viernes, septiembre 08, 2006

Los dos capataces








De todos los trabajos duros, ¿cual mas duro y necesario que el del campo?. El hombre que habita esas tierras, el que la hace dar sus frutos – raras veces su dueño – lleva la piel marcada de años de sol, sudor e injusticia. Ya no logran detenerlo – ni los siente - las madrugadas heladas de invierno o el rigor de fuego al mediodía de enero. Pero eso es el campo, el campo profundo, el verdadero.

Irineo Pantaleón De Souza, de mas de metro ochenta de altura y estructura corporal sólida, creada a terrón y machete, domas y yerras, ocultando sus treinta y pocos años en una cara de cuarenta, levantaba con facilidad los cuartos traseros del novillo que acababan de sacrificar y colgaban para carnear.


El sudor corría por sus sienes, los brazos en el esfuerzo tensaban una musculatura firme, sin gota de grasa sobrante. La dieta era comida escasa, mucho mate y trabajo, abundante y duro trabajo.




Aniceto Wasinton Pimentel, de estatura menor que Irineo pero de similar físico, manejaba con maestría el facón. Su puntazo había sido certero, cortando la médula de la res, que se desplomó con un resoplido sordo. No sintió dolor, no se dio cuenta. Un movimiento pendular de muñeca cortó las venas del cuello del animal moribundo y la sangre caliente comenzó a caer al balde, todo se aprovecharía. Cuando con un leve estertor la bestia murió, un largo y superficial tajo preparó la cueriada.


Entre los dos capataces en pocos minutos dejaron desnudo el cadáver aun tibio de la res, el cuero estirado en el alambrado para curtirlo, el vientre abierto y las vísceras ordenadamente preparadas para el consumo. Había comida suficiente para el personal, para el patrón y para los doctores que llegaban de la ciudad en campaña proselitista, acompañados de guardaespaldas y seguidores. Tenia que dar para todos.


Era época de elecciones, el mas antiguo de los peones, el viejo Caboclo - mote ganado por su fealdad endiablada, contrastante con su carácter tierno y su decir sosegado - vigilaba la hoguera donde se quemaban pilas de coronillas secas entreveradas con rolos finos de eucaliptos. El calor alejaba los jadeantes perros, excitados por el olor a carne fresca, ellos tambien tendrían su parte mas tarde.


Al viejo solo le preocupaba que todo ardiera en forma ordenada, luego arreglaría el braserío. En dos grandes cruces de hierro se clavaron los costillares partidos al medio y una inmensa parrilla recibió los restos del sacrificio. Todo terminaría en los estómagos de los políticos y sus correligionarios.


Se esperaba bastante gente porque el pobrerío no entendía de política pero tenia hambre y además, acompañando el asado se prometía vino a gusto y una excelente ensalada que ya esperaba en la larga mesa de caballetes rústicos. El solemne acto partidario culminaría con baile en la Sociedad Criolla del lugar. Con este programa los carcamanes políticos sabían que público no faltaría para la oratoria y basándose en promesas dudosas, lograrían un caudal importante de votos que les darían mas poder en las próximas jornadas electorales.


“Es cuestión de conocer al pueblo, a los nuestros, los que más nos precisan, los más humildes - decían los doctores – por ellos estamos y a ellos nos debemos”.


Mientras el viejo Caboclo distribuía las brasas, un olor exquisito invadía el ambiente y una moza joven repartía vino, ricos embutidos y pan – todo casero – para ir “haciendo boca”, ya cumplida su tarea, Aniceto e Irineo limpiaron sus facas y retomaron el mate que momentáneamente habían dejado de lado. No gustaban de quedarse cuando había demasiado gente, generalmente se los veía alejados de las aglomeraciones, dedicados a sus tareas específicas, en las que eran excelentes pero esta vez les habían pedido especialmente que se quedaran, los dotores no querían que faltara nadie. Así, contra su voluntad allí estaban, y se los veía mateando tranquilos bajo el ombú de la criolla, rodeados de perros juguetones. No participaban, pero hacían bulto. Bulto con derecho a voto, como los otros paisanos, en la mente de los políticos. Votos que dan poder.



El problema surgió cuando uno de los perros, el Nerón, animal de buen porte, cruza de cimarrón con policía, muy manso, se acercó ansioso a la parrilla con largas babas colgando de su boca pues su mente canina ya disfrutaba un buen trozo de vaca. Caboclo lo paró con un firme: “¡Juera Nerón!”, el perro agachó la cabeza y reculó, alejándose apurado entre la gente y al pasar mojó con las babas la pierna de un doctor, que se molestó un poco y nada más.


La cosa no habría pasado a mayores, pero el patrón estaba mirando, y en un alarde de lameculismo con sus candidatos, le dio un fustaso en medio del lomo, y el perro, pese a ser sufrido aulló fuertemente achatándose contra el suelo. Enfrascado en su tarea rastrera, el cobarde levantó nuevamente la fusta, pero una mano callosa y firme le detuvo el brazo.


La voz del Aniceto, calma, pero segura, sentenció: “Tá bueno, patrón”. Éste quedó pálido. Soltándose vociferó: “¡Ta bueno la puta que te parió, peón de mierda, quien sos vos para decirme lo que hacer!”. El Nerón se guarecía tras las piernas de Aniceto, de orejas chatas y cola entre las patas, lamiéndose el lomo. El dialogado siguió: “Seré poca cosa patrón, usted disculpe – la voz seguía calma - pero el Nerón es mi perro y no se le pega a un amigo, menos todavía porque tenga hambre. “Le pego al perro de mierda y también a vos si se me antoja, ¿pero quién te pensás que sos, atrevido?” - la puesta en duda de su autoridad lo había avergonzado ante los dotores y el hombre estaba fuera de si - y cruzó la espalda del Aniseto de un fustazo. Este ni pestañó. Tampoco intentó defenderse.


El mas joven de los políticos intervino, nervioso, intuyendo problemas: “¡Tranquilo correligionario, no es para tanto mi amigo!”, pero el correligionario no entendía a razones: “¡No va´ser!, ya va a aprender este”, y otro fustazo cruzó la cara del peón. Un hilo de sangre corrió por su mejilla. Permaneció firme, imperturbable.


Irineo Pantaleón se acerco despacio, encaró al patrón y se le escucho decir, calmadamente: “Si usté le vuelve a pegar, me va a obligar a responderle patrón, y usté disculpe”. La respuesta no se hizo esperar: “¿Quien te dio vela en este entierro a vos? - y siguió gritando descontrolado - mirá, alejate si no querés cobrar también”.


“Cobrar nos haría falta, pero no acontece, - sentenció el viejo Caboclo, – no acontece, no señor” - repitió mirando siempre el asado, como hablando para él mismo.


La voz de Irineo seguía calma, pero el ceño mas serio: “No me obligue, patrón, tenga a bien...”


Anacleto intervino nervioso: “¡Dejalo Irineo, dejalo – siguió - nos vamos hoy mismo, y todo termina aquí, no adelanta esta discusión.”


El Nerón se le enfrentaba al hombre y le mostraba los dientes con el lomo encrespado, su amo lo retenía del cuero.


El viejo Caboclo terció nuevamente: “¡Y quien no sabe!, patroncito, yo conozco bien a estos dos, desde mocitos y le pido por favor que deje las cosas así nomás, pa bien de todos, ¿vio?”.


“Así nomás no van a terminar, viejo ladino y metido”, y dicho lo dicho, levantó nuevamente la fusta.


Todo pasó muy rápido.


Irineo Pantaleon detuvo la mano con su izquierda y con la derecha aprisiono el cuello del hombre impidiéndole la respiración, Nerón se le prendió de las piernas con ferocidad inusitada para un animal solo bravo con los jabalíes. El Comisario quiso intervenir, saco el revolver de reglamento, pero no pudo avanzar entre el gentío que se había arrimado. Los pies del patrón ya no tocaban el suelo, tenia los ojos desorbitados y un tinte azulado comenzaba a pintarle el rostro.


Un doctor quiso intervenir y manoteó el 22 que llevaba en la cintura apuntando al peón, Aniceto con un salto felino se interpuso entre los hombres. El entrevero levantó una nube de polvo y se escucho un disparo. Con un movimiento pendular de muñeca apenas perceptible, Aniceto hizo aparecer la faca en su mano y un tajo certero dibujó una línea ascendente en el costado del cuello del doctor. Este sintió el corte y quedó quieto. Con ojos asombrados, muy blanca la cara, se tocó la herida, miró su mano ensangrentada y dejando caer el revolver, se desmayó doblando las rodillas para caer de cara contra el pasto, mientras que Irineo, impasible, dejaba caer el cuerpo del patrón, ya casi inconsciente, y mirando fíjamente a Aniceto le decía nervioso: “¿Te baleó?¿Tás herido, tás herido Aniceto?. No era comun verlo tan alterado. Una pequeña mancha roja coloreaba el hombro izquierdo del capataz.


La bala había atravesado el tejido blando y respetado los huesos, era una herida limpia, con orificio de entrada y de salida, como consignaría el medico del pueblo después, nada serio. Irineo le cubrió con un trapo el hombro, luego paso su brazo por la cintura del amigo y lo ayudó a sentarse en un banco de ceibo. “¿Querés agua, algo pal dolor” ¡decime carajo¡” Aniceto seguía calmo y controlado: “Estoy bien, no es nada, quedate tranquilo”.


El comisario, con mucha experiencia en estas lides, intervino pidiendo serenidad a todos, él daba fe que había sido un acto de legítima defensa, pero debería venir el Juez y el Forense para hacer los tramites correspondientes.


“¿Pa´que forense?” - preguntó Irineo -


“¿Pa que evalúe el finado che, y vos date preso”- dijo mirando a Aniceto -


“No hay ningún finado, comesario – dijo Aniseto - solo lo marqué pa que se dejara de joder, se desmayó del cagazo el dotorcito, nomás”.


El comisario dudaba: “¿Cómo podés estar tan seguro, muchacho?”- se agachó para dar vuelta al seudofinado – y la contestación fue concluyente:


“Si lo hubiese querido matar, estaría muerto, comesario, y usté sabe”.


El viejo milico tenia muy clara la destreza del capataz y no preguntó nada más. Nuevamente habló en voz alta a la gente y pidió que se retiraran, dados los acontecimientos. Todos entendieron - muchos disfrutando íntimamente el castigo a los poderosos como si fuera una venganza personal – y así lo hicieron.


Se suspendió el acto político por falta de garantías.


Los dos capataces quedaron sin trabajo.


El viejo Caboclo comentaba, hablando bajito, que ahora seguro iba a sobrar carne “a lo bobo”, vería como la repartía entre los mas necesitados.


El patrón y los dotores no pudieron vengarse del peón, por la presencia del comisario, que era testigo de su descontrol, eso si, sintieron muy de cerca el asco que les tenían hasta los mas cercanos, esos que ellos consideraban de confianza. Esta vivencia podría hacerles recordar que un peón es un hombre, porque tenían mucho para pensar, si pensaban, o si querían pensar.


Mientras los cachorros lamían la parrilla vacía, los dotores volvían a la ciudad para los comentarios a la prensa:


”(...) un ataque de elementos radicales contrarios a los supremos intereses democráticos fue reprimido gracias a la heroica participación de la autoridad del lugar que en valerosa intervención,(...)”


El Nerón aprovechando el revuelo salió en una carrera sola, perdiéndose entre los sauces de la orilla del bañado, con un soberbio costillar en la boca.


En las casas, mientras preparaban sus pocas cosas para buscar destino en otros pagos, Irineo Pantaleón miraba fijamente a Aniceto y le decía: “Si te hubiese matado, te aseguro que lo carneaba alli mismo, no se que podría hacer sin vos”, respondiéndole Aniceto Wasinton con cariño: “Bueno, siempre nos pasa algo porque somos diferentes y náides nos entiende, pero la vida sigue, nos tenemos uno al otro” y dicho esto acariciándole la cabeza le dio un beso en la mejilla.






Con un gran pedo de vino, el viejo Caboclo, eructando, comentaba en voz baja para si mismo: “Yo los conozco desde muy mocitos a esos dos, patroncito... ¡no los voy a conocer!”, y las risotadas retumbaron en la tarde ya casi noche, decorada por los cartelones de propaganda política

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