domingo, septiembre 10, 2006


El panteón



“Cielo nuboso, lluvias y tormentas probables, máxima de 12, mínima de 2, con
sensación térmica de 3 grados bajo cero. Vientos del este moderados, con
posibles rachas fuertes. Pronostico para las siguientes 24 horas: sin cambios.”

El informe meteorológico no era alentador.

El tordillo avanzaba a tranco lento, cansado. La jornada había empezado al amanecer y las sombras largas anunciaban la puesta del sol.
Efraín escuchaba la vieja Spika, que había sido de su padre y funcionaba desde las épocas del ruralista Chicotazo, allá por los cincuentas. Fue parte de la escasa herencia que aquel le pudo dejar. Esa radio, el rancho
de terrón en terreno invadido, unos pocos muebles viejos, cobijas y fogón a
leña. Pobres, siempre habían sido. Pero eso si, derechos. Muy derechos.
El viejo siempre decía que no tenia cosas materiales para dejarle, pero que lo que mas les quería heredar, era su ejemplo de decencia.

Su padre nunca supo cuanto le molestaban esos asuntos a Efraín.

Había sido decente de niño, de joven y de no tan joven, y siempre veía pasar
las bondades de la vida en las manos de los que no lo eran. Vio tamañas injusticias que le hicieron a su viejo, otras gentes que después lucraron con sus mentiras. Los derechos quedaron torcidos, los torcidos quedaron bien derechos.

- Seré pobre si, pero no imbécil. Y derecho, si conviene, se decía.

Por eso hacía tiempo que no respetaba esos asuntos de decencia.

Esa falta de los principios familiares le trajo algunos beneficios materiales, pero su foto figuraba en las comisarias del Departamento. Lo conocían bien a Efraín los uniformados. Lo conocían como contrabandista y ladrón de ganado, que eran sus mas destacadas cualidades, pero también tenia entradas por alteración del orden público, generalmente por polleras y caña brasilera entreveradas.

Lo que nadie sabia era que una vez, el pleito había seguido después del baile.

Estaban solos cuando se encontraron nuevamente con el Chango Barboza en el ceibal. El otro le dijo que ahora nadie los iba a separar, que se aprontara para recibir a la huesuda, que no era hombre de andar escapando a su destino, que iban a resolver sus discrepancias a punta de facón, y sin distingos.


Efrain sabia bien que el Chango era muy bueno con la faca. Bueno y fuerte.

Bueno, grande y fuerte. Muy fuerte Él a su lado era un enclenque.

Podía haber intentado salir del entrevero, pero la caña les pesaba a ambos y los pensamientos se hacían lentos. Solo el miedo iba calando hondo. Y esa
sensación de perdida de vida inminente, que le hacia nacer la necesidad
natural, ese reflejo arcaico, de sobrevivir a cualquier costo.

Entonces pensó en su padre, recordó lo de ser derecho, de la decencia, de la
importancia que aquel le daba a esos asuntos.

Y vio que el otro se le venía.

Barboza era grande, fuerte y diestro con la faca, pero tenia una borrachera
impresionante, y a él el susto prácticamente le había sacado el alcohol del
organismo. Ese era el lado flaco de Barboza. Lo vio venir, tropezar en la raíz
del ceibo y caer como una bolsa cerca suyo. Volvió a pensar en su padre, en
ser derecho, en la decencia. Y cuando el borracho comenzaba a enderezarse le metió la primer puñalada por la espalda. Y luego otra y otra sin lamentos. La sangre le calentó la mano. El dolor y la muerte que llegaba, por un momento dejaron lúcido a Barboza que, agonizante, le agarro el brazo y con los ojos muy abiertos, mirándolo fijo, antes de morir alcanzo a decirle:

- Cobarde, mataste a traición, no sós derecho, voy a volver para vengarme, hijo de... y la muerte no lo dejo terminar la frase. La boca quedo abierta, la mano como una garra no dejaba de apretar y los ojos seguían mirando fijo, muertos.


Efrain sintió que se le erizaban todos los pelos de la espalda hasta la nuca. No lamentaba haber matado al otro, se jugaba la vida en el asunto, pero las palabras del moribundo lo dejaron desequilibrado.

Le costó quitarse la mano muerta que porfiadamente le apretaba el brazo, pero lo logró con un gesto de asco. El cadáver hizo un ruido seco al caer entre sus piernas, y él instintivamente dio un salto atrás horrorizado.


Rápidamente lo escondió en lo tupido del monte, fue a las casas, trajo pala y pico y poco tiempo después el finado estaba metro y medio bajo tierra, en la cañada.

Nadie supo, nadie vio, nadie sintió nada.

Las palabras del muerto seguían sonando en su cabeza...”...voy a volver para vengarme, hijo de...”. Por varias noches vio la cara muerta mirándolo fijo, se le entreveraba con la de su padre que le repetía incansablemente lo de la
decencia, a veces se le aparecía el Chango en los sueños y le recriminaba con
la voz de su padre que no había sido derecho. Otras veces una calavera con
girones de carne podrida le agarraba el brazo y lo jaloneaba hacia la tierra,
pero la constante era que no podía dormir tranquilo nunca, y no eran pocas las veces que se despertaba gritando y todo transpirado.

En el pago todo había quedado por eso. Pensaron que Barboza se había ido al Brasil, en busca de trabajo zafral, como hacía a menudo. Ya volvería. Efrain
preventivamente se fue a tropeár a la cuarta sección por unos meses para
alejarse de posibles sospechas y problemas con los uniformados.

Así, la muerte a traición del Chango Barboza quedo impune, nadie se enteró. Solo él sabia la verdad, no había forma que alguien mas supiera.

El cielo gris oscuro, con tenebrosas nubes casi negras, advertía que faltaba
poco para un temporal de los grandes, confirmando en los hechos la previsión meteorológica. Volvía al pago. Había pasado suficiente tiempo.
Ya estaba cerca, solo le faltaba vadear el paso de Guichón, antes del bajío de Caillava y pasar por el ceibal. Luego, la ruta y poco mas adelante, su rancho.

Algo le molestaba y él sabía bien por qué. Ese era el ceibál de la traición, allí estaba enterrado el finadito. Pero no tenía como zafar, la cañada estaba crecida, no había otro paso.


Apagó la Spika y la guardó en un bolsillo envuelta en una bolsa de plástico. Comentó en voz alta:

- No se equivocaron los puebleros, se viene bruta tormenta. Y pensó:

- “Y yo ya estoy grande pa´fantasmas.”

Así que taloneando las verijas del tordillo, lo obligó a un trotecito mas apurado. El noble compañero respondió resoplando, ya cansado.

Cantidad de retorcidas raíces superficiales no les permitían rapidez, y aunque Efrain quería pasar ligero por ese ceibál, se vio obligado a aflojar las riendas y andar al paso. Ya estaba mas oscuro, un viento fuerte levantaba hojas secas haciéndolas revolotear cerca del hombre. Al pasar por las ramas desnudas de los ceibos el viento se quejaba y a cada racha se sentía un gemido largo y triste. Los pelos de la espalda se le empezaron a parar y un frío a recorrerle los brazos. Decidió arriesgarse a la revolcada y apuró al matungo nuevamente.

Las hojas sueltas le golpeaban el rostro, una rama se enredo en el poncho y sintió que le agarraban el brazo. Se soltó con desesperación, y mientras el viento soplaba mas fuerte, la voz del finado, como un quejido decía:
- VoolveeEEEeerr, voy a volveeeeeeeeeeerrrrrrr, voy
a veengaaaaaaarrrrrmmeee... Pasó cerca de la tumba,
y para entonces ya había obligado al caballo a un galope franco a puro golpe
de fusta. El corazón parecía salírsele del pecho.

Divisó a lo lejos la ruta, cuando comenzaban a caer las primeras gotas.

Sabia que a pocos kilómetros encontraría el panteón de los Galylmar-Godoy, estancieros que habían construido, muchos años atrás, un gran cuarto con techo de cúpula para enterrar sus muertos. Varias generaciones de estancieros estaban allí. El viejo panteón abandonado no tenia puerta, su hermosa reja de hierro forjado yacía entre el pasto semidestruida y herrumbrada y era común que los viajeros se resguardaran del mal tiempo en esas ruinas, porque el techo tozudamente resistía el paso del tiempo. Él no seria una excepción.

El miedo que le caló en el ceibal se estaba yendo y veía mas cerca el panteón donde se guarecería. Llegó, desmontó apurado, con un movimiento automático enredó la rienda al alambrado y corriendo se zampo adentro.
Llovía a cántaros. Lo había logrado. Suspiró profundo.

Cuando comenzaba a relajar tensiones, una mano le apretó el brazo y del fondo del panteón la voz ronca, inhumana, infernal, del Chango Barboza le dijo:

- Te vi venir de lejos, y te estaba esperando, Efraín.

El Comisario Artigas le preguntó por quinta vez a Magdaleno Casal:

- Yo sé que este no era trigo limpio, pero: ¿cayó así seco, nomás?

- Le repito, mi comesario, lo vi venir, yo estaba adentro del panteón
cobijándome de la tormenta. Entró apurado, se paro en la puerta sacudiéndose el agua y mirando pa´fuera. Yo solo lo toqué y lo saludé, - lo conocía de tiempo - y el hombre quedo duro. Cayó al piso como fulminado, seco. Si, muerto sin discusión, mi comisario, tenia los ojos bien abiertos y la cara le quedó azul oscuro. La boca con una mueca bien extraña. Pobre, vendría enfermo el paisano sin saberlo, y con la corrida y el frío... quién le dice, uno nunca sabe cuando le va a tocar, mi comisario, reflexionaba en voz alta Magdaleno, arreglando en su bolsillo la Spika recién encontrada en el piso del panteón.

Bajo una lluvia torrencial los agentes llevaban rutinariamente el cuerpo del finado tapado con una cobija vieja a la furgoneta oficial. En el momento que lo ponían en la caja, un rayo cayo muy cerca, iluminando la noche cerrada, y el impresionante fragor del trueno hizo temblar la tierra. Nervioso, el tordillo escarceaba intentando soltarse del alambrado.

El Comisario comentó al Segundo a cargo:

- Ese cayo ahí nomás, cerquita, en el ceibál. Ta bravo el tiempo, che,
mejor apurate y vámonos pa´las casas.


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