viernes, septiembre 08, 2006

La traición del Anastasio Peña a su amigo Washington Petraca.


Hacía tiempo que la mujer del Washington le gustaba a Anastasio, y ella lo sabía bien.

Washington trabajaba de noche y pese a que le daba la atención debida, la mujer quería mas cariño y no sabia mucho de fidelidades.

Anastasio vendía alfajores durante el día y dormía de noche. Mujeriego empedernido, en realidad dormía cuando no tenia ninguna candidata por frente. Era soltero por convicción, definición y principios.

Así, miradas van, miradas vienen, comenzaron las conversaciones, supieron que el deseo de uno era el deseo del otro y entonces, por las noches, cuando Washington cumplía su tarea de sereno y cuidador, Anastasio encontraba la puerta del rancho abierta y se dejaba llevar por la pasión desenfrenada.

Pasaron las semanas.

Esa noche Washington encontró ocupada la empresa por los obreros en demanda de mejoras laborales. Nunca le había pasado y él de política no sabía nada. Asombrado, preguntó si se iban a quedar toda la noche y recibió una lluvia de puteadas que le confirmaron que era al pedo quedarse, entonces volvió a las casas tempranito, comieron alguna cosita con la patrona, conversaron lo sucedido y se fueron a dormir.

A las dos de la mañana llegó Anastasio que no estaba enterado del cambio de la rutina. Los golpes quedaron resonando en el silencio de la noche. Le había llamado la atención que la puerta no estuviese abierta pero pensó que la doña se había olvidado. Al abrirse, no podía creer ver el metro ochenta y cinco de Washington en calzoncillos, que casi tapaba todo el marco, mirándolo con cara de asombro.

Sacando fuerzas quien sabe de donde, improvisando, atinó a medio cantar ofreciendo con la voz cambiada por el susto:

- ¡¡¡AAaaallfajoress!!!...

Washington lo miró y le dijo:

“Vos cada día estás mas loco. Mirá la hora que es y venís a joder con los alfajores de mierda esos carajo”. Y sin más le trancó la puerta en la cara.

Anastasio suspiró profundo y entrecerró los ojos, le había vuelto el alma al cuerpo. Se sintió mojado y allí se dio cuenta que se había orinado en los pantalones.

Lo mejor fue que al otro día, de tarde, en el boliche, reunida la rueda de parroquianos de siempre – por supuesto todos enterados de los cuernos que llevaba el infelíz – Washington comentó preocupado:

“ Al fin el que me da lástima es el Anastasio, lo esta destruyendo la bebida, fíjense que anoche andaba ese infelíz vendiendo alfajores por las casas como a las dos de la mañana... ¡ lo que son los vicios, che.!"

Manolo, el bolichero, se atragantó con la grapa que estaba tomando en ese momento y escupió al turco Amir que aguantaba la risa mirando p´al piso, también medio atorado con unos manises.

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