domingo, septiembre 10, 2006

Juntando fuerzas pa decirlo.






Campo, campo y mas lejos, campo.

Solitario junto a una pequeña isla de agua en ese mar verde de llanura sudamericana, mientras la yegua saciaba la sed, Clementino Barragán pensaba.

La laguna con su agua transparente, permitía ver los peces nadando en lo profundo y una tararíra dormitando en el agua calentita de la orilla.

Natura había hecho nacer un sauce llorón de grueso tronco y larga cabellera verde que al dejarse seducir por la brisa, bailaba haciéndole cosquillas al espejo de agua.

Poco mas lejos dos viejos ceibos coronados de rojo le conversaban de pasiones secretas, de cosas de sangre.

Las flores amarillas de las siemprevivas sazonaban el verde cambiante de los pastos y aun mas lejos, otra isla líquida reflejaba el sol que se asomaba.

Los montes de eucaliptus plantados por el hombre delineaban potreros donde se adivinaba el ganado pastando mansamente como pequeños puntos a lo lejos, y mas cerca, tres hermosos potros galopaban revindicando su libertad, presos en inmensos calabozos limitados con alambres.

Dos tero-teros gritaban su atávica defensa cerca de él, buscando engañarlo con su alboroto y así alejarlo de la verdadera posición del nido.

Todo esto fue pasando por la mirada serena de Clementino.

Cambió la secuencia de sus pensamientos previendo que era engañoso ese frescor mañanero, seguramente cuando el sol estuviese mas alto, apretaría el calor, y le faltaba un trecho largo, debía seguir entonces.

La soledad, en vez de agobiarlo, lo alentaba. Se había acostumbrado tanto a ella, que le parecía una compañera a la que podía contar su secretos mas profundos.

Esa inquietud, ese miedo que venía cargando, parecía hacerse mas liviano porque lo compartía con ella, con la soledad, su compañera.

Descansado el animal y ya sin sed, el amo ajustó la montura, se subió al lomo noble y con una simple caricia en los costados inició el trote.

Faltaba demasiado pero para él era poco.

Necesitaba pensar mas y decidirse.

Necesitaba muchas mas leguas de silencio y días de soledad para atreverse.

Ya le habían dicho que María Ernestina también lo quería, pero era malo para encarar mujeres.

De tanta soledad acumulada, se le hacía difícil conversar con la gente y mas difícil aun lo que tenia que enfrentar cuando llegara a verla. Decirle, confesarle, cosa jodida para él.

En fin, cuando estuviera con ella y mirándola de frente, ya vería que tan hombre podía ser.


Por hay le venían las fuerzas que buscaba hacía tiempo y no tenía.

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