domingo, septiembre 10, 2006

Conflicto en "El Gato Negro”. (Pequeña historia de quilombo de pueblo dedicado con respeto a todas aquellas que deben vivir esa vida por necesidad).





Como todos los sábados a la noche, el joven moreno José Noacir Pereira, de profesión domador, fue a visitar a “La Paraguaya”, la meretriz mas veterana del quilombo del pueblo - “El Gato Negro” - que según se cuenta fue la primera construcción existente en el lugar, junto a la que creció el poblado llamado de Galleros en honor al Coronel Nicanor Galleros y Fuentes, que según los anales militares murió en el frente de batalla en la guerra civil de fines del siglo XIX en un destacado acto de arrojo y valentía a pocos kilómetros de este lugar.

La realidad era muy diferente y oculta.


Nuestro Coronel esa tardecita otoñal dejo a cargo de su asistente la vigilancia del área de guerra y se tomo una licencia para visitar el prostíbulo, donde hacia pocas semanas había comenzado a trabajar Dulcinea Nancí, joven brasilera de 16 años por la que el oficial tenia especial pasión y a la que, pese a sus 58 años, la pensaba convertir en su señora para sacarla de esa vida, en cuanto terminara la guerra. Fue entre sus brazos – en realidad entre sus piernas, literalmente – que nuestro héroe murió en el clímax de su segundo orgasmo. Asi terminó su vida de soldado y asi se trunco un futuro mas promisorio para Dulcinea. Este final se considero ominoso para el arma y el espíritu de cuerpo castrense, quedando entonces como secreto de estado y la historia oficial fue muy distinta, según lo ya relatado.

Pero esta no es la circunstancia que nos preocupa en esta oportunidad.

La Paraguaya - conocida asi por su nacionalidad - era vecina del lugar desde hacía mas de treinta años, tenia un doctorado en sexo a fuerza de experiencia, y sus habilidades carnales hacían desaparecer como por arte de magia los 25 quilos de más que cargaba junto a su destino. Desde la ventana lo vio llegar al moreno, venía un cliente mas, otro de tantos pero este tenía algún matíz diferente. En el fondo ella disfrutaba la presencia de José Noacir por su juventud, impetuosidad, resistencia y fundamentalmente por su impresionante naturaleza, siendo de lejos el mejor dotado del lugar y sus alrededores - ella tenia un registro muy bien definido de las características viriles del sexo opuesto en la zona - y la pasión por el tamaño se podía entender ya que el normal estiramiento y desgaste de sus partes mas intimas luego de tantos años de servicio a la comunidad solo la dejaban disfrutar físicamente su trabajo con “volúmenes” muy fuera de lo común como sucedía justamente con este cliente.

Eso si, el dicho que la Paraguaya tenia escrito sobre la maltratada cama de matrimonio definía su duro carácter y su política de trabajo. En una vieja cerámica se leía:

“Las cuentas claras y el chocolate espeso.”


“Seré puta, pero soy una profesional. Siempre estoy limpia y a la orden para dar todo lo que se, pero mi trabajo es al contado, religiosamente” decía siempre y reforzaba con el tono de voz esta ultima palabra como una advertencia – en el aire quedaba una sensación de que algo no estaba bien o no encajaba en el discurso y era justamente por esta última valoración en boca de esa mujer, pero nadie nunca intentó discutir el punto - y a no dudar que su carácter era realmente endemoniado. Mejor no disgustarse con ella, incluso se comentaba que había herido a mas de un hombre con arma blanca y hasta se le endilgaba alguna muerte -acusaciones nunca confirmadas - que la policía, muy permisiva con ella, se había encargado de ocultar, ya que el muerto de marras no pasaba de ser un mal viviente y nadie quería perder a la profesional por esa lacra .

Justamente algo así paso ese día.

José Noacir tenia una “necesidad” imperiosa, porque al patrón los frigoríficos no le habían pagado en fecha y entonces la peonada no había cobrado la mensualidad como correspondía. Su “necesidad” surgía de los dos sábados que llevaba de abstinencia forzada. No podía pasar otro sin explotar o tener que conformarse con las opciones sabidas de autosatisfacción o variedades animales como terneras u ovejas, mas que conocidas, pero que ni de cerca le brindaban el mismo gozo. Por eso, pese a conocer bien los antecedentes decidió arriesgar, fue igual a ver a la Paraguaya.

Desde el inicio todo como siempre: Saludos, besos, cariños y pasión. La meretriz tenia predilección por ese cliente y no exigió el acostumbrado pago adelantado, ni tuvo sospechas, a fin de cuentas él nunca le había fallado y sin más se dedicó a lo suyo. La diferencia fue el final, cuando nuestro amigo le confeso que no le podía pagar.




De inicio ella lo tomo a broma, luego comenzó a entender que no era broma y por fin explotó con un: “Venís a decírmelo ahora que el trabajo ya esta hecho, hijo de puta...¡de aca no te me vas sin pagar, no se como le vas a hacer, a no ser que salgas muerto atrevido de mierda, no se puede confiar en náides!, y sin decir mas con un movimiento de cintura impensable para alguien tan rellena de carnes hizo aparecer una cuchilla de cocina con la que efectuó una intimación de pagos al amante satisfecho, pero insolvente.

Pero el moreno fue aun mas rápido.


Salto de la cama corriendo hacia la puerta, agarrando a la pasada ropa y botas y salió como estaba a la calle seguido por la mujer que intentaba taparse de la cintura para abajo con un toallón y atrapaba sus inmensos pechos con el viejo corpiño de elásticos vencidos.

Asi salió del quilombo a los gritos y blandiendo el arma con su mano derecha, corriendo atrás del deudor en desbandada, ambos acompañados por el ladrido ensordecedor de todos los perros del vecindario.

“El Gato Negro” estaba prácticamente en el medio del pueblo, a pocos metros de la plaza principal. Nadie había podido quitarlo de ese lugar pese al crecimiento de la población y las protestas de las señoras llamadas “bien”. (En realidad ningún poderoso ni siquiera había intentado quitarlo de alli mas que nada por miedo a represalias de las profesionales, que sabían lo suficiente como para poder dar a conocimiento publico historias personales de antiguas pasiones.)

Por ese motivo a poco que corrieron pasaron frente a la plaza principal llamando la atención con los gritos a todos los que a esas horas disfrutaban del fresquito de la noche de verano.

Iba con unos cincuenta metros de ventaja el moreno infractor desnudo declarado en “default” corriendo con la ropa bajo el brazo izquierdo y las botas en la mano derecha, llamando la atención ver que misteriosamente aun colgaba del miembro adormecido que se balanceaba enloquecido con la desesperada carrera, el profiláctico recién utilizado que se negaba a caer.

Lo seguía a los gritos La Paraguaya prácticamente desnuda ya que en el apuro por hacer efectivos sus honorarios impagos no le prestaba atención a la situación corporal. La toalla volaba hacia atrás cual un grueso velo de novia al viento dejando ver los rollos que rebotaban con cada paso cual rellenos de goma y las bondadosas nalgas flojas que seguían el compás de los pasos apurados. Completaba el cuadro el pecho izquierdo que había escapado del estirado elástico que lo sostenía y se balanceaba explosivamente, llegando desde el hombro hasta el ombligo en cada zancada.

Asi pasaron frente a los asombrados vecinos y se perdieron por la calle principal doblando en la primera esquina. Los ladridos a la distancia delataban el camino que seguía la pareja en la noche.

Saliendo de su asombro, Don Nicanor Umpierrez, de 99 años, viejo cliente de la defraudada, jubilado sexualmente hacia relativamente poco teniendo en cuenta su avanzada edad, luego de estudiar brevemente las imágenes que le habían ofrecido los maratonistas, fijó la atención en la mujer y pensó : “Lo que fuiste y lo que sos, Paraguaya, pero cuanto tengo que agradecerte...” y comenzó a hilvanar recuerdos que seguramente le colmarían al menos una semana de su vida solitaria. Por unos instantes miro su entrepierna por entre sus brazos apoyados en el mango del bastón y dijo con gran emoción: “Lástima que te moriste vos antes que yo.”

Clodomiro Méntis, cliente permanente de la profesional, luego de verlos pasar dejo caer el mate que tomaba tranquilamente sentado en uno de los bancos de la plaza y sufrió un ataque de risa que lo dejo atragantado y escupiendo yerba.

Honorata Purísima del Rosario Ibarriburri, solterona cincuentona que en ese momento acababa de salir a la vereda y estaba agachada junto al árbol arreglando la basura antes de irse a dormir, casi es atropellada por el moreno que se le vino arriba en su huida en las condiciones mencionadas y dada la posición que ella tenia en ese momento pudo ver muy de cerca el tamaño del instrumento que se le acercaba balanceándose, cubierto del utilizado profiláctico. En milésimas de segundo la vecina automáticamente multiplicó esa visión casi mística pensando como seria “eso” de estar presto a la acción y mareada cayo al suelo atravesándose en la vereda semi desmayada y suspirando profundamente. Su visión, momentáneamente borrosa, la recuperó justo cuando la Paraguaya saltaba sobre ella en su corrida tras el infractor. La toma en “close up” desde este ángulo inferior de la enfurecida mujer desnuda fue demasiado para Honorata Purísima que alli si quedó desmayada con la cabeza apoyada en la bolsa de basura.

El Cabo Donato, de guardia a esa hora, alcanzo a ver los acontecimientos cuando sus protagonistas ya se alejaban del lugar, había salido de la comisaría atraído por el ruidaje y los gritos. Alcanzó a ver a la mujer desde atrás y fijó su mirada en esas nobles nalgas gelatinosas y celulíticas que se alejaban, dejando en ese momento de lado la duda que había tenido toda la tarde sobre que hacer al día siguiente que le correspondía libre.

Atanasildo Perea, apoyado en la columna de la esquina de los acontecimientos y completamente borracho como de costumbre los vio pasar de cerquita. Calculó las distancias, estudió los especímenes y le grito a Clodomiro que seguía atragantado en el banco, cerca de él: “Clodo, esa no lo agarra mas al moreno... y te digo más... te digo que con la bronca que tiene, si lo agarra le va a romper el culo al negro” y luego de un breve silencio donde quedo elaborando sus pensamientos, con esa espontaneidad y desinhibición que da el alcohol se rectificó, siempre en voz alta y carrasposa por el alcohol: “En realidad te digo Clodo que me parece que seria al revés, aunque ella ya lo debe tener...” y reafirmando lo dicho se tomo otros tragos de la botella de caña. Las elucubraciones de Atanasildo no hicieron otra cosa que prolongar casi hasta el ahogamiento el atoro de Clodomiro de tantas risas, el mate se le volvió a caer de las manos.

Ya exhausta, apoyando sus manos en las rodillas y mirando como el cliente se alejaba de su alcance, la Paraguaya le gritó entre jadeos intentando tomar aire: “No te aparezcas mas... por el negocio... negro traidor... a no ser que me traigas... lo que me debés ...y aprontate para pagarme... los tales intereses...” y comenzó a caminar agitada nuevamente hacia su burdel hablando en voz alta automáticamente: “Se cree que porque la tiene grade ese mal parido...” mientras se arreglaba la toalla en la cintura y apresaba nuevamente el pecho suelto en el brassier, sin dar ninguna importancia a todos los vecinos curiosos que se habían agolpado en el lugar, algunos intentando hacer volver en si a Honorata.

Un sentimiento natural de negocios, casi un reflejo ya, la hizo mandarle una guiñada a Clodomiro al pasar y una sonrisa mas que sensual con inicio de beso al Cabo que la miraba de lejos en la puerta de la Comisaría, asegurando asi parte de la clientela de la próxima jornada. La vida seguía, pese a todo.

Sentado en el escalón de la base del monumento al Prócer Nacional, en el medio de la plaza, el único que observó todos los acontecimientos y no esbozó siquiera una sonrisa fue Juan Martín De León, sesentón solitario que siguió los hechos con indiferencia, tomando el mate despacito, acariciando mecánicamente el lomo de su perro, mientras los pensamientos le galopaban para adentro de sus recuerdos. Él había querido a esa mujer de un modo diferente, sin importar su oficio. La había querido – y la quería aunque se lo negara - por ella nomás, y aunque nunca se lo dijo directamente, a su manera se lo había intentado hacer ver, pero a la pobre la vida la había molido tanto que, o no lo entendió, o no lo quiso entender, o no lo pudo entender y entonces siguió viéndolo como un cliente mas simplemente y asi los años fueron pasando.


En ocasiones él había tenido ganas de entrar al quilombo y sacarla de esa vida a la fuerza si era preciso, para meterla en la suya para siempre... pero nunca había juntado suficiente valor. Dificil la sonrisa cuando el del costado esta sufriendo en silencio y peor si entiende que la culpa un poco o mucho ha sido suya, por no haberse decidido nunca a entrar y... Por eso en parte se sentía cobarde.

A sus pies, Pebete, el perro de raza indefinida de Juan Martín, había contemplado todo el desbarajuste de orejas muy paradas y ladrando nerviosamente. Ahora veía pasar caminando a la mujer y la cola la movía pegando cadenciosamente en el suelo. Pocos sabían que la Paraguaya todas las noches antes de acostarse, sin importar el trabajo que hubiese tenido ese dia dejaba unas sobras de comida en la puerta posterior del “establecimiento”, sobras que había guardado especialmente para el Pebete. Nunca se olvidaba de dejarle algo.

Lo hacía solamente para ese perro, para ningún otro.


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