas Gabriel, no es el momento para conversar estas cosas!”
Era claro que no esperaba ese abordaje, y mucho menos allí y en esa situación tan especial, y para ser sincero realmente yo concordaba con ella en que no era el momento, ni el lugar si utilizábamos la lógica. “Mmmm.... ¿la lógica?” – me dije a mi mismo – y pensando en voz alta seguí: “Para que carajo nos ha servido la lógica estos años. Un poco de locura no solo no mata sino que nos hará vivir más intensamente. Realmente el ser lógicos no nos ha dado felicidad ninguna, ¿no es cierto?, y además en vida siempre lo respetamos, ¿o no?. Nuestra conducta fue siempre irreprochable. Entonces, Lucil, por favor, dejemos a un lado la lógica por una vez, te lo suplico”
Mi fundamentación fue contundente. lo noté en su cara. La atraje hacia mi otra vez. Ella ya no lloraba, solo suspiraba. Ofreció una resistencia muy pobre. “No sufras”, le dije bajito al oído, acariciando con mi cara su cuello. El olor a mujer me dejó embelesado. Noté que a ella se le erizaba la piel y mi corazón galopaba
“Gabriel, - intentó defenderse - no hagas eso, sabés bien que hace tiempo Carlos y yo... como pareja... no funcionábamos... ¿entendés?, él estaba muy enfermo, y entre él y yo no.... nosotros no...” Allí le tapé los labios con el índice de mi mano derecha y dije: “Shhhhhh....no digas nada - y acercándola a mi – te entiendo, ¡como te entiendo!”.
“Por favor, no hagas esto, mirá que no respondo...” – suplicaba - la pasión me desbordó y corté su frase con un beso. Quiso resistirse pero le di otro más pasional y sus defensas flaquearon. Seguí implacable con mis razones: “Si nunca lo quisiste realmente, siempre estuviste enamorada de mi. ¿Te estoy mintiendo? Se sincera, fue una obligación estar con él y lo sabés bien, como también sabes lo que yo siento desde siempre por vos, que es más que pasión, es fuego, fuego puro, ¿o no te das cuenta,?” y comencé a besarle despacio el cuello. Allí sentí sus brazos abrazando mi cabeza y pude percibir que en su cuerpo cedía la tensión que había mantenido hasta ese momento.
“No sigas Gabriel... seamos cuerdos, te ruego Gabriel...” la voz le temblaba, parecía apagarse, sus ojos se cerraban. Comenzó a hablar sola, casi como en un confesionario:“Con él nunca fui feliz como mujer y últimamente estaba agresivo, posiblemente por su enfermedad, no se... ¡hay Gabriel! hacía tanto que no sentía esto que me estas haciendo sentir... por favor, no sigas más”
La voz pedía clemencia, pero el tono que empleaba era casi una orden de fusilamiento y mis ansias se desbocaron. Con una facilidad de movimientos que no me conocía, pocos segundos después nos amábamos desnudos sobre la gruesa alfombra, junto a la cama donde el novel cadáver se enfriaba lentamente, consumidos de pasión.
Jamás había disfrutado tanto del sexo como esa noche. Y esto era mutuo. Demoramos muy poco en tener ambos un orgasmo contenido por años. Avergonzada me dijo: “Que estamos haciendo, Gabriel, por Dios...” y yo le aclaré: “Simplemente se dieron las condiciones, algo que los dos hemos esperamos demasiado. Terminó una etapa de nuestras vidas y comienza la que tanto habíamos soñado y nos estaba vedada. Pero ahora nada nos impide querernos, ¿entendés?” y recomencé con mis caricias.
“¿Pero a vos te parece que esto se puede hacer?” - me dijo totalmente cuestionada, y respirando ansiosa.- “¡Si ya lo hicimos, mi amor! - le contesté de inmediato – y con lo que te hizo sufrir este tipo, debería estar mirándonos, pero tiene la suerte de estar muerto y ya nada le importa” – ella me miraba como desconociéndome, nunca le había hablado así y seguí – “solo que estuviera agarrado del famoso hilo de plata del alma y nos mirara...¡ma si! que nos mire, al fin por él perdimos tantos años. Y te digo más, en la cama vamos a estar más cómodos mirá,” y me levanté decidido.
“En la cama está él, Gabriel, ¡te lo suplico!”- dijo nerviosa sentada en la alfombra intentando arreglarse el cabello.- Yo fui muy claro: “Estaba”, dije, mientras lo bajaba al piso envuelto en el cobertor.
Ella se enojó: “¡Por favor!, ¡estás loco!” – gritó - y levantándose quiso tomar la ropa del piso. Allí volví a abrazar su cuerpo desnudo desde atrás por la cintura, apoye su espalda en mi pecho y le dije: “¿Dónde vas?, ¿Dónde-diablos-te-crees-que-vas,?” con una voz mezcla de enojo y cariño, besando repetidamente su nuca, jugando con el cabello.
“Por favor, Gabriel, hay que llamar a la familia, nadie sabe nada.” Hablaba mecánicamente, dejando caer la cabeza hacia atrás y suspirando mientras acariciába el brazo que la tenía retenida por la cintura. La tranquilicé: “Después llamamos, quedate tranquila, que al finadito nada lo apura, tiene toda la eternidad por delante. El certificado lo hago mañana, tenemos poco tiempo, después con el luto y esas cosas quien sabe cuanto hay que esperar para estar juntos otra vez. Ahora a recuperar años mi amor, a recuperar años.. Le damos doce horas mas al desenlace y listo. ¿Qué son doce horas para quienes nada saben y cuanto representan para nosotros?.”
“¿Qué son doce horas?... realmente estás loco”, dijo por fin sonriendo cómplice, y se entregó por completo. La escena debería de ser exótica, pero nadie la vio. El difunto Carlos en el piso envuelto en el cobertor cual taco mexicano gigante. Lucil y yo recuperando años de pasión contenida en una sola noche, en esa inmensa cama de matrimonio. Por la mañana haremos el certificado con las horas cambiadas, total... ¿12 horas mas o menos?... ¡por favor!
¿Qué esto no es profesional?. Usted lo dice porque no tiene la calentura que este servidor ha venido juntando durante los últimos diez años.
¿Sabe que?. Haga el favor vea, si no le gusta, no lea.
viernes, septiembre 07, 2007
Traición, polleras y asuntos

El hombre miró al viejo, desconfiado.
jueves, junio 28, 2007
La dulce María

La dulce María
El matrimonio de Nepomucemo Indarte había pasado todas las pruebas que pueda usted pensar en los treinta y un años que llevaban juntos.
Tres décadas atrás, él, de 42 y ella, María Clodomira De Souza de 18, iniciaban una vida común de trabajo y lucha que seria bendecida con 9 hijos vivos de los 14 embarazos que cursó.
El menor aun vivía con ellos y los demás estaban aquerenciados cerquita,
eso lo permite la vida en el campo profundo, lejos de la civilización.
Trabajar la tierra de otros - si el trabajo deja buena ganancia para el patrón – no es problema, como tampoco lo es el permiso para hacer un ranchito de barro y paja en algún confín del horizonte, en estancias casi cimarronas (sin aportes tecnológicos), con ganado orejano (salvaje) y ganadería extensiva (se preñan segun Dios mande, sin ninguna planificación técnica). América, nuestra América abandonada y explotada.
Pero el asunto no es este.
Nepomuceno y María Clodomira habían vivido. Con todos los rigores recibidos, según fue su destino, pero habían vivido y estaban preparados para los nietos que tenían y los que estaban por venir.
Ese mes la menstruación de María Clodomira no fue normal, salió una sanguasa amarronada y tuvo algún leve malestar digestivo, que curó con carqueja en el mate y tizanas. Pero pasaron varios meses y siguió con la retención.
Como María Clodomira es gordita, nada en su figura hacia pensar algo nuevo, pero a ella le atormentaba la duda porque tenia un presentimiento que no quería trasmitir al marido, esos no son temas para hablar con los hombres. Se lo comentó a su comadre y a sus dos hijas mayores.
Entre todas si, decidieron decirle a Nepomuceno y finalmente fueron hasta el centro poblado mas cercano, a conversar con el medico de Salud Publica, viejo amigo de la familia. La comadre opinaba que la barriga dura eran gases y la falta era la edád.
Las hijas no estaban tan seguras. El padre era viejo pero su actividad sexual podía ser envidiada por mocitos jóvenes, aunque no daba para pensar demasiado: el menor tenia 26 años y en todo ese tiempo nada había pasado. Seguro era la “edá”.
Cinco leguas a caballo no son changa para nadie, pero se hicieron callados porque no se consiguió conducción y el humilde masca callado su dolor.
El medico rural fue categórico: "¿Cuánto hacia que no nos veíamos, viejo sabandija?" - dijo con cariño encarando a Don Nepomuceno - si todos fueran como ustedes los médicos nos moríamos de hambre, che.
"¡No vai sienojar por la salud de los otros, dotor!" - retrucó el hombre de campo con rapidez - pero ya ve, a la larga tenemos que venir.
El galeno estaba alegre: "Es una alegría machaza, Nepomuceno, y dirigiéndose al resto de la familia preguntó: "¿Como andás María Clodomira, como andan, gurises,que los trae para consulta?".
Y allí le contaron lo que estaba aconteciendo con el retraso.
El medico revisó, dudó, pero prefisió tranquilizar a la familia de momento.
"Debes ser la edad, ese vientre ya cumplió, esta gordita seguramente por la buena vida, se ve que comida no falta, pero para estar totalmente seguro y antes de darle remedios vamos a pedir unos exámenes. Después me traen el resultado".Y asi lo hicieron. Fueron a la Capital a 150 kms. volvieron y esperaron nerviosos.
Tres semanas mas tarde la ecografía era categórica, MariaClodomira, contra todo pronóstico, cursaba un embarazo de mas de 6 meses.
"¡Que mujer bárbara che! ¡Que mujer bárbara! – el doctor no salía de su asombro - y vos también Nepomuceno, sos una fiera. Para estar tranquilos - por la edad, ¿entienden? – habría que hacer otros exámenes en la capital, pero son caros y a esta altura de los acontecimientos no arreglamos nada. Así que será lo que el destino quiera".
María Clodomira nunca había intervenido en las conversaciones del marido y el medico, solo se sonreía a veces, otras quedaba seria intentando entender el idioma difícil del facultativo y otras se sonrojaba por las picardías y ese embarazo no esperado.
Luego de tanto tiempo debería parir nuevamente y como siempre, esperaba hacerlo en las casas, pero esta vez el medico, preocupado por su edad, la quería hacer parir en la ciudad. Ella escuchó y no dijo nada.
Tres meses después, cuando sintió que se venia el gurí, solo esperó a último momento, a que no hubiese tiempo de traslado, la fuente se rompió y parió allí mismo, en las casas, donde siempre había parido, como ella quería. Dejó al medico esperando en el hospital.
Nació un varón. Pero con problemas serios.
A la semana los visitó el medico y se los confirmó: “Sindrome de Down” dijo, con malformaciones y un quiste en la espalda que seguramente le impediría caminar. Mongólico, pensaron.
Nepomucemo entró en un cuadro depresivo severo y se pasaba lejos de las casas todo el día. María Clodomira se prodigaba en atenciones con el niño porque el simple acto de comer era un drama, se le atoraba continuamente, tenia accesos de tos que casi lo asfixiaban.
El propio médico les había comentado que la vida iba a ser muy difícil, que era una especie de prueba que Dios les ponía y otra serie de palabras intentando ayudar.
El niño sufría, Nepomucemo sufría y los vecinos a María Clodomira la terminaron rebautizando “La Dulce María” por el amor que prodigaba a ese ser tan inferior y tan débil.
Pero María Clodomira sufría, sufría mucho y en silencio.
La familia entera pasaba por momentos muy difíciles. María quería cada vez mas a su hombre, lo veía dolido, callado, avejentado y sin embargo jamás sintió un reproche de su boca. Estuvo siempre junto a ella en todos los momentos.
Tenia que seguir luchando mientras tuviese fuerzas, por suerte los otros muchachos ya estaban grandes y criados.
Llegó un día en que el menor no soportó ver las escenas en la casa, las toses, el dolor, los llantos escondidos, la ruptura de costumbres. Una mañana dejo una nota diciéndoles que los quería demasiado para verlos sufrir tanto, pidiéndoles tiempo para pensar y que ya volvería, pero ahora precisaba estar un poco solo. Ensilló de madrugada y se fue.
Nepomuceno veía al pequeñito revolcarse en la cuna, con dificultades para tragar, para respirar, afiebrado, paralítico y lo destrozaba ver el sufrimiento que a ese inocente le representaba el simple hecho de vivir.
La Dulce María se desvivía en atenciones pero su silencioso dolor la estaba haciendo envejecer rapidamente, dolida por la situación, más le dolían la familia y su esposo, pero no encontraba solución, había que seguir, eran cosas de Dios.
El entierro fue muy simple, una pequeña tumbita blanca entre otros entierros viejos en la misma estancia, cerca de las casas. Un túmulo pequeño hecho con ladrillos y pintado a la cal sobre el que en una simple madera se leia:
miércoles, junio 27, 2007
El pardo Mendoza

El pardo Mendoza
El ruido sordo de los cascos sobre el pasto húmedo acompañaba los
pensamientos del hombre que con sus manos grandes y callosas, acostumbradas al rigor del campo, llevaba la rienda firme pero floja, conocedor que el manchado sabia muy bien el camino.
La noche no era obstáculo para ellos. El matungo era fornido y nervioso, pero respondía al mínimo toque de rienda del amo, su único amo desde potrillo.
"Estos caminos - pensaba Mendoza – estos caminos... cuando iba a pensar que los tendría que recorrer así, a las apuradas, de noche, ocultándome, ¡cuando!"
El animal pareció sentir la angustia del hombre y resopló cabeceando.
"Esté tranquilo hermano, que nos vamos, pero juntos, usté no es de fallar."
La voz serena del gaucho calmó al Canela, que siguió su rumbo al mismo
tranco.
Mendoza se sentó sobre sus propios talones, armó un cigarro y tapando el resplandor con su mano lo prendió, pegando dos pitadas fuertes, profundas.
Hacía dos días que no comía pero no sentía hambre, tenia cerrado el estómago, las cosas daban vueltas en su cabeza. Vueltas y vueltas. Miró al
manchado pastando y reflexionó que los bichos tenían menos problemas que
los hombres. Le dio un beso a la petaca de caña brasilera para entonar el
cuerpo, se dejó caer hacia atrás apoyando la espalda en el tronco y siguió
fumando, mirando distraído las estrellas que aparecían entre las ramas del
ceibo frondoso que lo cobijaba. Los cantos de las ranas, los violines de los
grillos y los pasos del caballo se sentían clarito en el silencio de la noche.
"¡Como van a pensar eso de uno!", dijo, quedando sorprendido de su propia voz. "Hasta hablo solo ahora, Canela. ¡Carajo!, que mal están las cosas."
"Bueno, vamos mi amigo, a seguir que falta". Afirmó la montura y montó con destreza. Tensó hacia la izquierda la rienda y el animal dio vuelta en redondo. Taloneando suavecito las verijas, logró que subiera una pequeña loma en la orilla de la cañada e iniciara un trotecito suave, retomando la senda. Los pensamientos se agolpaban: " Crecimos juntos, nos criamos juntos, siempre la quise como a una hermana... por que tenía que venir con esas mentiras el hijo de puta".
Y así fueron pasando las horas, la frontera se acercaba cada vez más. Estaban en el bajío de los Saraiva, unas leguas mas adelante pasarían cerca del Rincón de los Rodríguez y ya casi llegaban. Todos potreros inmensos con pocas vacas, terreno plano ahora, que permitía un trotecito mas ágil, iluminados por una luna grandota. Luna llena que había aparecido en el horizonte como inmensa farola gris rojiza y subía en el cielo estrellado haciéndose lentamente mas pequeña y blanca.
El frío quería meterse en los huesos, pero el poncho estaba hecho con cariño y
no dejaba. Mendoza inició un diálogo con el Canela: "Se da cuenta, mi amigo, venir ese mal parido a llenarse de razones contra uno, a inventar mentiras, ¡como voy a hacerle daño a la Carina, si era como mi hermana...! pobrecita, parecía dormida en el cajón. Y pensar que la violentó antes de ahorcarla. A ella, que era toda ternura. Se créen que porque tienen plata..."
El Canela se encabritó parándose en las patas traseras. Mendoza estaba como pegado al animal y ni mosqueó. Sintió el silbido finito de una víbora que pasaba cerca y se iba apurada entre los matorrales crecidos del potrero abandonado. En otra ocasión la hubiera matado, pero no estaba para esos menesteres. Tocó los costados del caballo, jaló suave pero con firmeza las riendas y la pareja retomó el camino. Amanecía, una inmensa bola de fuego anaranjado comenzó a elevarse en el horizonte.
No muy lejos se veían los cerros de granito negro ya en territorio brasilero. Pedra Preta era el nombre del lugar y significaba que la patria chica había quedado atrás, mas de cinco leguas.
"¡El mal nacido pensaba que todo se terminaba comprando al Juez, Canela! - largó una carcajada franca y estentórea - y me culpó a mi, justo a mi que la quería como a una hermana, ta que lo parió carajo. El nene bien se la cogió y la asesinó y los milicos lo agarraron enseguida. Pero seguro Canela, ¡si todo estaba clarito!, ella no quería. se defendió como pudo la pobrecita, pero el tipo era mas fuerte, y en la pelea la ahorcó... y después el Juez que se deja comprar. Seguro, los milicos tuvieron que soltarlo. El hombre pensó que total, como era una chinita huérfana y pobre náides iba a responder por ella... ¡feo se equivocó ese disgraciado!" y otra risotada rubricó lo dicho.
El Comisario miraba asombrado los cuerpos del Juez y del hijo del dueño del establecimiento donde habían matado a la muchacha hacía dos días. El letrado tenia varios huecos de 38 en su pecho, una mueca de horror en la cara y los ojos muy abiertos. El revolver del estanciero estaba en el suelo, junto al cadáver, con el cargador vacío. Pero impresionaba mas el otro infeliz. Lo habían degollado salvajemente, de oreja a oreja, parecía tener dos bocas. Un inmenso charco rojo empapaba el piso de cemento pulido de las casas. Le llamó la atención que la entrepierna del citadino estuviera ensangrentada, pero no tocó nada. Esperaba al medico forense, como manda la ley, además viejo amigo con el que habían compartido tantos casos, tantos asados, tantos vinos.
El galeno llegó, saludo y procedió a efectuar su trabajo. Después de examinar los cadáveres le comentó al Comisario:"¡Que lo parió Chiquito!, el que lo mató sí que le tenía asco, compañero, lo degolló con saña y lo capó. Si, lo capó. ¿Y sabes donde le metió los huevos?... ¿no?, mirá acá... ¡en la boca, mi hermano, se los metió en la boca!, ¿le tendrían asco al engominado este che, le tendrían asco? ¡que lo parió, Chiquito!."
La historia de Iván Manuel Do Santos

"Ivan Manuel Do Santos no era no era de andar expresando sus sentimientos, ¿entiende?, el hombre tenia una cara inexpresiva y los rasgos eran duros, curtidos por el sol en el surco, los ojos increíblemente celestes, si, celestes, es que la madre era europea ¿vió?, no, no supe de que país vino, ¿Rusia, dice?, y puede ser, pero seguro no estoy, el padre también era rubio, pero del pago, en realidad no lo sé cierto, pero me parece que de la 8ª Sección, si, de este Departamento, mejor siéntese en la otra porque esa está media descolada, no sea cosa... bueno, le decía, de aquí de la 8ª y fue bien criado, de lo fundamental no faltó nada, la madre no se si estará viva todavía, mire, hasta hace unos quince años vivía, si, seguro, yo la conocía bien, el padre se fue cuando él era pequeño, si, un gurisito chico y tendría unos cuatro o cinco, mas o menos, bueno, no me acuerdo bien, pasaron muchos años, ¿otro mate?, ¿no?, bueno, decía que cuando el padre se fue, la cosa se puso difícil, y si, chismes ¿vió?, parece que por otra mujer, ahora, si es verdad, no sé, pero se fue, tuvieron que hacer lo que se podía, la gringa era muy trabajadora, muy luchadora, trabajo y trabajo todo el día, día y noche si cuadraba, no, ahora ya no se encuentran mujeres asi, ¿a usted le parece?, y puede ser, si usté dice... el asunto es que lavaba para afuera, hacia limpiezas, después se dedico a cocinar para los vecinos y allí la cosa se empezó a arreglar, si, cocinaba muy bien, recetas de aquí y recetas que había aprendido de los abuelos y los padres, de sus pagos, ¿entiende?, pero pruebe, pruebe, mire que están buenas...si, seguro, coma nomás, son recién hechas, ¿qué drama dice usté?, a, el asunto del Ivan Manuel, deje ver...para el sur, si, aquella loma después del monte de eucalíptus, allí fue que paso todo, ¿foto?, y si quiere tome, pero, ¿pa´que? si es solo pasto, nomás, pero si quiere déle, entonces le decía, inexpresivo el hombre, con el puchero asegurado y un techo, por pobre que sea es otra cosa, ¿no haya? y así se fue yendo la vida de esa gente, no, a ella nunca más se le conoció marido, seguro, si no salía nunca, siempre estaba en las casas... y si, el muchacho no conoció escuela, la rural estaba muy lejos y no tenía forma de ir, ¿caballo?, si, cuando mocito, pero al principio no tenían y cuando pudieron comprar, él ayudaba a la madre en el trabajo, así que tampoco iba, lo que aprendió se lo enseño la gringa, y supo hacer las cosas, no vaya a creer, mire que cuando creció todos creían que tenia liceo también por lo conocedor en muchos temas, si, sírvase nomás, ¿se dejan comer, verdad? ¿otro mate?, si, ella fue siempre rebelde, era anárquica, ¿cómo?, a eso, si, anarquista, y aquí en el campo era raro, mas bien muy raro, pero era y ella siempre decía que aquí estaba y aquí luchaba, se lo repito, era lindása la gringa, pero nunca se le conoció marido, seguramente fue por eso el asunto, el tipo también era extranjero, hacía poco había venido de las uropas, parece que era de la tierra de ella, si, se hicieron muy amigos, y si, el tipo estaba enamorado pero ella no, esa es la cosa, ella no, ¿no quiere más?, es verdá, mate y torta frita llena la panza del pobre, el hombre insistió tanto que al final pelearon y parece que perdió la cordura, como que lo había hechizado, no descansaba nunca, la acosaba, la perseguía, se le hizo obsesión, mire que lindo se ve poner el sol desde aquí, ¿en sus pagos también es tan lindo?, entonces le decía que la cosa se puso muy gruesa y el Ivan Manuel sufría en silencio, pero inexpresivo, vea, la propia madre le recriminó por eso varias veces, pero que podía hacer, todavía era mocito y un día el gringo desapareció, sin avisar, nadie sabia nada, como si se lo hubiese tragado la tierra, toda la vida de la gringa volvió a la normalidad y al poco tiempo se fue el Ivan Manuel del pueblo, que a la ciudad para estudiar, ella había juntado unos pesos, con eso lo mantenía, al tiempo el hijo la mando buscar, se había establecido en la capital, trabajaba en una fábrica, al parecer era dirigente de los obreros, y si, la madre era versada en esas cosas y ya le digo, eso debe haber sido hace unos quince años, no, nunca mas se los vio por estos pagos y mire que los buscaron, seguro, después que Don Nicanor encontró las cajas de casualidad, rompió una con el arado, ah, ¿no sabia?, parece que después de matarlo lo cortó en pedazos, puso uno en cada caja y después las enterró separadas, como para que el gringo no se pudiese juntar nunca más, del asco que le tenía, ¿pero quién lo podía pensar? Ivan Manuel era muy inexpresivo, ¿cuánto?, y si, mas o menos habrían pasado unos tres años, y se dieron cuenta por el reló que encontraron en una de las cajas, parece que tenia letras raras, yo no se porque soy analfabeto y disculpe, pero se sabía que era del gringo, el único que había por aquí, no, nunca más los vieron, y ahora debería tener unos treinta y cinco o cuarenta años, más o menos, probar no se pudo probar, pero nunca mas los encontraron, parece que se fueron del país, y si, yo los extrañé bastante, eran gente buena, de trabajo, ¿sabe?, yo los ayudé en lo que pude, dentro de mi situación, porque la veía como a una hija que nunca tuve y al botijita lo quería, pese a lo huraño, son cosas, uno siempre ha estado muy solo, ¿entiende? y bueno, así es la vida, hay que seguir, ¿ya?, y hace bien, antes que lo agarre la noche, sabe hacer frío aquí en el campo, no, por favor amigo, no me debe nada, no, guarde ese dinero que me ofende, tenga buen viaje, ¡cuidado al cruzar la cañada chica que esta crecida!."
Así se quedó rato, pensando y moviendo hojas secas con la punta del bastón, tenía algo trancado en el garguero. Decidió ir al almacén de Ramos Generales a compartir sus pensamientos. A la pasada miraría lo que dejó el hombre en el suelo, por curiosidad. Pa prevenir la helada, se abrigó bien.
"Mas o menos asi fue la cosa Don Pedro, viera lo bien que monta el hombre y que educado, que educado y que serio, seriáso mas bien, ni una sonrisa, duro pa mostrar los dientes, pero no se por qué – serán cosas de viejo nomás - tenía la sensación que me miraba con cariño, con un cariño especial pese a la seriedad, quien sabe. Cosa rara cuando se despidió – por eso le digo - porque dijo: " Cuidesé Don Cleverito". Si, Don Cleverito dijo, ¡pero clarito lo dijo!, no, no escuché mal, estaré viejo pero no sordo...¿y quién le va a decir?, náides, si llegó derecho al rancho, parecía saber bien el camino, bien baqueano el gringo, estoy seguro, el apellido le dije, pero el nombre no, ¡no vi´ajtar seguro¡ vea, ahora que lo pienso se me congela la sangre, ¿cómo fue a saber mi nombre el gringo che? y servime otra de caña y si quieren aquí los amigos también que hoy pago yo, no, ta bien que sea pobre, pero cobré la pensión ayer, vea, y quiero compartir.
lunes, febrero 19, 2007
Historia del avión fumigador


Había sido un vuelo como tantos otros, grandes campos cultivados con arroz que necesitaban una correcta fumigación con insecticidas.
El retorno fue agradable, la tarde era de otoño pero muy templada, el sol comenzaba a ocultarse y pintaba de tonos de rojo el firmamento, muy abajo las vacas parecían puntitos sobre un paño de billar gigante. Ya se apreciaban las casas del pueblo.
Bárcia tenía una reunión con su amigo Pascualito ese día, pero no sabia si este ya había llegado al pueblo, así que descendió mas de lo acostumbrado para pasar sobre la casa del amigo. Quería ver el auto. Si, estaba estacionado en el patio de la casa, entonces estaba.
Se había acercado mucho al pueblo,voló rozando los techos y enseguida dejó caer la trompa del avión descendiendo la sierra acelerando a fondo. Giró apenas el volante y movió los alerones con lo que dio una gran curva a baja altura enseguida de pasar las casas - el pueblo queda en lo mas alto de la cuchilla y el aeródromo esta en la parte oriental baja de esta - enseguida de librar los eucaliptus del viejo Pascasio Peña vio las líneas de la improvisada pista de tierra mas adelante. Lo demás pura rutina, otra jornada cumplida.
Pascualito había decidido limpiar el galpón y pacientemente fue juntando muebles ya imposibles de recuperar, sillas rotas, maderas viejas, troncos podridos con huellas de polillas, basura de todo tipo, restos de lana, bolsas y botellas plásticas vacías.
Le costó mucho hacer esa limpieza, pero el gran galpón había quedado completamente vacío. No podía entender como se le juntaron tantos cachivaches viejos inservibles y menos aun por que los habia guardado tanto tiempo. Fue tal la mugre que el montón de inicio se transformó en una pequeña montaña que solo molestaba.
Antes de iniciar una blanqueada de cal a las paredes decidió hacer desaparecer esa basura quemándola, entonces completó los bordes con rolos secos de eucaliptos, cubrió todo con madera fina y hojas secas y lo prendió. Solo se quemaron los bordes. Quedó pensando.
Pascualito era hombre de paciencia y determinación, asi que fue calladito al otro galpón y volvió con diez litros de fuel oil del tanque del generador. Se detuvo frente a la mugre y diez litros le parecieron poco, volvió sobre sus pasos y trajo diez mas, volcándolo todo con cuidado. Volvió a prender. Como que quería prender pero se apagaba. El hombre se cansó de esperar, decidió ser mas drástico.
Seguro de que Bárcia no lo notaría fue a los tanques de 220 litros de gasolina de aviación que habían llegado el día anterior, chupando por un cañito saco bastante y desparramó todo obsesívamente por los costados sin tener en cuenta que las maderas y demás restos estaban calientes después de los otros intentos de encendido. Un olor fuerte característico comenzó a sentirse.
Precavido, alejándose más, con un trapo humedecido en gasolina envolvió una piedra mediana, lo prendió con el yesquero y rápido lo tiró a la mugre. Lo que vio lo dejó encandilado.
Como en una película pasada en cámara lenta, cuando la piedra convertida en bola de fuego estaba a medio camino de su destino una lengua de llamas se adelantó buscándola y prendió de golpe toda la hoguera. Los gases de hidrocarburo hicieron su trabajo con una explosión impresionante.
Pascualito quedó con la boca abierta y el pucho colgando del labio inferior. La ola de calor le pegó de frente y lo dejó desparramado en el suelo con las cejas chamuscadas. Una gran columna negra se elevó hacia el cielo. En esa posición boca arriba en el pasto vio pasar entre el humo el avión de Bárcia buscando la pista de aterrizaje. Pensó: "De cajón que me va a preguntar por la gasolina...¡que puteada me va a dar!"
Comenzo a caminar rascándose la cara hacia el avión que carreteaba por la pista lamentandose de haber sido tan inconsciente, mientras a su espalda una inmensa fogata consumía la mugre iluminando esa tarde a la que le quedaba poco para convertirse en noche.
"¡Que animal había sido!", seguía pensando mientras caminaba.
Prudencia Vega, la mas vieja de las Vega, estaba colgando la ropa recién lavada en las cuerdas del fondo del rancho. Desde allí vio pasar bajito el avión con un ruido ensordecedor.
"Un día de estos se engancha en las cuerdas de la ropa – pensó - y tenemos una tragedia."
Pero estaba acostumbrada a verlos llegar al pueblo, los fumigadores siempre pasaban arriba de su casa para aterrizar abajo en el valle, aunque ese día tenía algo especial, volaba bajo, mucho mas bajo de lo acostumbrado, incluso para días muy nublados. Curiosa, caminó los pocos metros que la separaban del borde de la cuchilla para verlo aterrizar en la pista, como tantas veces, pero no.
Una gran explosión a lo lejos acaparó todos sus sentidos. Era en las tierras de Don Pascasio Peña, donde el casero era Pascualito. Vio una llamarada grandísima y densas nubes negras que elevabndose al cielo.
"¡Por eso volaba tan bajito - dijo conversando sola - vendría con problemas, pobrecito!" y sin pensarlo más salió corriendo para las casas, hizo salir a las hijas y yernos, se subieron en el noble Rover 62 y rumbearon rápido para la comisaría. Entraron corriendo y a los gritos:
"¡SE CAYO!. ¡EL GORDO BARCIA SE ESTREYO CON EL AVION! ¡YO LO VI CAER! ¡YO VI CUANDO SE INCENDIO! ¡CORRAN A AYUDARLO!
El Comisario entendió enseguida porque él también sintió el estruendo y veia la columna de humo pero hasta ese momento no sabia que pasaba. Organizo rápidamente su personal para ir al lugar del accidente. Previamente llamó al Oficial Mayor del Grupo de Cazadores del Ejército, informando. Los soldados fueron agrupados y partieron en misión de rescate.
Todos pensaban que el gordo podía haber saltado, pero venia muy bajo y nadie vio paracaídas... no tenían demasiadas esperanzas. Igual, aun sin mucha fé, fueron apresuradamente hacia los pagos de Don Pascasio, lugar del desastre.
En el pueblo reinaba la alarma y cada uno intentaba ver algo y enterarse de alguna cosa.
"¡Quién le dice a esa pobre mujer ahora!", balbuceaba Clodomira y era consolada por la menor de las Alvarenga también subida a la camioneta con su comadre para buscar juntas los restos del difunto. "¡Hay Diosito, no somos nada, nada - seguía lamentándose - un hombre tan bueno, tan trabajador!".
Esos eran los comentarios mayoritarios en la villa, aunque también algunos opinaban sonoramente, entre trago y trago de caña brasileña: "¡ Al fin se murió ese hijo de puta!", ejerciendo su libertad de expresión.
Lo cierto es que una multitud dejó vacío el pueblo y fueron cada cual como pudo hacia el lugar de los acontecimientos.
El Comisario comentó con el Mayor: "Volaba muy bajo, lo mas seguro es que el cadáver este lejos del sitio del impacto, tenemos que prepararnos para lo peor", el Mayor muy serio,asentía con la cabeza. El Grupo de Cazadores iba en dos camiones a la zona de impacto, preparados para todo.
En otro lugar del pueblo el Chiquito Gutierrez no las tenia todas consigo. Los números iban de mal en peor, el almacén no daba lo que tenia que dar, las cuentas se acumulaban día a día y el desespero crecía a la par. Lo único que lo venia salvando era la funeraria, única en el pueblo. Cada vez que uno de los cristianos decidía pasar a mejor vida, él – que tenia la exclusividad de los servicios mortuorios – atendía los difuntos y aunque la gente era pobre, siempre algún pesito se hacia. Pero desde unos dos meses atrás una epidemia de salud hacia estragos en sus finanzas porque nadie tomaba la gran decisión. Incluso los muy enfermos, de los que se espera el desenlace de un día para otro, ni esos se definían.
Así, con el almacén al borde de la quiebra, los acreedores a las puertas y la salud del pueblo en su apogeo, el pobre Chiquito Gutierrez no encontraba salida. Hacía mas de dos horas que estaba sentado en el escritorio entreverado con los números y fumando un cigarro tras otro, pero las cuentas no le cerraban, precisaba alguna ayudita para esperar el repunte del negocio. Una ayudita económica que quizás alguien le pudiera facilitar, unos pesitos nomás, para salir del paso. Además le habían comentado que los aduaneros se iban a poner mas flexibles con el cambio de Gobierno del mes pasado y eran buenas noticias, podría surtir el almacencito nuevamente de contrabando. Estaba en esas tribulaciones cuando sintió la explosión. Desde su casa solo logró ver una columna de humo a lo lejos, al oeste del pueblo, por la casa de Pascualito. No le dio demasiada importancia, estaba absorto con sus problemas. Pero a los pocos minutos un alboroto impresionante cundía por el pueblo.
La gente corría, vio pasar al Comisario con sus efectivos y al Mayor con la élite del Cuerpo de Cazadores. Sacó medio cuerpo por la ventana del frente y le gritó al pardo Cáceres que pasaba corriendo para no perderse la movida: "¡Pardo! ¡¡PAARDOO!!... que carajo esta pasando, hermano". "¡EL GORDO BARCIA!, ¡EL GORDO BARCIA SE HIZO MIERDA CON EL AVION! ¡PARECE QUE CAYO EN LA ESTANCIA DE DON PASCASIO PEÑA ARRIBA DE LA CASA DE PASCUALITO Y LO MATO JUNTO CON TODA LA FAMILIA! ¡UNA BRUTA TRAGEDIA, ESTAMOS YENDO PARA VER QUE PODEMOS HACER!, y sin esperar comentarios siguió su corrida.
El primer impulso del Chiquito Gutierrez fue de dolor. ¡Que angustia, tantos muertos, tanta desgacia!, el segundo impulso del Chiquito Gutierrez fue de cálculo.
El Gordo Bárcia era solo, pero tenia contratado un entierro de los mas caros - cosa rara en el pueblo - y el viejo Pascualito y su familia, aunque eran muy pobres, eran muchos - calculaba como cinco finados mas - y sumando todo eran pesos y pesos que prácticamente le solucionaban las cuentas en rojo que le tenían tan preocupado. De todas maneras no podía dejar que la gente se diera cuenta de sus verdaderos pensamientos, asi que salió corriendo con una cara plena de dolor y desgarramiento. Dentro de su viejo Chevette rumbeando para los pagos de Pascasio calculaba si tendría la cantidad necesaria de cajones... si, tenia para todos, esto se estaba poniendo bueno, por fuera gritaba que no podía ser, ¡que horror pobre gente!. Le parecía mentira porque era increible, lo que es la vida, unos minutos atrás lleno de problemas y apenas unos instantes después no debía nada y por el contrario estaba super tranquilo economicamente.
Nadie lo notó, pero la mueca de dolor por momentos se le quería transformar en sonrisa. Le dolía, pero mas lo tranquilizaba. Así siguió lamentándose entreverado con la gente.
El Gordo ya estaba llegando al suelo cuando la explosión lo espantó. Atravesó una nube de humo y casi clava de trompa el avión porque su primer impulso fue frenar al tocar tierra, pero se recuperó a tiempo. Se bajó apurado y corrió hacia la casa del viejo, sin entender lo que había pasado. Lo vio venir caminando para el avión, nervioso.
"¡Que mierda hiciste Pascualito!, ¿prendiste fuego las casas?"
El otro contestó explicando lo sucedido, mostrando sus pelos chamuscados y puteándose por ser tan animal.
"¡Por suerte te das cuenta viejo bruto! - decía el Gordo entre lágrimas detanto reírse - ¡casi te freís vos y toda la familia, que bestia, ahora eso si, el galpón te quedó bien limpito ... ¡y quemaste como dos hectáreas de campo!"
No podía aguantar la risa, tanto se reía que contagió a Pascualito que también empezó a las risotadas y abrazados se metieron en las casas a tomar unos vinos caseros porque la fogarata les dio la idea de hacer un buen asado esa noche y el gordo tenía el si fácil para los envites de comida. Allí quedaron contándose sus cuitas y arreglando las cuentas de la gasolina del avión cuando comenzaron a sentir un murmullo que iba en aumento y parecía acercarse. Al poco rato el ruido de los motores era muy evidente y el griterío de la gente se hacia sentir. Salieron para ver que pasaba. El Gordo aprovechó para ir a orinar a la legtrina y Pascualito se acercó a la portera a mirar. Casi le pasan por encima gritandole cosas diferentes. Se preocupó. Pensó en sus familiares, que habían ido a la capital la noche anterior a controlar el nieto con el pediatra, a lo mejor alguna desgracia...
Los policías y los soldados no pararon para saludar ni para abrir la portera. Consustanciados con el accidente y en cumplimiento de su deber, ante el asombro del casero la tiraron abajo con los camiones y siguieron de largo para la zona de desastre. El que le aclaró las cosas fue el Chiquito Gutierrez que desesperado, expersando con ademanes sus sentimientos, se le acercó. Cuando lo vio vivo a Pascualito, Chiquito automáticamente borró un entierro de su cabeza. Luego se enteró que la familia del viejo no estaba y restó otros cuatro cajones, pero se consoló pensando que estas cosas pasaban porque la gente era muy bullera y agrandaba las cosas, en realidad él tenía la culpa por hacer caso, porque pensando bien mire si el avión va a caer justo sobre el rancho, que gíl había sido en pensar eso... pero siguió contento porque con el solo entierro de lujo del Gordo tenia para arreglar sus cuentas perfectamente, así que estentoreamente decía en voz alta:
"¡Gracias a Dios, Pascualito, gracias a Dios que están todos bien, nosotros nos imaginábamos lo peor, lo peor!, y la gente que lo rodeaba apoyaba sus afirmaciones.
Terminada esa etapa, deseoso de ponerle la firma a su situación económica, cuando ya salía para la zona del accidente, como una aparición mala vio salir al gordo Barcia de la letrina arreglándose el pantalón. Y aquí no pudo contenerse mas porque se le cayeron todas las cuentas, volvieron los números rojos, la desesperación, la angustia. A los gritos, encarando al gordo que lo miraba sin entender nada, lo único que le salió explosivamente casi llorando mientras movía hacia los lados desconsoladamente la cabeza fue:
"¡PERO GORDITO DE MIERDA, LA PUTA QUE TE PARIÓ, NUNCA HACÉS NADA BIEN...! ¿NO TE HABIAS MUERTO VOS?...¡JODER CHE, NO SE PUEDE CONFIAR EN NAIDES CARAJO...!